Memoria rural
Así son los pueblos que desaparecieron del mapa de la provincia de Cáceres pero que todavía puedes visitar
La provincia acumula una larga lista de núcleos rurales sumergidos bajo embalses o abandonados por conflictos bélicos y falta de recursos

Sofía Pérez Ramiro

La provincia de Cáceres ocupa una superficie de 19.868 kilómetros cuadrados y cuenta actualmente con 223 municipios repartidos por un amplio territorio donde el mundo rural continúa siendo protagonista. Sin embargo, detrás del mapa actual se esconde una realidad menos conocida: la de los pueblos que desaparecieron con el paso del tiempo.
La despoblación se ha convertido en uno de los grandes desafíos de la España rural. Mientras numerosos municipios luchan cada día por mantener servicios, atraer población y garantizar su futuro, otros no lograron superar los cambios económicos, las guerras, las migraciones o las grandes obras hidráulicas que transformaron el territorio durante el siglo XX.
Algunas localidades quedaron sumergidas bajo embalses. Otras fueron abandonadas tras conflictos bélicos, enfermedades o la falta de recursos. También existen pueblos que, aunque continúan habitados, perdieron su independencia administrativa al integrarse en municipios vecinos.
Pueblos que desaparecieron bajo el agua
Uno de los casos más conocidos es el de Talavera la Vieja, también conocida como Talaverilla. Situada en la comarca del Campo Arañuelo, fue una localidad de origen romano que conservaba importantes restos arqueológicos, entre ellos las columnas del antiguo templo de Augustóbriga.
Su historia cambió para siempre en 1963 con la construcción del embalse de Valdecañas. El pueblo quedó sumergido bajo las aguas del Tajo y sus vecinos fueron realojados principalmente en nuevos núcleos de colonización como Rosalejo, Tiétar, Santa María de las Lomas, Barquilla de Pinares o Pueblonuevo de Miramontes. Muchos otros tuvieron que emigrar a ciudades como Madrid o Barcelona.
Una suerte similar corrió Almansa del Tajo, una antigua alquería también de la zona de Campo Arañuelo que desapareció como consecuencia de los proyectos hidráulicos desarrollados en el río Tajo durante el siglo pasado.
Granadilla, el pueblo que nunca llegó a inundarse
La historia de Granadilla constituye uno de los casos más singulares de España. Fundada en el siglo IX y convertida durante siglos en una importante villa amurallada, fue expropiada y desalojada en los años 50 por considerarse zona inundable tras la construcción del embalse de Gabriel y Galán.
Sin embargo, el agua nunca llegó a cubrir sus calles. A pesar de ello, la población no pudo regresar. Desde 1980 está declarada Conjunto Histórico-Artístico y forma parte del Programa de Recuperación de Pueblos Abandonados impulsado por el Ministerio de Educación.
Muy cerca de Granadilla desapareció también Vadillo, una pequeña localidad afectada por los mismos proyectos hidráulicos vinculados al embalse.
Las guerras también vaciaron pueblos
No todos los despoblados desaparecieron por el agua. Algunos sucumbieron a los efectos de los conflictos bélicos.
Es el caso de Asperilla, en el valle del Jerte, perteneciente actualmente a Casas del Castañar. La localidad fue incendiada en dos ocasiones durante la Guerra de la Independencia por las tropas francesas. Aunque aún conservó algunos habitantes durante décadas, acabó desapareciendo progresivamente.
Una situación parecida vivió el antiguo municipio de Vadillo, en el actual término de Cabezuela del Valle. Devastado por la Guerra de la Independencia en 1808 y afectado además por problemas de paludismo, terminó siendo abandonado definitivamente durante la Primera Guerra Carlista. Hoy forma parte del casco urbano de Cabezuela del Valle y conserva algunos restos históricos, entre ellos vestigios de la iglesia de Nuestra Señora del Vado.
Despoblados medievales y pueblos olvidados
Entre los numerosos núcleos desaparecidos de la provincia también figuran Araya, en Brozas; Valparaíso, en Peraleda de la Mata; Parrera, en Cilleros; o Alija, situada junto a la confluencia de los ríos Tajo y Gualija.
Este último caso resulta especialmente llamativo. Alija fue abandonada en el siglo XVI por decisión del conde de Miranda del Castañar, que impulsó el traslado de sus habitantes hacia zonas más accesibles una vez desaparecida la amenaza musulmana. Sus vecinos se repartieron principalmente entre Talavera la Vieja y Bohonal de Ibor.
Por su parte, Araya llegó a constituirse brevemente como municipio independiente en 1834, aunque pronto quedó integrado en Brozas. Ya a mediados del siglo XIX apenas permanecían allí unos pocos habitantes custodiando la única casa que seguía en pie.
Pueblos que perdieron su independencia
Existe además otro grupo de localidades que no desaparecieron físicamente, pero sí dejaron de existir como municipios independientes.
Uno de los ejemplos más representativos es El Bronco, actualmente alquería de Santa Cruz de Paniagua. A finales del siglo XIX dejó de ser municipio propio pese a contar entonces con más de 200 habitantes.
Algo parecido ocurrió con Arco, también conocido como El Arquillo, situado junto a Cañaveral. La escasez de recursos y el fuerte éxodo rural de los años 60 provocaron su integración definitiva en el municipio vecino en 1963. Aunque nunca llegó a quedar totalmente abandonado, en la actualidad apenas conserva una habitante permanente y varias viviendas utilizadas como segunda residencia.
La lucha contra la despoblación continúa
La historia de estos pueblos refleja algunos de los grandes procesos que han marcado la evolución del territorio cacereño: guerras, emigraciones, proyectos hidráulicos, cambios económicos y transformaciones sociales.
Muchos de aquellos nombres apenas aparecen ya en los mapas. Sin embargo, siguen presentes en la memoria de quienes los habitaron, en las ruinas que aún resisten entre la vegetación o bajo las aguas de los embalses, y en las historias transmitidas de generación en generación.
Porque aunque algunos pueblos desaparecieron físicamente, su legado continúa formando parte de la identidad de la provincia. Cada piedra derruida, cada campanario abandonado y cada calle que ya no existe recuerda que el mapa de la provincia de Cáceres fue alguna vez diferente.
Y que detrás de cada despoblado hubo familias, costumbres y vidas enteras que contribuyeron a construir la historia de un territorio que todavía sigue luchando por mantener vivos sus pueblos.
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