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Rebollar, un mirador de excepción en el Valle del Jerte

Situado en la ladera de la solana del valle y en un emplazamiento con una historia milenaria, Rebollar, que conserva una auténtica esencia de pueblo, cuenta con unos encantos únicos: casas construidas sobre “canchos” (grandes rocas) y un entorno natural privilegiado, en donde abunda el agua y tupidos bosques de robles

Los vecinos de Rebollar reciben a los Reyes tras el incendio de Jarilla

Toni Gudiel / Jorge Valiente

Juan Pedro Recio Cuesta

Juan Pedro Recio Cuesta

Rebollar

Siete son los pueblos del Valle del Jerte que se sitúan en sus laderas, retirados del río, y uno de ellos es Rebollar. Este pequeño núcleo que, curiosamente, comparte nombre con otros municipios españoles, administrativamente, es el más joven de la comarca, pues su nacimiento oficial como localidad independiente se produjo en el año de 1929 tras su segregación de Valdastillas, municipio de la ladera de enfrente y al que pertenecía, como barrio, desde la Edad Moderna. Pero ello no significa, ni mucho menos, que su historia arranque en el pasado siglo XX. Todo lo contrario: Rebollar está situado en una de las áreas arqueológicas de mayor riqueza de todo el valle.

Y es que en sus alrededores se han encontrado numerosos y antiquísimos vestigios que acreditan que este lugar ha estado habitado por el ser humano desde hace miles de años, pues, además, se ubica en un paso histórico y natural entre el Jerte y el Ambroz. De tiempos prehistóricos, se han hallado restos líticos (puntas de lanza, hachas…) o cerámicos en lugares como la cueva del “Butracón”. También, se tiene acreditada la existencia de restos materiales de finales de la Prehistoria y de los primeros siglos de la Edad Antigua: piedras palabradas, tumbas antropomorfas y esculturas zoomorfas, como el denominado verraco del Cerro Patín, cuya historia sigue envuelta en un relato que aún perdura dentro de la memoria colectiva local.

Igualmente, se tiene constancia de restos de la época romana. Tiempos remotos y aún muy desconocidos de los que mucho tiene que decir David Sánchez Serrano, arqueólogo originario de El Torno. Ya avanzada la Edad Media, Rebollar surgió como núcleo de población dependiente de la hoy extinta Ojalvo, cuyos vecinos fueron sus primeros pobladores. Cuando Ojalvo comenzó a despoblarse en la Edad Moderna, no pocos de sus habitantes se instalaron en Rebollar, núcleo que, como ya hemos apuntado, dependió de Valdastillas hasta su independencia de esta hace ya cerca de un siglo.

Conocidas las raíces milenarias de este lugar, vayamos ahora al Rebollar del siglo XXI. A este municipio cacereño se puede llegar por diferentes accesos y en todos ellos nos encontramos con carreteras serpenteantes que se van adaptando a la orografía. Una vez que se está en Rebollar, pasear por el pueblo es una experiencia agradable para todos los sentidos. Sus calles son estrechas y empinadas y desde su avenida principal, por la que transcurre la carretera, podemos contemplar unas privilegiadas vistas de la ladera de la umbría y de gran parte del valle. Este fabuloso mirador como es, en su conjunto, el Paseo que lleva este mismo nombre, se prolonga más allá del núcleo de población (por la Avenida de Plasencia y la Calle la Garganta).

La Iglesia de Santa Catalina

Entre el patrimonio que podemos encontrarnos en sus calles y plazas, destacan la Iglesia de Santa Catalina, un templo de piedra austero y sencillo originario del siglo XVII, que acoge la imagen de la Santa. Y, además, un auténtico museo de arquitectura popular al aire libre de gran valor patrimonial que se extiende por todo el casco histórico de la población: las conocidas como “casas del canchal”, singulares viviendas construidas sobre los grandes canchos (grandes rocas graníticas) que abundan en Rebollar y en su entorno más inmediato.

Rebollar, además, está ubicado en un entorno natural privilegiado, pues en sus cercanías cuenta con la fuente de vida de este valle: el agua. En dirección hacia El Torno, nos encontramos con la Garganta de la Púria y, hacia el norte, con la de Los Riscos. Ambas, que reciben el agua de diferentes arroyos, confluyen en el río Jerte, que también pasa por su término. El pueblo está rodeado, además, por un tupido bosque de robles –de ahí su nombre– y cuenta también con una gran superficie de monte alto y sierra con un gran valor ambiental y cinegético.

Rebollar tiene también un calendario festivo digno de destacar. Además de acoger actividades de carácter comarcal (Cerezo en Flor, Cerecera u Otoñada), sus principales fiestas son las dedicadas a su patrona, Santa Catalina (a la cual, el 25 de noviembre, se la ofrece un Ramo en acción de gracias), y las celebradas en torno al 24 de agosto en honor a Santa Teresa, momento este en el que Rebollar ve incrementada su población, pues son fechas en las que los rebollariegos que emigraron, así como sus descendientes, vuelven a sus raíces.

Y por último, pero no por ello menos importante, no nos podemos olvidar de las personas que hacen que Rebollar siga siendo un pueblo vivo: sus vecinos. Aunque, en la actualidad, es el municipio con menos población del valle, su capital humano es sobresaliente. Ellos cuidan de sus fértiles campos de los que cada año salen cientos de miles de kilos de cerezas –y miles de otros frutos–, son depositarios de lo que de sus mayores han heredado (su particular habla y entonación, sus costumbres, su sabiduría popular…), escriben, día a día, la historia de su pueblo, y, en fechas muy recientes, cuando Rebollar fue evacuado por motivo del incendio iniciado en Jarilla y que calcinó algo más de 15.000 hectáreas (agosto de 2025), ellos fueron –como otros muchos vecinos de este valle– unos de los principales encargados de evitar que el fuego entrara en sus parcelas y en su pueblo, echándose en masa al monte, lugar en el que permanecieron varias jornadas, de día y de noche, contribuyendo de manera decisiva a las labores de extinción.

Rebollar (el de Cáceres, claro) es, sin duda, un lugar que conserva una auténtica esencia de pueblo, un mirador de excepción hacia el valle y uno de esos pequeños tesoros de nuestra Extremadura que tanto debemos cuidar.

Juan Pedro Recio Cuesta es Cronista Oficial de Tornavacas

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