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Jugando a hacer comiditas

La imaginación como refugio: una reflexión sobre la inocencia infantil y la dureza del mundo

El encuentro con dos niñas jugando a preparar una pizza desencadena una reflexión sobre la capacidad de soñar, que a veces debe ceder ante la necesidad de la cordura

Imagen representativa de una persona soñando.

Imagen representativa de una persona soñando. / Cedida a El Periódico Extremadura

Pilar Lucas Hernández 

Tornavacas

Paseaba por la ciudad el viernes por la tarde. Hacía calor y me senté un rato a descansar en uno de los bancos que hay delante del hospital

Cerca de mí dos niñitas de dos años y pico (calculo) dialogaban mientras jugaban a hacer comiditas. Me encantan los pequeños y quedé hechizada por la escena. 

Una de ellas, más rechonchita, chupaba las piedrecitas, base de su preparado culinario. 

- No chupes las piedritas. Pueden estar sucias - le advertí con dulzura.

- Noooo. No son piedras. Es pizza - me contestó muy segura de lo que decía.

- Sí, es pizza - la apoyó su amiguita de juegos, más menudita.

Era una parejita chistosísima y encantadora. Daban ganas de grabar la simpática escena. 

No quise destrozarles por entero la fabulación del juego pero persistí con vena profesoral.

- Ya sé. Estáis jugando a hacer comiditas, pizza. Pero las piedras pueden estar sucias y hacerte pupa si las chupas de verdad. Haz como que las chupas pero sin meterlas en la boca. De mentirijjas. 

No se convencía. Le atrapaba más el sueño de una sabrosa pizza que la menos atractiva realidad de las chinitas. 

- Si enfermas, luego la enfermera te tendrá que poner una inyección.

- Nooooo. Yo no quiero "pinchaso" - dijo con expresión de alarma. 

- Las enfermeras pinchan con cuidado - le dije yo para calmarla. 

La amiguita apoyó mis argumentos:  "Claro, se pone una malita de la barriguita"

La terca soñadora de pizza se deshizo de las piedrecitas con resolución ante el miedo a la jeringuilla. 

Mas, no dispuesta a renunciar por completo a la ensoñación de familia que cocina, afirmó tajante ante la muñeca que compartían: "Yo soy el abuelo y ella el padre"

- Estupendo - le contesté yo por no matar totalmente la inclinación a la fantasía .

Algo retirados de la escena estaban los padres, que las llamaron como con recelos de mí, una desconocida.

Me alejé continuando mi paseo y me asaltó una reflexión sobre la imaginación como válvula de escape a la realidad de la guerra en la película 'La vida es bella'.

Y recordé las palabras de Max Estrella, el poeta bohemio fracasado, ciego y errante, sin rumbo, que interpela con ánimo de ofensa a la autoridad que, curdas, los detiene por escándalo público: "Porque tú, gusano burocrático, no sabes ni soñar"

Soñar distrae a las niñas. Soñar hace más llevadera la realidad y restaña las heridas. Se agradecen los sueños, que si persisten enferman. Y es ahí, en ese punto, donde te das cuenta del bien que nos hace la gente que nos quiere bien y tira de nuestra cabeza hacia los pies que posan en el suelo, hacia tierra firme, con el regalo de una pizza de verdad. 

"Puede pensarse, puede hacerse", dice un idealista de una obra de Buero. De no ser así, por coherencia, se deben matar los sueños sin realidad. Por coherencia y salud. 

El miedo a la enfermedad y a la inyección mató el candor de la pequeña, salvando el sueño de la realidad firme. 

Pues hay sueños tan frágiles como pompas de jabón. El sueño de la razón produce monstruos. Y el de la fantasía, aún mayores. Aunque a mí nunca me faltó la piedad por los soñadores, esos desvalidos desertores de la realidad hacia el sueño, adonde la dureza de las guerras nos exilia. 

Pilar Lucas Hernández es profesora jubilada.

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