Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Carnaval verato

Relato del Pero Palo en Villanueva de la Vera

El Peropalo, vestido con traje antiguo, protagoniza un ritual que incluye la judiá, el juicio y el paseo de la bandera, elementos que se repiten cada año en Villanueva de la Vera

Vídeo | Rozalén no se pierde el Pero Palo

Toni Gudiel

¿Ya nos sigues?Márcanos como medio preferente
Añádenos en Google
Pepe Casado

Pepe Casado

Villanueva de la Vera

El Peropalo Cada año, cuando se acerca el carnaval, en Villanueva de la Vera se nota en el aire que algo va a pasar. No hace falta que nadie lo diga. El tambor empieza a sonar y todos sabemos que vuelve el Peropalo. La fiesta ya se barrunta el sábado previo, aunque empieza el Domingo de la Cabeza. Ese día sacamos la turra, la cabeza del Peropalo, la misma que se guarda de un año para otro. La llevan unos y otros, todos quieren tocarla, sentir que forman parte de lo que va a venir. El tambor no para y la cabeza recorre la Villa como un anuncio: ya está aquí otra vez. El sábado de carnaval, por la tarde, se coloca la aguja en la plaza.

Es un palo alto, como una escalera clavada en el suelo. Ahí es donde descansará el Peropalo, girando y mirando a todos lados. Cuando cae la noche, ya nadie sabe nada, pero se presagia la historia. En un lugar secreto se revive, toma cuerpo el muñeco. Solo los Peropaleros y unos pocos privilegiados más participan. Cantan, tocan el tambor y, antes de que amanezca, el Peropalo reaparece de repente en la plaza, sin que nadie haya visto cómo. El muñeco es grande, de tamaño natural. Va vestido de negro, con traje antiguo, calcetas, sombrero y un pañuelo blanco al cuello. Todo su cuerpo está atravesado por un palo que lo une a la aguja. Algunos años hasta parece que fuma. Es serio, tieso, y aun así da impresión de estar vivo, de que te mira altivo. El domingo y el lunes damos las vueltas alrededor de la plaza. Cada cierto tiempo llega la judiá.

El Peropalo se inclina hacia el suelo y los grupos se cruzan, se empujan, chocan unos con otros. Hay quien pide que lo liberen y quien grita que muera. Todo termina siempre igual: con el baile de la jota, al son del tambor, que nos deja cansados y contentos a la vez. El martes por la mañana toca ir de juicio. Es un juicio de burla, pero todos lo esperamos. Se leen los delitos, casi siempre de cosas de mujeres y de sexo, y se dicta la sentencia. Aparece un burro y se hace la corrida de las elecciones, y el pueblo se divide entre risas y gritos. Sabemos cómo va a acabar, pero aun así lo vivimos como si fuera la primera vez. Por la tarde salen los calabaceros.

Golpean con las calabazas a quienes hacen la ofrenda y firman. Es parte del juego, un paseíllo de violencia controlada que nadie se toma a mal. Al mismo tiempo viene el paseo, encabezado por el capitán y la capitana, escoltados por alabarderos y escopeteros, que llevan la bandera. Es blanca, con puntos rojos y una media luna con cara en el centro, que encabeza el paseo de hombres y mujeres engalanados con sustrajes de fiesta, de coloridos pañuelos, elegantes camisas, vistosos vestidos y relucientes collares y pendientes. A la bandera la bailan en la plaza, se hace la jura. Mujeres y hombres, la ondean y giran con más o menos destreza, mientras los tamborileros marcan el ritmo y cierran con un repicoteo de baquetas, mientras los amigos y familia hacen piña, abrazan y levantan por alto al danzante.

Ritmo de los tambores

La bandera pasa al siguiente y vuelta empezar, con el ritmo de los tambores. La capitana lleva la zarza, de la que cuelga un chorizo. Todos sabemos lo que simboliza, y las risas no faltan. Es carnaval, y aquí todo pasa, se exagera. Cuando anochece llega el final. Primero la decapitación: se separa la cabeza, la turra, que se guardará para el año siguiente. Luego el manteo, los disparos, y finalmente la quema. El Peropalo arde en la plaza y se convierte en una catarsis de cenizas. El ruido, el fuego y la gente hacen que sea un momento fuerte, emocionante, es el final. Al día siguiente todo vuelve a la normalidad. Pero sabemos que no es un final del todo. La turra queda guardada, esperando. Porque el Peropalo no muere para siempre. Revive cada año, y mientras el tambor vuelva a sonar en Villanueva, la fiesta seguirá siendo nuestra. El Peropalo renacerá de nuevo.

Tracking Pixel Contents