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Oficios con raíz

Rubén Tejerina, albañil de Malpartida de Plasencia: "Si eres bueno, se van a pegar por ti":

Lleva más de 30 años en la construcción, primero ayudando en la empresa de su padre y, después, en la suya propia. Defiende la vigencia de un trabajo duro, cercano y esencial en un pueblo donde destacan los buenos profesionales del ladrillo

Vídeo | Rubén Tejerina, de Malpartida de Plasencia y con una vida dedicada a la albañilería

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Raquel Rodríguez Muñoz

Raquel Rodríguez Muñoz

Malpartida de Plasencia

En Malpartida de Plasencia, la albañilería no es solo un oficio. Para Rubén Tejerina, dueño de Construcciones Tejerina Barrado SL, es una forma de vida aprendida desde joven, ligada a su padre, a los clientes de la zona y a una manera cercana de levantar hogares.

Su trayectoria resume también el cambio de un sector que antes encontraba mano de obra con facilidad y que ahora convive con retrasos, falta de jóvenes, subida de precio de los materiales e incertidumbre en los plazos. Aun así, Tejerina destaca que un albañil "va a tener trabajo siempre".

Empezó en el oficio cuando era adolescente

Rubén Tejerina tiene 50 años y explica que empezó en la construcción siendo prácticamente un adolescente, cuando estudiaba Bachillerato y comenzó a trabajar con su padre, Eugenio Tejerina, y con Rafael Sánchez, su socio y amigo de la infancia, en Construcciones Sánchez Tejerina. Estuvo con ellos unos diez años y, después, decidió "volar solo" y marcharse a Salamanca, donde trabajó en una empresa como encargado y en plena etapa de auge del sector.

Lo que ocurrió es que el socio de su padre enfermó y Rubén volvió a Malpartida, en 2006, el mismo año en que se casó y montó un proyecto familiar junto a su padre.

Rubén Tejerina, junto a su padre, Eugenio, en Malpartida de Plasencia.

Rubén Tejerina, junto a su padre, Eugenio, en Malpartida de Plasencia. / Toni Gudiel

Aquella empresa, Construcciones Tejerina CB, derivó después en Construcciones Tejerina Barrado SL, de la que hoy es el único responsable tras la jubilación de su padre.

Un oficio que se aprende en la obra

La historia de Rubén tiene mucho de transmisión familiar. Su padre empezó como albañil y terminó creando empresa junto a su amigo. Él entró en ese mundo con 16 o 17 años, primero mientras estudiaba y, después, ya como parte de una trayectoria que le llevó a trabajar fuera antes de regresar a su pueblo.

El padre de Rubén, junto a otros amigos albañiles, en el año 1962.

El padre de Rubén, junto a otros amigos albañiles, en el año 1962. / CEDIDA

Ese regreso tuvo también un componente personal. En Salamanca pasaba mucho tiempo fuera de casa y decidió volver a Malpartida de Plasencia, donde consolidó una empresa que levanta viviendas, realiza reformas y trabaja para particulares. No habla de grandes promociones ni de estructuras impersonales, sino de una cuadrilla pequeña, de cuatro obreros contando con él, y de una relación directa con quien encarga una casa.

En esa escala está una de las claves de su manera de entender la construcción, trabajar con los pies en el suelo, con encargos asumibles y con "un trato cercano". Según explica, muchos clientes acaban convirtiéndose "en amigos", porque levantar una vivienda no es una operación cualquiera, es construir el lugar donde "una familia va a vivir durante décadas, una casa te puede durar 40 o 50 años sin apenas tocarla".

Malpartida, tierra de buenos albañiles

Malpartida de Plasencia tiene fama de contar con buenos albañiles, no en vano, organiza cada año un concurso de albañilería de ámbito nacional. Para Rubén, este reconocimiento se debe a que "nuestros padres y abuelos lo han hecho bien".

Respecto al concurso, señala, que pese a su relevancia y repercusión cuesta que las cuadrillas participen, en su opinión, por los problemas de relevo generacional en el oficio. Hay menos jóvenes en las obras y la mano de obra disponible ya no es la de antes.

"Estoy rezando todos los días para que la gente continúe"

Precisamente, el cambio que más le preocupa es esta falta de relevo. Explica que, antes, cuando había que hacer varias viviendas en Malpartida y necesitaba dos o tres albañiles y algún peón, encontraba personal con rapidez. Ahora, admite, vive pendiente de que quienes están sigan y no se cansen. Dice literalmente que está "rezando todos los días para que la gente continúe, no se aburra".

Rubén no oculta la dureza del trabajo porque en verano "se trabaja al sol y en invierno se pasa frío", pero contrapone esa exigencia con una satisfacción que considera difícil de igualar, "ver una casa terminada y saber que la has hecho tú". Para él, lo más gratificante de la albañilería es entregar una vivienda y mantener después el vínculo con quien la habita. Además, señala que el horario de trabajo es muy asequible porque ha decidido mantener la jornada continuada todo el año, en verano de 7.30 a 15.30 horas y, en invierno, de 8.00 a 16.00, lo que permite a sus trabajadores una mayor "calidad de vida".

Sobre esa escasez de profesionales, destaca que no afecta solo a los albañiles. También habla de electricistas, fontaneros o alicatadores. La construcción de una vivienda funciona "como una cadena" y, cuando falta una pieza, "todo se retrasa". Por eso, explica que "obras que antes podían durar seis o siete meses ahora se van a ocho o nueve".

Plazos más largos y precios inciertos

Por eso, la dificultad para cerrar fechas se ha convertido en una de las grandes preocupaciones del sector. Tejerina explica que un presupuesto puede plantearse en mayo y que la obra no empiece hasta noviembre. En ese margen, nadie puede asegurar si subirá el cemento u otro material, pero el cliente necesita una cifra cerrada.

A esa incertidumbre se suma la dependencia del equipo. Si un obrero causa baja durante un mes, el calendario se resiente. Si otros oficios llegan más tarde de lo previsto, pasa lo mismo. Esto obliga ahora a "planificar con mucha más antelación" y estar más pendiente de cada fase.

En ese contexto, ve con buenos ojos que alumnos de escuelas taller o jóvenes en formación hagan prácticas en empresas. Considera, de hecho, que habría que fomentarlo porque hay oficios que van a seguir teniendo demanda. Entre ellos, coloca al albañil en primer término: "Si una persona se implica y es buena, se van a pegar por él", asegura.

El ladrillo sigue siendo fundamental

Por otro lado, frente a nuevas "modas" como las casas prefabricadas o las mobil-home, Tejerina asegura que la demanda sigue apostando por la construcción tradicional. De hecho, afirma que cada semana le entra una obra y que el 100% son con materiales como el ladrillo, pladur, cubiertas con teja o soluciones similares.

También trabaja en casas rurales, por ejemplo en Gargüera y Casas del Monte, donde los clientes buscan materiales de la zona y una estética rústica. En rehabilitación, ocurre algo parecido, el ladrillo y los sistemas tradicionales siguen teniendo peso en los encargos que recibe en Malpartida, Plasencia, Navalmoral, Serradilla y otros puntos de la provincia.

Explica que le han propuesto trabajar en Madrid, pero no quiere cambiar la posibilidad de volver a casa al terminar la jornada. Tiene hijos y valora esa calidad de vida.

Un legado familiar sin relevo seguro

Hablando de relevo generacional, la empresa es hoy responsabilidad única de Tejerina, pero su continuidad familiar no está clara. Tiene dos hijos, uno de 18 años que va a estudiar una ingeniería y otro de 13 que todavía no ha decidido su camino. Él les anima a estudiar, aunque reconoce que si algún día quisieran seguir con la empresa y con el legado de su abuelo, trabajo no les faltaría.

Además, en su forma de entender el oficio hay también una idea ética. Para ser constructor, dice, "hay que ser honrado". Esa palabra resume una manera de trabajar en la que el trato personal, la confianza y la obra bien hecha pesan tanto como el ladrillo.

Por eso, cuando pasa por Plasencia, Navalmoral, Malpartida o por otros pueblos donde ha trabajado y ve viviendas que levantó con su empresa, siente una "satisfacción especial". Es lo que ocurre cuando algo te gusta y solo espera que los jóvenes también puedan descubrirlo y vuelvan a mirar el oficio con otros ojos.

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