Una historia de arte
El Bobo de Coria que no tenía un pelo de tonto
Juan Calabazas, o Calabacillas, bufón del rey Felipe IV, cuyos nombres o apodos se pueden vincular con localidades como Coria o Caminomorisco, quedó inmortalizado por Velázquez. Aunque su historia es escasa, algunos autores destacan que gozó de un trato «privilegiado» con respecto a otros bufones, con raciones anuales que superaban los 190.000 maravedís, y que, más que bobo, era un truhan

Grabado por Louis Croutelle, a partir de un dibujo de José Camarón, basado en el cuadro El bufón Calabacillas, de Velázquez. / Centro Virtual Cervantes

Juan Calabazas, o Calabacillas, también conocido con el sobrenombre de El Bobo de Coria, fue un bufón de la corte real en el siglo XVII, al servicio del rey Felipe IV desde 1632 hasta su muerte en 1639. Su figura quedó inmortalizada en la historia gracias a las pinceladas de Diego Velázquez, uno de los grandes exponentes de la pintura española, quien lo retrató en dos ocasiones. Uno de los cuadros, en el que el bufón aparece arrodillado junto a unas calabazas, se conserva en el Museo del Prado; mientras que el otro, donde se muestra erguido junto a un asiento plegable, se encuentra en el Museo de Arte de Cleveland, en el estado de Ohio, Estados Unidos.
Dado el prestigio de los espacios, especialmente el de la institución española, donde se exhiben los retratos, uno podría suponer que se preservan una gran cantidad de datos sobre el protagonista de las obras. Sin embargo, nada más lejos de la realidad. Aunque se tienen detalles sobre este «enano y truhan», como lo define José Moreno Villa en su libro Locos, enanos, negros y niños palaciegos. Gente de placer que tuvieron los Austrias en la Corte española desde 1563 a 1700. En él se recogen la «curiosa» ración que recibía en palacio, dependiendo si era el día de carne o de pescado: en el primero de los casos, el menú consistía en ocho panecillos comunes, una azumbre de vino, cuatro libras de nieve, una libra de fruta, cuatro onzas de sebo, una gallina, tres libras de carnero, una libra de vaca y media de tocino. En cambio, la jornada de pescado incluía ocho panecillos, vino, nieve, fruta, sebo, gallina, tres libras de Nal, ocho huevos y media libra de aceite.
Los días de carne, que sumaban 210 al año, suponían un coste diario de 518 maravedís (antigua moneda española), mientras que los días de pescado, 155 en total, generaba un gasto de 547 por jornada. De tal modo que llegaba a cobrar por su ración anualmente 193.565 maravedís, según Moreno Villa. Aparte de la comida, se le otorgó carruaje, mula y acémila (mula o macho de carga). Además, en la noche de Navidad, percibía una libra de confitura.
El dulce navideño no fue el único obsequio que recibió Calabacillas, puesto que, para la recepción del rey que regresaba de Barcelona en 1632, se le regalaron calzas para un vestido. Se le hizo entrega de la prenda el 26 de mayo, mientras que el 9 de noviembre le dieron un vestido de terciopelo labrado y otro más. En la última nota relacionada con el bufón, que recoge el libro de Locos, enanos, negros y niños palaciegos, se menciona que: «A Don Juan Calabazas se le dieron en los diez meses del año 1639, hasta que murió, doce pares de zapatos de cordobán de tres suelas».
El trato recibido por el Bobo de Coria fue de «privilegio, con respecto al resto de los bufones», según califica Bienvenido García Martín en su obra Don Juan Calabazas, Calabacillas o El Bobo de Coria, que recopila datos sobre su historia y los dos retratos en los que fue plasmado. «Rara vez se recoge, en documentos oficiales, alguna diferencia positiva, agradable o casi, yo diría, que humana, de otros bufones», añade.
Incluso Juan Calabazas gozaba de la libertad para moverse por el palacio, hacer apariciones ante los monarcas y dar órdenes a otros enanos y bufones.
Al contrario del sambenito de bobo que se le colgó al Calabacillas, «no era bobo, no era enano y podría ser perfectamente un truhan», conclusión a la que llegó Jerónimo de Moragas (1901-1965), médico especializado en la neuropsiquiatría y pediatría, en su ensayo Los Bufones de Velázquez. En esta publicación, Moragas establece diagnósticos de figuras al placer del rey que plasmó el pintor barroco nacido en Sevilla. «Don Juan de Calabazas presenta una frente olímpica de tipo raquítico, estrabismo convergente, parálisis cerebral atetósica e inteligencia normal», resume en su juicio.
Entre las razones por las que Moragas se atreve a afirmar que no «era bobo» se encuentra el análisis de los rasgos físicos captados tanto en el cuadro del Prado, en el que aparenta una edad que «puede oscilar entre los 25 y 35 años», como el que se conserva en Ohio, donde «es algo más joven». A ello se suma el hecho de que a Juan Calabazas, a quien esta publicación le atribuye otro apodo más, El Bizco, se le denominara con el sobrenombre de Bobo de Coria cuando ya habían pasado 150 años de su muerte.
De hecho, Moreno Villa anota en su obra que ni el Bobo de Coria, ni el Niño de Vallecas (también retratado por Velázquez) figuraron con estos nombres en los documentos antiguos, sino a partir de un inventario de cuadros de 1789, en el que un «desaprensivo llegó a bautizarlos así».
Origen de Juan Calabazas
Entonces, ¿Juan Calabazas no era de Coria?. «Realmente no sabemos mucho de él», precisa García Martín en su libro, en el que agrega que varios autores piensan que pudo haber nacido en cualquier pueblo de Las Hurdes o de la Tierra de Coria.
Según las propias investigaciones del autor, que reflejo en su obra Don Juan Calabazas, Calabacillas o El Bobo de Coria para tratar de dar con el origen del bufón, el apellido Calabacillas es «corriente» durante el siglo XVII en la zona de Las Hurdes y en los pueblos de la Sierra de Gata, entre ellos nombra algunos en los que lo encontraron como Gata, Villasbuenas de Gata o Torrecilla de los Ángeles.
En esta última localidad se menciona a Juan Calabazas en el libro de incidencias de la Cofradía de Los Ángeles, en el que se indican las incidencias de su nacimiento y se habla de una circunstancia especial: «Padre desconocido y Madre María». Aunque en un primer momento García Martín considera que hay «indicios muy fundados» de que pudiera ser el mismo Calabacillas, más tarde expone que el escrito data de 1619, fecha que no se corresponde con las que se dan de su nacimiento. No obstante, advierte que «tampoco se puede asegurar nada definitivo porque la lectura del texto no se realiza con claridad meridiana y no podríamos confirmar que este Juan Calabazas fuera el Bobo de Coria».

Retrato del bufón Calabacillas, conservado en el Museo de Arte de Cleveland, Ohio, Estados Unidos. / Museo de Arte de Cleveland
En cuanto a la versión del Museo del Prado, en el espacio dedicado en su web al óleo sobre lienzo titulado El bufón Calabacillas, se aclara que, aunque durante mucho tiempo ha sido identificado con el llamado Bobo de Coria, la calabaza que mantiene junto a sí permite identificarlo con Juan Calabazas. Su nombre se incluye entre los que denominan como ‘nombres-mote’, es decir, aquellos que se otorgan a posteriori y que se basan en una característica física, psíquica o biográfica. En el caso de Calabazas, se trata de un «apellido que se documenta respecto a otros bufones desde mediados del siglo XVI, siguiendo una tradición de uso de esa palabra para referirse a la falta de juicio».
Aunque el término Calabazas también podría aludir al lugar de origen de este bufón, puesto que el actual municipio de Caminomorisco, en Las Hurdes, fue conocido antiguamente como Las Calabazas. A comienzos del siglo XX cambió su denominación, adoptando el nombre del concejo, Caminomorisco, del que hoy es cabeza y que agrupa a la citada localidad y a las alquerías que conforman su término municipal.
Esta teoría está respaldada por el libro Leyendas Extremeñas de José Sendín Blázquez, que presenta un grupo de historias y leyendas «que son parte muy importante del alma extremeña». En él se dedica un capítulo a El Bobo de Coria, bebiendo de dos fuentes: Motivos Extremeños, de Tomás Martín Gil, y El Regional, semanario de Plasencia (primera época). En la publicación de Sendín se dice que en Coria se hizo famoso, "hasta tal punto que lo bautizaron de nuevo con el nombre de su pueblo natal: ‘Calabacillas’".
Asimismo, el relato popular de la comarca hurdana coincide con esta denominación, situándolo como hijo de Las Hurdes. Dejando a un lado los apelativos de Calabazas o Calabacillas, lo nombran como Juan Martín Martín. Así lo mencionan autores como Felíx Barroso, ex docente que ha publicado historias, costumbres y leyendas del norte de Cáceres, con especial atención al territorio hurdano.
Casa de Alba
Aunque el libro de leyendas y la publicación de García Martín, que recopila documentos oficiales sobre Juan Calabazas, difieran en cuanto al origen de su nombre, ambas coinciden en que el bufón está relacionado con la Casa de Alba.
De hecho, en 1627 se recoge una nota, que se conserva en la Catedral de Coria, la «donación de los productos de la martiniega a Juan Calabazas del marquesado de Coria…». García Martín define el documento como «lacónico», es decir, breve o conciso, «pero, hasta cierto punto, explícito».
No obstante, en Don Juan Calabazas, Calabacillas o El Bobo de Coria se subraya que, a partir de lo expuesto, no se puede vaticinar "nada"; sin embargo, el autor se aventura a manifestar que «muy posiblemente, el Bobo de Coria tenga alguna relación con la Casa de Alba».
El Duque de Alba, que por su título de Marqués de Coria era señor de aquella población, llevó a Juan Calabazas a la Corte, prendado de su discreción y gracejo. El bufón «tanto agradó a Felipe IV que tuvo que cedérselo».
Por su parte, la obra que reúne leyendas extremeñas cuenta que el Duque de Alba, en Las Hurdes, de las que él mismo era señor, encontró a algunas personas que presentaban una constitución física considerada anómala. A causa de lo que el propio relato describe como deformidades, «eran hombres de escaso talento, pero con una simpatía y gracia por encima de lo que parecía normal». Uno de ellos vivía en Calabazas y presumía «de ser el gracioso de la comarca».
Siguiendo este relato, el Duque de Alba se lo llevó a su palacio de Coria, donde el recién llegado «pronto se hizo famoso en la mansión ducal, y hasta en toda la ciudad». Entre la nobleza ponía el contrapunto de risa frente a la severidad de los actos oficiales. «Era el relajamiento psicológico de los poderosos que descargaban cruelmente en ellos los impulsos reprimidos de la burla y el sarcasmo», recoge el texto.
La fama de Calabacillas llegó hasta la corte, «fue quizás en una de las muchas conversaciones que los Duques de Alba mantenían con Felipe IV», el cual se 'enamoró' de tal grado del bufón que el Duque tuvo que entregárselo al monarca.
Catedral de Coria
Juan Calabazas no sólo está vinculado a los palacios de los nobles a los que sirvió, sino también guarda relación con la Catedral de Coria. En ella se encuentra una estatuilla situada sobre un flamero que culmina la fachada de poniente, en la puerta principal, a la que el pueblo cauriense llama ‘El Bobo’ o ‘El Bobo de Coria’. Según indica García Martín en su libro, «difícilmente» se puede conjeturar el porqué de este nombramiento. Además, existen «razones de peso científico» que demuestran que esta figura no corresponde al Bobo de Coria.
Para fundamentar esta desestimación, el autor de Don Juan Calabazas, Calabacillas o El Bobo de Coria se basa en fechas: por lado, la portada de la Catedral se construyó durante el siglo XVI y, por otra, que Calabacillas nació a finales del citado siglo o a comienzos del XVII. Por ello, concluye que «casi cien años de diferencia marcan la razón clara del anacronismo y, por tanto, de la incongruencia».
Otro de los relatos asociados al bufón y la catedral es una historieta que algunos en Las Hurdes recuerdan todavía. Se contaba que El Bobo de Coria se subía a lo alto del templo desde el que hacía creer a los viandantes que iba a saltar. Entre los gritos se podía escuchar algo así como «¡Qué me tiro!». No obstante, no realizaba tal temeridad.
Lo que sí está documentado, según la publicación de José Moreno Villa, es que el bufón sirvió al Infante Cardenal hasta que, en 1632, pasó a la servidumbre de Felipe IV. El que fuera pintor del monarca, Velázquez, retrató al que calificaron como truhan en dos ocasiones: la primera corresponde al cuadro que se conserva en Cleveland, mientras que la segunda, un óleo sobre lienzo que se exhibe en el Prado, fue algo posterior, aunque no más del 1639, año en el que Juan Calabazas falleció, según precisa el libro Monstruos, enanos y bufones de la Corte de los Austrias.
Dejando a un lado al ilustre pintor que retrató al bufón, lo cierto es que este truhan, ha llevado por bandera el nombre de Coria, junto al sambenito de bobo que se le asignó 150 años después de su muerte, y también el de Las Calabazas, como se conocía antiguamente a Caminomorisco, por todo el panorama nacional e internacional dado la importancia de los museos en los que se exponen sus retratos. Estos cuadros inmortalizan a Juan Calabazas, quien vivió a costa de ser un personaje de risa para los nobles, pero disfrutando de un trato de «privilegio, con respecto al resto de los bufones», con lo cual algunos pueden llegar a pensar que, contrariamente a la fama que le acompañó, no tenía un pelo de tonto y seguía muy bien aquel refrán de ‘dame pan, y dime tonto’.
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