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Un siglo de trabajo, curiosidad y devoción

La historia de una bisabuela hurdana de 105 años, narrada por sus hijas: "se sabía todas las capitales del mundo"

Tres hermanas, de un total de nueve hijos, ponen voz a los recuerdos de su madre, Isabel Domínguez, nacida en 1920 en la alquería de Cabezo, a la que describen como una mujer inteligente, con inquietudes por aprender desde pequeña, cuando llevaba consigo una pizarra mientras cuidaba a las cabras, profundamente justa, religiosa y una abuela "ejemplar"

Isabel Domínguez sopla las velas de su centésimo cumpleaños, rodeada de sus hijos.

Isabel Domínguez sopla las velas de su centésimo cumpleaños, rodeada de sus hijos. / Cedida por la familia

Juan Moriano

Juan Moriano

Cáceres

En 1920 entró en vigor el Tratado de Versalles, acuerdo de paz que puso fin a la Primera Guerra Mundial. Ese mismo año finalizó la pandemia por la gripe española, que había asolado al mundo, y Alfonso XIII reinaba en España. En aquel contexto, el 12 de febrero de 1920 nació, en la alquería hurdana de Cabezo, Isabel Domínguez Martín, una mujer que ha alcanzado los 105 años y cuya vida recoge este diario a través de los recuerdos e historias transmitidas por tres de sus hijas: Isabel, Ángela y Ana, de un total de nueve hijos, siete mujeres y dos varones, cuyas edades se distancian en 22 años entre el primero y la última. La menor tiene 59 y el mayor, 81.

Las tres hermanas ponen voz a la vida de su madre, quien, a consecuencia de un ictus, vio mermada su capacidad de habla a partir de los 103 años. Aunque no la perdió por completo, si le preguntas cómo se encuentra responde: "bien, gracias a Dios"; y si le dices "hasta mañana", concluye con otra típica coletilla religiosa: "si Dios quiere".

La hurdana centenaria goza de buena salud, si se considera su avanzada edad, aunque ya no reconoce a personas y enfrenta problemas de visión: por uno de sus ojos no ve, mientras que el otro tiene la vista nublada debido a las cataratas. A pesar de ello, toma solo dos medicamentos al día. Sus hijas coinciden en que "no ha tomado pastillas en su vida". A los 102 años seguía andando y, cuando cumplió un siglo, aún acompañaba a sus amigas, más jóvenes que ella, del barrio de Cáceres (ciudad en la que posteriormente vivió) hasta sus casas. Además, las regañaba por no salir a caminar y les decía que tomaban muchas pastillas.

Al describir a su madre, las hermanas no dudan en resaltar su inteligencia. Ana, de hecho, cree que ha sido una persona de altas capacidades, una cualidad que, según comenta, ha sido heredada por muchos de sus nietos. En total, cuenta con 17 nietos y otros 17 bisnietos, más otros dos en camino. Maite, la nieta mayor, tiene 51 años, mientras que los bisnietos más grandes superan los 20.

Sed de saber

Ángela cuenta que su progenitora, desde pequeña, siempre tuvo inquietudes por "saber, saber y saber". Dominaba la lectura, la escritura y de hacer cuentas "mejor que yo", expresa Ana. La hurdana, que tiene 105 años, asistió a la escuela unitaria de Cabezo (Ladrillar) de forma intermitente, como otros tantos niños de la época. "Irían cuatro días y otros cuatro con las cabras". "Lloraba porque tenía que ir al huerto y no podía ir a clase", añade Isabel, hija que lleva el mismo nombre que la madre.

Isabel Domínguez, natural de Las Hurdes y nacida en 1920, sentada en un banco.

Isabel Domínguez, natural de Las Hurdes y nacida en 1920, sentada en un banco. / Cedida por la familia

Cuando era pequeña, la que ahora es centenaria llevaba al campo una pizarra de lancha y un trozo de pizarrín para escribir y hacer sus cuentas. "Debajo de una encina, cuidando a las cabras, aprendió a escribir, a leer y a todo", destacan tres de sus hijas. Tal eran sus inquietudes por saber que, según cuentan las hermanas, conocía los nombres de todas las capitales del mundo, se sabía qué son los vasos comunicantes o quién fue Cristóbal Colón.

Se cultivaba con las enciclopedias de la época y disfrutaba de la lectura; un hobby que mantuvo hasta que pudo. También se encargaba de las cuentas de la casa familiar y, como tantos otros en aquellos tiempos, dedicó su vida al trabajo en el campo.

Nueve hijos

A pesar de tener nueve hijos, las tres hermanas recuerdan que le daba tiempo a trabajar en el campo, incluso aunque estuviera sola, puesto que su esposo y padre de sus nueve hijos, Eloy Domínguez Domínguez, se ausentaba durante temporadas para trabajar en las minas y en otras labores agrícolas. Vivían de lo sembrado y los recursos típicos de la comarca: colmenas, olivos, castaños, cerdos, gallinas o cabras.

La faena se realizaba durante la semana, pero debido a la cantidad de vástagos, aprovechaba el domingo para lavar la ropa en el río, aun en tiempos en los que existían restricciones por el descanso dominical. "Mi madre decía que tenía a los hijos como si fueran de funcionarios", comenta Ana, quien, junto a Isabel y Ángela, recuerdan que la Guardia Civil la sorprendió en el río y le preguntó: ¿Qué hace usted lavando un domingo?. A lo que ella respondió que no tenía otro momento y que, para mantener a sus hijos aseados, debía hacerlo ese día. Ante tal respuesta, los agentes se marchaban. "Tenía unos reaños -mucho carácter-. ¡Cualquiera se metía con ella!", comentan entre risas. Es una mujer seria, a la que no le gustaban las bromas.

Con tal carácter, las hermanas esperaban que, al hacerse mayor, mantuviera ese genio. Sin embargo, Isabel se convirtió en una abuela "ejemplar". "No da guerra ninguna", destacan con cariño.

Nunca probó el alcohol

La familia Domínguez regentó también un bar en Cabezo, pero Isabel nunca bebió alcohol. "Jamás ha probado el vino", añade una de sus hijas. Junto a la tasca, tenían un despacho en el que vendían pan.

"Ella decía que tenía la panadería para darnos de comer pan a nosotros -hijos-", relatan entre risas las hermanas. Sin embargo, el pan no solo se destinaba a los clientes y a sus vástagos. Isabel, Ángela y Ana recuerdan que su madre les enviaba a repartirlo entre las personas más necesitadas de la alquería. Cortaba un pan en cuatro partes y les decía: "llévaselo a tal vecino" que lo necesitaba.

Según sus hijas, Isabel era una mujer que ayudaba a la gente de su alrededor y sumamente justa. "Una peseta que le debieran, una peseta que tenía que recibir, pero si se las daban de más en los comercios, la devolvía", apuntan.

Tal era su sentido de la equidad que, según menciona Ángela, su madre le contó que, cuando era joven, en una época en la que la casa se dividía entre los herederos, en una de las salas se encontraba una patata situada en el medio de dos montones, uno de cada hijo. Al no saber a quién pertenecía, decidió seguir el ejemplo bíblico del rey Salomón: la partió en dos, de modo que cada uno recibió una mitad.

Devota

Isabel es una mujer profundamente religiosa. A tal punto llega su fe que, después de 30 años, regresó al Santuario de la Peña de Francia, acompañada por sus hijos. Este santuario, situado a gran altura, cerca de La Alberca (Salamanca), en lo alto de una montaña, fue en su juventud un lugar de culto al que se peregrinaba descalzo desde Cabezo en señal de promesa. La emoción fue tan profunda al volver a pisar el templo que sus hijos temieron por su salud. Se arrodilló ante la virgen y comenzó a rezar, visiblemente conmovida.

Al cumplir los 100 años, se celebró un acto de homenaje en la parroquia del Beato Marcelo Spínola, situada en la zona del Vivero de la capital cacereña, en el que participó el anterior obispo de Coria-Cáceres, monseñor Francisco Cerro, quien le entregó un cuadro religioso como regalo. Además, tras la petición de una de sus nietas al Vaticano, se le concedió una bendición papal, un reconocimiento en forma de diploma.

El valor de la educación

Las tres hermanas guardan el recuerdo de su madre siempre ocupada: "no descansaba", afirman. "Una vida muy esclava, como decían ellos", apuntan. Por ello, Isabel quería que sus hijos pudieran estudiar, algo que ella no tuvo la oportunidad de hacer, por lo que tuvo que aprender por su cuenta. Su deseo era ofrecerles un futuro diferente al suyo y al de su marido, marcado por el arduo trabajo en el campo de aquella época.

Isabel y su esposo,  Eloy Domínguez , juntos en una fotografía de época.

Isabel y su esposo, Eloy Domínguez , juntos en una fotografía de época. / Cedida por la familia

Isabel y Eloy brindaron a todos sus hijos la oportunidad de formarse. Ana, Ángela e Isabel estudiaron en el Hogar de Caminomorisco, la mayor lo hizo en el colegio de Alcántara, y los hermanos cursaron estudios en Madrid. Sin embargo, a estos últimos les "tiró tanto el pueblo" que decidieron abandonarlos y regresar en su juventud a su lugar de origen. Ese apego también marcó a las tres hermanas que atendieron a este diario, que aunque residen en Cáceres, se casaron con hombres de Cabezo.

Como la mujer, que ahora es bisabuela, no quería que sus hijas se quedaran trabajando en el pueblo, se encargaba de buscarles empleos fuera de la alquería. Isabel, su hija, recuerda que, en una ocasión, su madre le pidió que bajara a comprobar si el heno destinado a alimentar al ganado en invierno se había mojado y, al llegar a casa, ya le había conseguido un puesto en Cáceres como cuidadora. "Te buscaban el trabajo, pero rápido", comenta Isabel, su hija, entre risas.

La familia Domínguez vivió en una casa de Cabezo que Eloy Domínguez heredó de su padre, vecino de los "más ricos del pueblo". "Tenía cien cabezas de ganado en esa época", destaca Isabel. Allí residieron, junto con otra que construyeron frente a la primera en la que se quedaban los mayores, hasta que entre 1974-75, año en el que el matrimonio decidió dejar el pueblo, ya jubilados y ella padeciendo vértigos, a petición de los hermanos mayores.

De Cabezo a Cáceres

Entre las alternativas que barajaron (Coria, Plasencia, Cáceres o Salamanca) finalmente optaron por instalarse en la capital cacereña, donde ya vivía desde el año anterior una de sus hijas, Isabel, además de familiares de la madre.

Aunque su nuevo hogar quedaba a más de cien kilómetros de la alquería en la que había crecido, parte de la familia de Isabel se encontraba muy cerca: en el mismo bloque de la calle Sanguino Michel vivían algunas de sus hermanas, y otro de sus hermanos residía en un edificio cercano.

Isabel pertenece a una familia de nueve hermanos, y la longevidad no es exclusiva de ella: aún viven tres más, una de las mayores y dos de los menores, entre ellas una que se estableció en Francia. Aun así, Isabel sigue siendo la mayor de todos.

Tras dos años establecida en Cáceres, en 1977, Isabel se quedó viuda. "Ella lo ha echado de menos desde el día que se murió hasta que ha tenido conocimiento", dicen las hermanas.

Hoy Isabel continúa en Cáceres, en el hogar de la familia de su hija menor, Estrella, la hermana que la cuida. "La que se merece el homenaje", dice Ana, refiriéndose a Estrella, que nació cuando el primogénito de la familia cumplía el servicio militar obligatorio, conocido popularmente como la mili.

Aunque le gustaba el pueblo, tras mudarse a Cáceres ya no regresó con tanta frecuencia. No obstante, cada vez que la llevaban a Cabezo se asomaba al balcón, entrelazaba las manos y contemplaba el paisaje de Las Hurdes, exclamando: "Qué maravilla", algo para lo que antes, aún viviendo allí, no tenía tiempo para apreciar.

Rozando los 100 años, decidió no volver más a su localidad natal debido a los mareos que le provocaba el viaje. Al despedirse de su pueblo, y fiel a su devoción religiosa, le echó la bendición, como un último gesto de cariño hacia la tierra que la vio nacer.

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