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Patrimonio vivo

Conoce el pueblo de Cáceres donde cada tarde suena una tradición del siglo XVIII

Este ritual ancestral del Valle del Jerte, nacido de la religiosidad popular, ha evolucionado hasta convertirse en un símbolo de identidad colectiva

Toque de la Esquila.

Toque de la Esquila. / Navia

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Sofía Pérez Ramiro

Sofía Pérez Ramiro

Tornavacas

Cada tarde, cuando el sol comienza a caer sobre las montañas del Valle del Jerte, un sonido antiguo vuelve a recorrer las calles empedradas de Tornavacas. No importa si hace frío, llueve o sopla el viento desde el puerto de montaña. La Calle Real vuelve a llenarse del característico eco metálico del Toque de la Esquila, una tradición centenaria que continúa repitiéndose los 365 días del año y que se ha convertido en uno de los rituales más singulares del norte extremeño.

Lo que hoy muchos visitantes observan como una costumbre llamativa o un símbolo cultural, nació siglos atrás como un acto profundamente ligado a la religiosidad popular y al recuerdo permanente de los difuntos.

Una tradición nacida en el siglo XVIII

El origen del Toque de la Esquila se remonta al siglo XVIII y aparece vinculado directamente a la antigua Cofradía de Ánimas de Tornavacas.

Durante aquella época, numerosas localidades españolas mantenían prácticas religiosas relacionadas con las almas del purgatorio y la oración por los fallecidos. En Tornavacas, esa devoción terminó cristalizando en una costumbre que ha logrado sobrevivir al paso del tiempo casi sin interrupciones.

La esquila, una pequeña campana de sonido agudo utilizada tradicionalmente también en el ganado, comenzó a sonar cada tarde mientras los vecinos recorrían parte del pueblo rezando por las ánimas.

A diferencia de otros toques religiosos ligados únicamente a celebraciones concretas, esta práctica se mantuvo diariamente como una muestra constante de recuerdo y acompañamiento espiritual.

Para qué servía antiguamente

En sus orígenes, el Toque de la Esquila cumplía varias funciones dentro de la vida cotidiana del municipio.

Por un lado, tenía un marcado sentido religioso. El sonido servía como llamada colectiva a la oración y recordaba a los vecinos la necesidad de rezar por las almas del purgatorio, una creencia muy arraigada en la tradición católica popular durante siglos.

Además, el toque actuaba también como una especie de aviso comunitario al final de la jornada. En una época donde apenas existían relojes domésticos, muchos pueblos utilizaban campanas y sonidos tradicionales para marcar momentos importantes del día.

El sonido de la esquila anunciaba simbólicamente el recogimiento de la tarde y el cierre de las tareas cotidianas, especialmente en un municipio históricamente ligado a la ganadería, la agricultura de montaña y el tránsito por el puerto de Tornavacas.

La tradición estaba además acompañada de rezos específicos y de pequeñas fórmulas orales transmitidas entre generaciones.

Las mujeres que mantienen viva la devoción

Uno de los aspectos más singulares de esta tradición es que actualmente son principalmente mujeres del municipio quienes continúan manteniéndola viva.

Muchas de ellas participan movidas por promesas personales, fe religiosa o por el deseo de conservar una costumbre heredada de madres y abuelas.

Cada tarde recorren parte de la Calle Real haciendo sonar la esquila mientras mantienen las oraciones tradicionales ligadas a las ánimas.

La imagen se ha convertido ya en parte inseparable del paisaje cotidiano de Tornavacas y constituye uno de los elementos culturales más reconocibles del municipio.

Cómo ha evolucionado hasta hoy

Con el paso del tiempo, el Toque de la Esquila ha evolucionado desde una práctica exclusivamente religiosa hacia un símbolo de identidad colectiva y patrimonio cultural inmaterial.

La despoblación rural, los cambios sociales y la pérdida progresiva de muchas tradiciones populares hicieron desaparecer rituales similares en otros municipios españoles.

Sin embargo, en Tornavacas la costumbre logró mantenerse gracias a la transmisión oral y al compromiso vecinal.

Hoy, además de conservar su componente espiritual, el toque se entiende también como un vínculo directo con la memoria histórica y cultural del pueblo.

La tradición despierta además cada vez más interés entre visitantes, investigadores y amantes de las costumbres populares extremeñas, especialmente por tratarse de un ritual que continúa realizándose de manera diaria y sin interrupciones.

Patrimonio vivo del Valle del Jerte

El Toque de la Esquila forma parte del amplio patrimonio inmaterial que todavía sobrevive en el Valle del Jerte, una comarca donde numerosas tradiciones religiosas y populares continúan profundamente arraigadas.

Fiestas ancestrales, rituales vinculados al calendario agrícola y costumbres transmitidas de generación en generación siguen marcando la identidad cultural de muchos municipios del norte cacereño.

En el caso de Tornavacas, esta práctica ha terminado convirtiéndose en uno de los grandes símbolos del municipio y en un ejemplo de cómo pequeñas tradiciones locales consiguen mantenerse vivas frente al paso del tiempo.

Un sonido que sigue acompañando al pueblo

Cada tarde, mientras el eco metálico de la esquila vuelve a resonar entre balcones, callejones y fachadas serranas, Tornavacas revive una tradición que lleva más de dos siglos formando parte de su historia cotidiana.

Un gesto aparentemente sencillo que ha conseguido sobrevivir generación tras generación y que todavía hoy mantiene viva la conexión entre memoria, fe y comunidad en pleno corazón del Valle del Jerte.

Porque en Tornavacas, cuando cae la tarde, el sonido de la esquila sigue recordando que algunas tradiciones todavía resisten al tiempo.

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