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Distinción

De un galardonado a otro: "A ellos, Cereza de Oro a los mejores embajadores del Valle del Jerte"

Los agricultores y ganaderos del Valle del Jerte, junto a los equipos de extinción, son reconocidos por su labor durante el incendio de Jarilla de 2025, que marcó un antes y un después en la región

Estado del incendio en el atardecer del 18 de agosto desde el término de Tornavacas.

Estado del incendio en el atardecer del 18 de agosto desde el término de Tornavacas. / Juan Pedro Recio Cuesta

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Juan Pedro Recio Cuesta

Juan Pedro Recio Cuesta

Tornavacas

Recuerdo a la perfección la noche del 14 de agosto de 2025. Junto con Alejandro y Mónica, dos buenos amigos, iba a ver la actuación de La Telaraña -un grupo del Jerte- a Arroyomolinos de la Vera. 

Eran poco más de las 22:30 horas cuando, dirección hacia aquel pueblo, ascendíamos por la carretera que une Casas del Castañar y Barrado. A medida que subíamos de altitud, en medio de la oscuridad de la noche, comenzamos a divisar una línea de fuego que, en lo alto de la ladera opuesta, ya calcinaba hectáreas de la sierra de El Torno.

Ese era el fuego iniciado en Jarilla dos días antes, que ya había "saltado" al Valle del Jerte. Un fuego que arrasó más de 15.000 hectáreas del Ambroz y del Jerte y que, por su devastación, ya ha quedado registrado en la historia. Pero en aquel momento no éramos conscientes -ni nosotros ni la mayoría de los habitantes del valle- de las dimensiones que adquiriría en pocas horas. 

Lo peor estaba por llegar. Y así fue, pues en los días siguientes al 14 (hasta el 20), el fuego avanzó sin control de sur a norte del valle, en la vertiente de Tras la Sierra, arrasando con todo lo que encontraba a su paso.

Esos días fueron de incertidumbre, de nervios y de preocupación. Pero también de impotencia y de rabia. Los medios necesarios para su extinción no llegaban -pues estaban concentrados en el Ambroz, donde las llamas también hicieron estragos- y el fuego seguía avanzando, imparable, a una velocidad vertiginosa.

De esos días, recuerdo a la perfección cómo muchos vecinos de El Torno y Rebollar -pueblo que tuvo que ser evacuado- pasaron día y noche en la sierra haciendo cortafuegos, refrescando el terreno, guiando a los pocos medios de extinción que había y luchando contra el fuego para que este no entrara en sus fincas. En algunos casos fue imposible evitarlo. 

El monstruo siguió su paso hacia el término de Navaconcejo, donde abrasó castaños y cerezos de las fincas situadas a mayor altitud. Así me lo contaba hace poco un joven agricultor de aquel pueblo. Él, su padre y su hermano, vivieron estos días con el corazón en un puño y con la impotencia de haber visto reducida a cenizas -literalmente- buena parte de su medio de vida.

Poco después, el humo cubría ya el cielo de Cabezuela y de Jerte. Y recuerdo las palabras de un joven ganadero cabezueleño al hablar del incendio. Hacían falta medios, estaban solos contra el fuego. Una sensación de impotencia que era comprensible, pues estaba peligrando su medio de vida, y además compartida por todos.

El fuego siguió su avance hacia Jerte y Tornavacas. Y en este último pueblo, recuerdo cómo muchos de mis vecinos pasaron varios días (y noches) cerca de las fincas del paraje de Becedas siguiendo muy de cerca su evolución y prestando un apoyo imprescindible a los medios de extinción que trabajaban sobre el terreno, haciendo frente a llamas de varios metros de altitud. Y recuerdo también cómo otro joven ganadero tornavaqueño, con ayuda de sus amigos, tuvo que mover apresuradamente de sitio a sus vacas cuando el fuego ya se encontraba muy próximo a la dehesa del Tejadillo.

Recuerdo también cómo el impacto mediático del incendio provocó una cascada de cancelaciones en los alojamientos y un descenso notable de los visitantes durante aquellos días. Y recuerdo las palabras de varios propietarios de alojamientos y de empresas de actividades turísticas de Cabezuela, Jerte y El Torno haciendo un llamamiento público a la calma, pues el fuego no había llegado, por fortuna, a las localidades del Jerte ni el valle entero estaba en llamas, como ciertas informaciones publicadas daban a entender.

Estas historias son reales y sus protagonistas tienen nombres y apellidos. Ellos saben quiénes son y ellos vivieron en primera persona el incendio del pasado mes de agosto. A todos ellos, junto a los medios que participaron en las labores de extinción (INFOEX, UME, otros autonómicos e incluso internacionales, instituciones...), se les ha concedido la Cereza de Oro 2026, máximo galardón que otorga la Mancomunidad de Municipios del Valle del Jerte.

Ellos, y de manera especial en esta ocasión, los agricultores y ganaderos, se merecen este reconocimiento y mil más que se los haga.

Ellos, que son los que han heredado de nuestros mayores el trabajo de la tierra y el cuidado de nuestros montes.

Ellos, que son los que mantienen vivos, día a día, nuestros pueblos. 

Ellos, que son los que hacen que el valle sea un lugar con futuro, en el que querer vivir, mundial y orgullosamente conocido por su producción de cereza, así como por su riqueza cultural, natural y paisajística.

Ellos se merecen más que nadie la Cereza de Oro, porque son los mejores embajadores que puede tener el valle. Y para el que escribe estas líneas, es un verdadero honor compartir con ellos este galardón en su edición de 2026.

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