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Terapia y convivencia

Diecinueve años creando un espacio seguro: así son los campamentos cacereños que ayudan a niños con TDAH, autismo y problemas emocionales

Las actividades cotidianas, como hacer la cama o las olimpiadas deportivas, se transforman en herramientas terapéuticas para el desarrollo integral

Imagen de uno de los campamentos.

Imagen de uno de los campamentos. / CAIA

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Cáceres

Durante una semana, decenas de niños y adolescentes cambian las aulas, las terapias y muchas veces también los miedos por juegos, piscina, rutas, teatro y convivencia. Pero detrás de cada actividad hay mucho más que ocio. Hay psicólogos, monitores especializados y un objetivo claro: ayudarles a desarrollar habilidades sociales, controlar impulsos, ganar autonomía y aprender a relacionarse con los demás.

Ese es el trabajo que lleva realizando desde hace casi dos décadas la asociación Jóvenes Titanes y el Centro de Atención a la Infancia y a la Adolescencia (CAIA), presididos y dirigidos por el psicólogo Javier García Márquez, impulsor de unos campamentos terapéuticos pioneros en España para menores con TDAH, trastorno del espectro autista de grado 1 —antiguo Asperger—, problemas de conducta o dificultades emocionales.

“Llevamos 19 años haciendo los campamentos”, explica García. “Fuimos los terceros en España en poner en marcha este tipo de iniciativas. Primero había uno en Barcelona y otro en Madrid, y después comenzamos nosotros en Cáceres”.

Mucho más que ocio

Aunque desde fuera puedan parecer unos campamentos de verano convencionales, la filosofía del proyecto es completamente distinta. Cada dinámica, cada actividad y cada juego están diseñados para trabajar aspectos concretos del desarrollo personal y emocional de los campistas.

“Lo que hacemos es seguir trabajando con ellos todas las dificultades que tienen en su día a día: habilidades sociales, control de impulsos, atención, concentración o funciones ejecutivas”, explica el psicólogo. “Todo se hace mediante el juego, mientras se divierten, sin que sean conscientes de que realmente están trabajando”.

El programa se divide en dos formatos diferentes según la edad. El primero está dirigido a menores de entre 6 y 16 años y se celebrará este verano del 21 al 27 de junio en el campamento El Paraíso, en Pasarón de la Vera.

Cartel del campamento de menores en junio.

Cartel del campamento de menores en junio. / CAIA

El segundo, pensado para adolescentes, se desarrollará del 20 al 26 de julio en una casa rural situada en Fresnedoso de Ibor. Se trata del denominado “reto”, una experiencia más reducida —solo diez participantes— en la que se trabaja especialmente la autonomía, la ansiedad, la seguridad personal o la independencia.

Del Camino de Santiago al Teide

La idea de los “retos” nació después de años trabajando con adolescentes que necesitaban algo más que un campamento tradicional. “Nos dimos cuenta de que podíamos sacarles de un entorno cerrado y enfrentarles a experiencias reales”, recuerda. “Hemos hecho el Camino de Santiago, la vuelta a Menorca en kayak, hemos subido al Teide, estado en los Pirineos o en los Picos de Europa”.

La intención era exponerles a situaciones nuevas, alejadas de su zona de confort, para demostrarles que podían afrontar dificultades y alcanzar objetivos. “Queremos que vean que, con ayuda, pueden conseguir metas que al principio parecen imposibles”, señala.

Tras la pandemia, el formato evolucionó hacia experiencias más centradas en la gestión emocional y la ansiedad. “Ahora trabajamos mucho la independencia, el miedo o la autonomía. Son chicos mayores que muchas veces no hacen determinadas cosas por inseguridad o por dificultades madurativas”.

Aprender jugando

Uno de los aspectos más llamativos del proyecto es cómo convierten actividades aparentemente normales en auténticas herramientas terapéuticas: desde hacer la cama hasta una competición deportiva, todo tiene un componente educativo y emocional.

“Después de desayunar tienen que organizar su habitación, hacer su cama, lavarse los dientes… Parece una tontería, pero para muchos niños supone una gran dificultad en su día a día”, explica.

Las tradicionales olimpiadas deportivas también esconden un trabajo mucho más profundo. “No se trata solo de hacer deporte. Trabajamos la impulsividad, el respeto a los turnos, aceptar perder o controlar los enfados”.

Por su parte, los talleres teatrales sirven para combatir la vergüenza y reforzar la autoestima. “Muchos tienen miedo a hablar en público o a exponer trabajos en clase. Con el teatro trabajamos la seguridad, la postura corporal o la confianza”.

Incluso el tiempo libre está supervisado y orientado al aprendizaje social. “Son niños a los que muchas veces hay que enseñarles a jugar en grupo”, afirma. “Cuando algo no sale como ellos quieren, se enfadan o se aíslan. Poco a poco aprenden a convivir, a buscarse entre ellos y a disfrutar juntos”.

Otra de las claves del éxito del programa es la atención personalizada. Mientras en un campamento convencional suele haber un monitor por cada diez menores, aquí la proporción se reduce drásticamente.

“Nosotros trabajamos con un monitor por cada tres niños”, destaca. “Además, siempre vamos mínimo dos psicólogos especializados”. El objetivo es garantizar una intervención continua y evitar que cualquier situación pueda desbordarse. “Tenemos todo muy controlado para que no se nos escape nada”, resume.

El aumento de diagnósticos

En los últimos años, la percepción social es que cada vez existen más casos de TDAH o trastornos similares. Sin embargo, el psicólogo considera que no se trata tanto de un incremento real como de una mayor capacidad para detectarlos.

“No es que haya más casos. Lo que ocurre es que ahora padres y docentes conocen mejor los síntomas y buscan ayuda antes”, explica.

El especialista insiste en que un diagnóstico serio requiere tiempo y evaluación profesional. “No vale con entrar en consulta y salir a los cinco minutos con una etiqueta. Hay que realizar pruebas específicas y estudiar cada caso”.

Uno de los aspectos más delicados que aborda el psicólogo es la relación entre estos trastornos y el acoso escolar. “Hay mucha correlación”, asegura. “Muchos niños con TDAH o TEA son víctimas de burlas porque se despistan, suspenden o son diferentes al resto”.

Pero también existe la situación inversa: menores impulsivos que pueden generar conflictos sin intención real de hacer daño. “Muchas veces son acusados de ser agresivos simplemente porque no saben controlar determinados impulsos”, explica. Además, las dificultades sociales suelen provocar aislamiento. “Les cuesta mantener amistades o entender ciertas dinámicas sociales y eso hace que muchas veces estén más solos”.

Lo que comenzó siendo un campamento específico para niños con TDAH ha terminado convirtiéndose en un espacio terapéutico integral para menores con diferentes dificultades emocionales, sociales y conductuales. Y todo ello desde Extremadura. “Al final lo importante es que ellos descubran que pueden hacer cosas, que pueden tener amigos, convivir y disfrutar”, concluye. “Y que las dificultades no tienen por qué definirles”.

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