Tradiciones
Las Tablas, el legado vivo que marca la identidad de Albalá
El municipio cacereño vive estos días unas fiestas que son testimonio del modo en que ha sabido conservar sus raíces, al tiempo que se adaptaba a los cambios de cada época

Una imagen de la celebración de Las Tablas, en Albalá. / Cedida

Las Tablas, antaño conocidas como el ramo, constituyen uno de los rituales más arraigados en la memoria colectiva del municipio cacereño de Albalá. Su origen humilde, ligado a la ofrenda de productos de la tierra sobre sencillos tableros de madera, fue consolidándose generación tras generación hasta adquirir la forma con la que hoy se reconoce esta tradición. Aquellos primitivos 'ramos' —cargados de pan, fruta y flores— no eran solo muestras de devoción, sino declaraciones explícitas de gratitud por la supervivencia anual en un territorio que dependía del esfuerzo agrícola y de la benevolencia del clima.

El municipio de Albalá se vuelca con unas fiestas coloridas y llenas de costumbres. / Cedida
Con el paso del tiempo, la celebración fue expandiéndose, tanto en significado como en duración. De la jornada única de Navidad se pasó, a partir de 1768, a un ciclo festivo de tres días —25, 26 y 27 de diciembre— que aún hoy estructura el final del año para todos los habitantes. La misa de mediodía marca el punto álgido del rito: en ese instante, las tablas se presentan con solemnidad ante la imagen del Niño Jesús, materializando una mezcla singular de misticismo, gratitud y continuidad cultural. Las ofrendas —pan como sustento esencial, naranjas o frutos como símbolo de fertilidad, y flores como emblema de pureza y belleza— subrayan la convicción profunda de que todo bien procede de un orden superior.
'Chás-carri-rrás'
Tras la ceremonia religiosa, la festividad se desborda a las calles. Los quintos, portadores orgullosos de las tablas, avanzan al ritmo inconfundible del Chás-carri-rrás, un compás de 3/4 que vibra en tamboriles, cajas, cañas, almireces y sonajas. Este acompañamiento sonoro, tan rústico como hipnótico, marca el pulso de un recorrido cargado de vitalidad. Lo que podría ser una simple procesión se transforma, gracias al carácter hospitalario del vecindario, en un itinerario de convivencia: vino de pitarra que reconforta, altramuces que se reparten sin distinción, frutos secos que pasan de mano en mano. Es un gesto espontáneo de hermandad que elimina cualquier frontera entre lugareños y visitantes.
Riqueza cromática
La estética de la fiesta suma un estrato más a su singularidad. Las mujeres despliegan un abanico cromático de pañuelos de tres cenefas, mantones de cien colores, corpiños ceñidos y refajos bordadas. Los hombres, sobrios pero elegantes, visten pantalón y chaleco negros, camisa blanca y fajín rojo. Entre todos estos elementos destaca un símbolo de orgullo local: el pañuelo triangular bordado en la espalda, cuyo diseño evoca la tradición gallera que durante siglos ha dado carácter a la comunidad.
Y junto a la música y el color, la hoguera. Erguida frente al solsticio de invierno, cumple un doble papel: por un lado, protege frente al frío, la oscuridad y los malos presagios; por otro, invoca la luz naciente asociada al nacimiento de Jesús. Su resplandor, visible desde cualquier punto del municipio, actúa como faro simbólico que convoca a la población y reafirma cada año el vínculo entre lo sagrado y lo cotidiano.
Así, las Tablas no son una reliquia folclórica ni una simple costumbre heredada: son un testimonio del modo en que la comunidad ha sabido conservar sus raíces al tiempo que se adaptaba a los cambios de cada época. Son memoria, identidad y celebración. Una tradición que, lejos de diluirse, continúa proyectándose con vigor sobre la vida local y recordando que la cohesión de un pueblo también se construye a través de los rituales que decide mantener vivos.
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