Las jerónimas de Garrovillas: casi cinco siglos de dulces que hoy lucen ‘Solete’ Repsol
El convento de Nuestra Señora de la Salud mantiene viva una tradición repostera que hoy da sustento a una comunidad de diez hermanas y se abre camino gracias a un reconocimiento nacional

Las Monjas Jerónimas de Garrovillas con sus dulces / JOSE GÓMEZ

En Garrovillas de Alconétar, tras los muros discretos del convento de Nuestra Señora de la Salud, el olor a horno y azúcar convive con el silencio del coro. Allí, una comunidad de diez jerónimas elabora a diario los dulces que han valido al obrador un Solete Repsol en 2025, una distinción que lo sitúa entre los tres conventos de Extremadura reconocidos por la famosa guía gastronómica.
La historia de estos dulces es casi tan antigua como el propio monasterio. «Este monasterio se fundó en el 1573 y siempre se dedicó a la repostería», recuerda Sor Providencia Pascual González, que llegó al convento siendo apenas una adolescente. Su vocación, cuenta entre sonrisas, empezó aún antes: «Vine aquí a los 15 años. A los 9 escribí una carta, que me quería venir ya, y me dijeron que hasta que no tuviera 15 no podía entrar. Estuve esperando… y cuando cumplí los 15, pues me vine».
Desde entonces, el convento nunca ha cerrado sus puertas, «ni por guerras, ni por desamortizaciones», subraya la hermana. Y en ese tiempo el pueblo ha sido su gran aliado. «Nos ha querido mucho el pueblo, siempre nos ha ayudado. Cuando la guerra venían a vigilar aquí de día y de noche para que no nos tocara nadie. Muy cariñosos y muy buenos las personas de Garrovillas con nosotras siempre», agradece.
Un obrador donde todas hacen de todo
El obrador es hoy el corazón económico del monasterio. Allí, las diez hermanas se reparten las tareas sin demasiadas etiquetas ni cargos. «Todas somos espabiladas», resume Sor Providencia con humor. «Unas veces le toca a una hacer la masa, otro día le toca a otra. Saben todas de todo y se relevan: unas le dan a las batidoras, preparan las masas; luego en la laminadora las extienden, las cortan, y otras van colocando las piezas en las bandejas para cocerlas».
Ella misma, además de tener «carnetes» en el obrador, disfruta con una labor muy concreta: «Me gusta ayudar un poquito a cerrar las bolsas con esas maquinitas… Claro que sí».
La madre superiora, Sor Rosa Padinjarreveettil Summy, natural de la India y con más de 30 años en España, completa el cuadro de esa cadena silenciosa de trabajo: «A la hora de trabajo, alguna se pone en el horno, otra en las máquinas o en la laminadora. Cuando hay cosas de hojaldre hay que hacer de distintas maneras… están todas ocupadas. Una está empaquetando, la otra está elevando la masa…».
La variedad de dulces obliga a organizarse bien. «Son muchas variedades», explica la madre superiora. «Tenemos que hacer cada dulce un día, dos o tres por lo menos. Toda la semana tenemos que hacer».
Cagajones, tartas y dulces que viajan
Entre las especialidades del convento destacan los célebres cagajones de Garrovillas —que muchos compran, reconoce Sor Providencia, “por curiosidad del nombre”—, las tartas de almendra y las tartas de bizcocho. «Aquí gusta mucho la tarta de bizcocho, que es extraordinaria, la verdad», asegura. «La gente que encarga para los cumpleaños nos dice que como estas no las encuentran en ningún sitio».
Los encargos llegan por teléfono y en persona. «La gente viene a comprar y también llaman por teléfono», explica Sor Rosa. De momento, las ventas no alcanzan a toda España porque todavía no tienen página web, «pero pronto», dice, dejando claro que el siguiente paso lógico es abrir una ventana digital que complemente el tradicional torno del convento.
Lo que sí han notado ya es el tirón del Solete Repsol. «La gente viene más y vendemos un poquito más», reconoce la madre superiora. El premio ha supuesto «mucha alegría, porque no lo esperábamos. Al principio lo dejamos un poco a un lado, pero cuando la gente empezó a felicitarnos, sentíamos muy alegres y contentas. Esta distinción es un honor para nosotras».
Dulces que sostienen un modo de vida
Aunque el obrador es su sustento económico, las jerónimas tienen claro cuál es el centro de su vocación. «Lo principal nuestro es el coro, la alabanza divina, los salmos, los himnos», recuerda Sor Providencia. «La oración personal es lo más esencial para nuestro carisma. El estudio de la Sagrada Escritura y orar por la humanidad entera, que está necesitada… todos necesitamos orar unos por otros».
Ese equilibrio entre vida contemplativa y trabajo se cuela también en los dulces. Muchas veces, mientras amasan o embolsan, rezan el rosario. De ahí el mensaje que Sor Providencia lanza, con humor y ternura, a toda España: «Que los coman con tranquilidad y con gozo, que son buenísimos, que están benditos, que no les hacen daño ni pierden los buenos tipos, porque están bendecidos. Lo hacen muy bien hecho y con mucha limpieza y mucho cariño, para que no les haga daño a nadie».
En plena campaña navideña, el Solete Repsol ha puesto el foco sobre este pequeño obrador escondido en Garrovillas de Alconétar. Detrás de cada caja de cagajones o de tarta de almendra hay siglos de historia, un pueblo que cuida a sus monjas, diez hermanas que «saben hacer de todo» y un trabajo diario que, entre hornadas y oraciones, mantiene vivo un convento fundado en 1573 y que nunca ha dejado de latir.
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