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Espacio del Lector

La mirada de una farmacéutica desde el mostrador en Ceclavín

Carmen Valiente Gómez, farmacéutica en Ceclavín, destaca que la verdadera medicina a menudo comienza con una escucha atenta, un consuelo y la certeza de que nadie debería sentirse invisible en la farmacia

Imagen de la histórica Botica del Palacio Real.

Imagen de la histórica Botica del Palacio Real. / Cedida a El Periódico

Carmen Valiente Gómez

Ceclavín

Desde fuera, una farmacia parece solo un lugar de paso: se entra deprisa, se pide algo concreto y se sale con una bolsa pequeña y muchas veces con la misma prisa con la que se llegó.

Pero desde el otro lado del mostrador la vida tiene otro ritmo. Allí no solo se dispensan medicamentos. También se escuchan silencios, se sostienen miradas y se intuyen historias que rara vez se cuentan en voz alta.

La farmacia de un pueblo —o de un barrio— es muchas cosas a la vez: consulta improvisada, refugio cotidiano y, en ocasiones, el único lugar donde alguien puede decir sin miedo que no está bien.

Hay preguntas que parecen médicas y no lo son. Cuando alguien pide "algo para dormir", a veces está diciendo que no puede más. Cuando una persona mayor entra varios días seguidos "a por cualquier cosa", muchas veces lo que necesita no está en un cajón, sino en algo tan sencillo como que alguien la mire y la llame por su nombre.

Desde el mostrador también se ve otra realidad silenciosa: la de quienes sostienen la vida sin hacer ruido. Mujeres que cuidan de todos y se olvidan de sí mismas. Personas que sonríen mientras atraviesan dificultades que casi nadie imagina. Soledades que no aparecen en estadísticas, pero que pesan cada día.

Una dolencia va mucho más allá de lo físico

La enfermedad no siempre duele en el cuerpo. A veces duele en la incertidumbre, en el miedo, en la falta de compañía.

Y, sin embargo, en ese mismo lugar ocurre también algo profundamente esperanzador: la resistencia cotidiana de la gente sencilla. Personas que, aun con problemas enormes, siguen levantándose cada mañana. Que agradecen una palabra amable como si fuera un regalo. Que encuentran fuerzas donde parecía que ya no quedaban.

En un tiempo acelerado y lleno de ruido, la farmacia sigue siendo uno de los pocos espacios donde todavía sucede algo esencial: el encuentro humano sin filtros.

Aquí no importan los cargos ni las apariencias. Importa si alguien puede dormir, si tiene miedo, si necesita que le expliquen despacio lo que nadie le explicó.

Quizá por eso este oficio es mucho más que una profesión sanitaria. Es una forma de cuidar en silencio, de acompañar sin invadir y de recordar cada día que la fragilidad no nos hace menos valiosos, sino profundamente humanos.

Desde este lado del mostrador se aprende algo sencillo: todos estamos, en algún momento, un poco rotos… y aun así seguimos buscando alivio, consuelo y esperanza.

Tal vez la verdadera medicina empiece justo ahí: en una mirada que no juzga, en una palabra que calma y en la certeza de que nadie debería sentirse invisible.

Porque mientras exista un lugar donde alguien escuche de verdad, la esperanza seguirá estando al alcance de la mano.

Carmen Valiente Gómez es farmaceútica en Ceclavín.

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