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Alojamiento con encanto

El albergue de Oliva de Plasencia que reúne hasta nueve nacionalidades en la Vía de la Plata

El San Blas, gestionado por la toledana Paloma García, ocupa una antigua vivienda reformada por la Junta y se ha convertido en parada de peregrinos, deportistas y grupos que buscan calma junto a Cáparra

Vídeo | Habla Paloma García, gerente del albergue de Oliva de Plasencia

Toni Gudiel

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Raquel Rodríguez Muñoz

Raquel Rodríguez Muñoz

Oliva de Plasencia

Hay noches en Oliva de Plasencia en las que una misma mesa reúne hasta ocho o nueve nacionalidades. La cena puede empezar en italiano, seguir en inglés y terminar con acentos de Holanda, Alemania, Francia, Bélgica, Corea del Sur o cualquier otro punto del mapa.

No hace falta mucho más que una cocina compartida, una mesa libre y el cansancio de quienes llegan después de caminar por la Vía de la Plata. En ese cruce de idiomas, mochilas y rutas, el albergue San Blas se ha convertido en un pequeño punto de encuentro internacional en la provincia de Cáceres.

Una parada que acorta el camino

La Vía de la Plata marca buena parte del pulso del albergue. Muchos peregrinos se desvían hasta Oliva de Plasencia para evitar una etapa demasiado larga entre Carcaboso y Aldeanueva del Camino. "Hacen una especie de V, se desvían aquí para cortarla, vienen a Oliva y luego desde aquí van a Cáparra", explica Paloma García Ochoa, toledana que gestiona el alojamiento, propiedad de la Junta de Extremadura.

Ese pequeño rodeo ha dado al municipio una vida que no siempre se ve desde fuera. El albergue funciona como descanso intermedio para quienes caminan hacia Santiago, pero también como base para quienes llegan atraídos por el entorno, por la cercanía de Plasencia, por la Vía Verde o por las actividades deportivas vinculadas al Anillo y al parapente en la zona del Pitolero.

Paloma conoce bien ese tránsito. Antes de hacerse cargo del San Blas, gestionó durante varios años el albergue Santa Ana de Plasencia. Ahora, lleva cinco años al frente del de Oliva y acaba de iniciar una prórroga que la mantendrá vinculada al proyecto. "Estoy enamorada. El quedarme con esto, que yo pensé que era una locura en plena pandemia, ha sido una alegría", reconoce.

Una casa antigua con memoria

El edificio no nació como albergue. Fue una vivienda particular que, según le han contado a Paloma, perteneció al conocido como tío Blas. La coincidencia tiene algo de guiño involuntario: cuando ella llegó, eligió el nombre de San Blas porque es el Santo del pueblo, sin saber que el antiguo dueño se llamaba precisamente así.

La casa fue vendida a la Junta hace décadas por los sobrinos del propietario y, después, adaptada como alojamiento. Aun así, conserva parte de su identidad original. "Esto era una casa normal. Había tinajas de aceite, aquí estaba la cocina y esta parte de piedra se mantiene igual", relata la gestora mientras señala algunos de los espacios que sobrevivieron a la reforma.

La escalera, la piedra y la distribución recuerdan todavía a aquella vivienda de varias plantas en la que hubo dormitorios y granero. Hoy, el albergue cuenta con 15 plazas, repartidas en cuatro habitaciones. Hay una de dos camas, dos de cuatro y una superior de cinco, todas con baño privado, un detalle especialmente valorado por los viajeros de más edad.

Hasta nueve nacionalidades bajo el mismo techo

Lo que más distingue al San Blas no es solo su ubicación, sino lo que ocurre cuando los huéspedes coinciden. Paloma ha llegado a contar en una misma convivencia "ocho o nueve nacionalidades", con peregrinos italianos, holandeses, belgas, franceses, alemanes o asiáticos, entre ellos muchos coreanos del sur.

"Hay muy buena armonía entre ellos y de forma espontánea, si hay italianos, casi siempre son ellos los que cocinan y hacen algo comunitario", cuenta la responsable del albergue. El resultado es una convivencia natural que convierte una parada de una noche en una pequeña sobremesa internacional.

El idioma tampoco suele ser una barrera. Muchos viajeros hablan español y, cuando no, aparece el inglés como territorio común. A veces, la dueña se queda sorprendida al escuchar cómo algunos cambian de una lengua a otra con naturalidad. "Están hablando con uno en inglés, luego cambian al francés y luego se ponen con otro en alemán. Yo alucino", dice.

La cocina como idioma común

Los italianos suelen tomar la iniciativa con la pasta. Los holandeses participan, los franceses se suman, los alemanes conversan y los asiáticos observan al principio con más discreción. No siempre ocurre, porque cada grupo trae su ritmo y su cansancio, pero cuando se da, la cocina se convierte en el verdadero salón del albergue, destaca.

"Les gusta compartir lo que es la cocina, la charla", resume Paloma. Algunos prefieren cenar fuera o que se lo den hecho, pero muchos peregrinos agradecen poder comprar, cocinar y sentarse con otros viajeros. En ese gesto sencillo aparece una de las claves del San Blas: la hospitalidad.

Peregrinos, bicicletas y otros viajeros

La mayoría de usuarios llega por el Camino de Santiago, aunque no son los únicos. El albergue recibe también deportistas cuando hay competiciones en la zona, grupos de yoga, colectivos de mujeres que organizan caminatas, familias vinculadas al pueblo que regresan desde Madrid u otros puntos, y viajeros que cruzan Extremadura de norte a sur en verano.

Cada grupo busca algo distinto. Los peregrinos agradecen el descanso y la cocina. Los ciclistas valoran la posibilidad de guardar las bicicletas, una mejora que Paloma ha incorporado. Los grupos encuentran en el albergue un espacio pequeño, fácil de compartir y alejado del ruido. "Les atrae que pueden estar juntas o juntos", explica.

La cercanía de la Vía Verde suma otro atractivo. Desde Oliva se puede enlazar con rutas hacia Hervás y Béjar, un itinerario que Paloma defiende con entusiasmo porque aún no está masificado. "Está preciosa. Es una gozada ir por la Vía Verde", asegura.

Siete kilómetros hasta Cáparra

A su vez, el tramo entre Oliva de Plasencia y Cáparra es uno de los recorridos que más recomienda a quienes llegan. Son unos siete kilómetros de camino por una zona de dehesa, con el atractivo añadido de pasar cerca de toros bravos en su hábitat. Para alguien que viene de Toledo, como ella, ese paisaje sigue teniendo algo de descubrimiento.

"El camino desde aquí a Cáparra es una preciosidad. Se pasa por una dehesa muy bonita y, encima, ves los toros bravos", cuenta.

De Toledo a Extremadura

Paloma García Ochoa llegó a Extremadura desde Sonseca, un pueblo de Toledo. Empezó en el sector turístico en 2015, cuando dio de alta una casa rural en su tierra, y después fue enlazando proyectos hasta aterrizar en Plasencia y Oliva. También gestionó una casa rural en Monfragüe, orientada a un público muy distinto al del albergue.

Su relación con Extremadura fue creciendo con el trabajo y con la gente. "Me encantan los extremeños y me parece una tierra maravillosa. Me acogieron divinamente", afirma. Esa acogida explica que, cuando terminó su etapa en el Santa Ana de Plasencia y apareció la oportunidad de Oliva, decidiera quedarse.

No parecía el momento más lógico. La licitación llegó en plena pandemia, cuando nadie sabía cómo iba a responder el turismo, y menos aún un alojamiento compartido. "Yo pensaba que estaba loca. Decía: ¿quién se va a meter después de una pandemia en un albergue?", señala. Cinco años después, aquella decisión se ha convertido en una forma de vida.

Un albergue pequeño que mira lejos

Paloma explica que la primavera, especialmente abril y mayo, es la época de más movimiento para los peregrinos. El verano trae otro tipo de viajero, a menudo gente vinculada al pueblo o personas que hacen parada en ruta. El resultado es un calendario cambiante, con pequeños nichos que sostienen el alojamiento sin romper su carácter.

"En general se van muy contentos", resume. Quizá esa sea la clave de este albergue enclavado en la Vía de la Plata, que ofrece cama, conversación, cocina, camino y una parte de Extremadura. En Oliva de Plasencia, a veces, eso basta para que una noche cualquiera acabe pareciendo una reunión de medio mundo.

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