Historias rurales
Un borrachín, un niño y un cura colérico: las hilarantes historias de la iglesia de Tornavacas
Los niños de Tornavacas agradecían los momentos de humor en la iglesia, donde el sopor y el silencio habituales se rompían por las risas espontáneas ante lo inesperado

Interior de la iglesia de Tornavacas. / Cedida a El Periódico
Pilar Lucas Hernández
La iglesia de mi pueblo, Tornavacas, una obra arquitectónica de singular belleza, fue durante nuestra infancia un lugar de culto, donde se celebraban distintos actos de gran solemnidad. Misas, novenarios, mes de las flores, catequesis, ensayos de los coros, confesiones...
Con todo, en más de una ocasión los feligreses estallaron en risotadas por algunos sucesos simpáticos, salvo los que protagonizaron las escenas, que vivieron escenas ridículas.
Durante años los parroquianos se rieron a costa de un borrachín del lugar que se quedó dormido durante la homilía y, de improvisto, profiere a gritos, que oye toda la parroquia: "¡Y nosotros los paganos!"
La seriedad que presidía la escucha atenta del sermón se vio truncada por una cascada de risotadas de los fieles.
Como el significado de los sueños a veces es enigmático, nunca se supo qué quería sugerir la voz "pagano" de ese exabrupto.
En otra ocasión, una devota siguió cantando, garganteando, una de esas canciones religiosas, cuando ya los demás habían acabado de cantar.
Ello provocó la ira del párroco, caracterizado por su carácter colérico: ¡Cállate ya , Catalina! - gritó enfurecido.
De nuevo la parroquia rompió a reír sonoramente.
Otro día, un niño se orinó arrodillado en el confesonario. Un enigma sin resolver: nunca supimos si se meó por necesidad imperiosa o por el miedo que a todos nos causaba el cura, todo un carácter, o por la penitencia.
Lo que recuerdo con nitidez fue la gracia que nos hizo ver el reguero del pis a los niños que esperábamos turno de confesión, todos seriecitos hasta que divisamos el regato.
Igualmente, fue motivo de risas el desacertado toque de campanas que ejecutamos mi amiga Maripaz y yo, a falta ese día de los monaguillos que se solían ocupar.
Nos mandó el cura subir al campanario a tocar a misa. Hicimos lo que pudimos con tal tino que el soniquete debió de sonar como aviso de incendios, pues minutos más tarde a la plaza de la iglesia concurrieron paisanos con cubos para sofocar el fuego.
Ante la bronca del cura todos rieron menos nosotras dos.
Como todos rieron cuando una pobre chica quedó, como pollo sin cabeza, arrodillada y presa por el velo negro prendido de una púa. Los jóvenes más cercanos a ella solo acudieron al socorro tras reírse con ganas de lo cómico de la situación.
Resulta altamente hilarante el contraste entre lo solemne y lo humorístico que brota como al asalto de forma inesperada.
Los niños, puro movimiento, agradecíamos esos instantes que nos regalaban poder prorrumpir en risotadas en un espacio en que normalmente nos atrapaba el sopor de la inmovilidad y el silencio.
Pilar es profesora jubilada de lengua castellana y literatura.
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