El trabajo, o más bien la falta de él, les empujó a Belvís de Monroy. Sus padres se llamaban Fernando y Manuela (nacidos y criados en La Cumbre). «Los dos se marcharon hasta aquí para encontrar una vida mejor. Yo tenía en aquel entonces 12 años y ahora 73. Mi padre se dedicaba a cortar leña de encina y después nos quedamos en el pueblo porque empezaron las obras del pantano de Valdecañas, una gran labor de ingeniería en la región. Yo estuve trabajando en ella y movía un montón de gente», resume Manolo Redondo Vadillo, hijo del matrimonio cumbreño.

Por desgracia, otros muchísimos extremeños tuvieron que emigrar bastante más lejos (Madrid, Barcelona, Bilbao, Francia o Alemania) y cuya única patria fue, en bastantes casos, el trabajo; y su epopeya, la de los emigrantes de todos los tiempos y lugares: la búsqueda cotidiana del bienestar, la decencia, la dignidad… Se vuelve a repetir la situación, pero Manolo cree que tiene remedio. «No podemos olvidar que el campo es el que alimenta a las ciudades. El sector primario es una parte importante de ese medio rural», precisa.

«No podemos olvidar que el medio rural es el que alimenta a las ciudades»

En Belvís de Monroy los vecinos viven mayoritariamente de la ganadería. Manolo explica que ha trabajado «en lo que me iba saliendo, en las antenas de televisión». Y apuesta por los pequeños municipios. «Lo que está pasando refuerza la idea de que en un pueblo se vive muy bien», señala sentado en el bar Franco mientras se toma una cervecita bien fría. «Abrir la ventana y encontrarte este paisaje no tiene ningún precio. Estamos a 5 kilómetros de la autovía y a 12 de Navalmoral. No sé lo que tiene, pero esta tierra te atrapa», confiesa Manolo, el hijo de Valdecañas y barba blanca.