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Historia

Palazuelo-Empalme: el pueblo ferroviario que nació entre raíles y hoy resiste junto a Monfragüe

Este enclave extremeño, declarado Bien de Interés Cultural, ha visto reducida su población de medio centenar a poco más de treinta vecinos tras el declive del ferrocarril convencional

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Pablo Parra

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Cáceres

Hubo un tiempo en el que los trenes marcaron el ritmo de vida en un pequeño enclave del norte de la provincia de Cáceres. Las llegadas y salidas de convoyes, el sonido metálico de las vías y el trasiego constante de ferroviarios convirtieron a Palazuelo-Empalme en uno de los núcleos más singulares del mapa extremeño. Hoy, décadas después de su época de esplendor, el conocido también como poblado ferroviario de Monfragüe sobrevive silenciosamente junto a la estación, resistiendo al paso del tiempo y al declive del ferrocarril convencional.

Situado en el término municipal de Malpartida de Plasencia, junto a la actual estación de estación de Monfragüe, este pequeño poblado nació a finales del siglo XIX ligado por completo al desarrollo ferroviario del oeste peninsular. Allí se cruzaban dos líneas fundamentales para las comunicaciones de la época: la conexión entre Madrid y la frontera portuguesa y el histórico ferrocarril de la Vía de la Plata, que enlazaba Plasencia con Astorga.

Un tren pasa por la estación de Monfragüe.

Un tren pasa por la estación de Monfragüe. / Mario Elías

La llegada del tren transformó para siempre aquel paraje de encinas conocido antiguamente como 'Parazuelo', citado ya en el Diccionario de Madoz de 1848. Primero llegó, en 1881, la línea que conectaba Malpartida de Plasencia con Arroyo y que formaba parte del trayecto Madrid-Lisboa. Quince años después, en 1896, se completó la conexión ferroviaria de la Ruta de la Plata. El cruce de ambas líneas convirtió el entorno de la estación en un enclave estratégico.

Un pueblo levantado alrededor del ferrocarril

El crecimiento fue rápido. A lo largo de la primera mitad del siglo XX comenzaron a levantarse viviendas, edificios ferroviarios y servicios asociados al tránsito de viajeros y mercancías. El poblado creció al mismo ritmo que el ferrocarril y llegó a convertirse en una pequeña comunidad completamente dependiente de la actividad ferroviaria.

Durante décadas, Palazuelo-Empalme fue mucho más que una estación. Fue lugar de residencia de ferroviarios y familias enteras que encontraron allí trabajo y estabilidad. El movimiento constante de trenes convirtió el enclave en un pequeño motor económico en mitad del entorno natural de Monfragüe.

Sin embargo, el futuro del poblado comenzó a cambiar radicalmente a partir de 1985. El cierre del tramo de la Vía de la Plata que atravesaba esta zona supuso el primer gran golpe para la localidad. A ello se sumaron los avances tecnológicos en el sistema ferroviario, que redujeron drásticamente la necesidad de personal en estaciones y servicios auxiliares.

Pocos años después, la apertura de una conexión directa entre Plasencia y Cáceres sin necesidad de pasar por Monfragüe terminó de acelerar el declive demográfico del enclave.

Del esplendor ferroviario a la despoblación

Lo que durante décadas fue un núcleo activo comenzó a vaciarse lentamente. La pérdida de empleo y de actividad económica provocó una progresiva marcha de vecinos que redujo considerablemente la población del poblado ferroviario.

Los datos reflejan ese descenso. Si a comienzos de los años 2000 el núcleo rondaba el medio centenar de habitantes, actualmente apenas supera la treintena de vecinos censados. Aun así, algunas familias continúan resistiendo en este singular enclave ferroviario rodeado de naturaleza.

Pese al declive, la estación de Monfragüe continúa operativa. Por sus vías siguen circulando trenes de media distancia que conectan la zona con Madrid y otras ciudades como Mérida, Badajoz, Sevilla o Plasencia, manteniendo vivo, aunque de forma mucho más modesta, el vínculo histórico del poblado con el ferrocarril.

En reconocimiento a su valor histórico y patrimonial, Palazuelo-Empalme fue declarado Bien de Interés Cultural con categoría de Conjunto Histórico en 2004.

La otra cara del ferrocarril extremeño

La historia de Palazuelo-Empalme no es un caso aislado en Extremadura. El declive ferroviario de las últimas décadas dejó tras de sí otros núcleos similares nacidos al calor del tren y hoy prácticamente olvidados.

Uno de los ejemplos más representativos es la Estación Arroyo-Malpartida, situada cerca de la capital cacereña. Este poblado ferroviario, construido también en torno a la línea hacia Portugal, llegó a superar los mil habitantes en la década de 1960. Hoy apenas quedan unas decenas de vecinos.

Ambos enclaves simbolizan una realidad que marcó durante décadas a buena parte de la región: estaciones que fueron auténticos pueblos y que terminaron convertidas en lugares casi fantasma por la reducción del tráfico ferroviario, los cambios tecnológicos y la pérdida de empleo.

Aun así, entre edificios envejecidos, antiguas viviendas ferroviarias y raíles que todavía siguen activos, Palazuelo-Empalme conserva parte de la memoria de aquella Extremadura que creció alrededor del tren. Una memoria silenciosa que aún resiste junto a las vías de Monfragüe.

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