Campamentos de verano
Más móviles y menos autonomía: así han cambiado los niños que llegan a los campamentos de Cáceres
Los campamentos se erigen como espacios clave para el desarrollo de habilidades sociales y la toma de decisiones, más allá del entretenimiento estival. Educadores como Francisco Hurtado y sus compañeras María y Cristina defienden el valor de la desconexión digital y las experiencias reales para fomentar la interacción y la independencia de los jóvenes

P.P.
Hubo un tiempo en el que marcharse diez días de campamento era casi un rito de paso. La mochila se preparaba con nervios, los padres despedían a sus hijos en el autobús y, durante una semana o dos, la comunicación se reducía a alguna llamada puntual o a una postal que llegaba cuando el niño ya había regresado a casa. Hoy el escenario es diferente.
Quienes trabajan cada verano con cientos de niños y adolescentes detectan un cambio profundo en las familias y también en los propios jóvenes. Más miedo a la separación, más necesidad de control, más dependencia de la tecnología y menos experiencias fuera del entorno habitual. Una realidad que, según explican desde el sector del ocio educativo, se ha acentuado especialmente después de la pandemia.
Francisco Hurtado, junto a sus compañeras María y Cristina, lleva años organizando actividades juveniles y campamentos en la provincia con su empresa, Papirola. Desde su experiencia, apuntan que la pandemia marcó un punto de inflexión que todavía se deja notar entre los participantes que llegan cada verano.
"Nos estamos encontrando niños que llegan a determinadas edades sin haber dormido nunca fuera de casa", explica Hurtado. "Hace años era raro encontrar casos así; ahora nos pasa con bastante frecuencia". Una situación que, según los profesionales, refleja los cambios que se han producido en los hábitos familiares y en la forma en que los menores se relacionan con su entorno.
Una generación que ha vivido menos experiencias de autonomía
La explicación no responde a una única causa. Los profesionales apuntan a una combinación de factores en los que se mezclan los cambios sociales, la irrupción de las pantallas y los efectos que dejó la pandemia.
María, que trabaja directamente con grupos de menores durante las actividades estivales, reconoce que los primeros días suelen ser especialmente delicados para algunos participantes. "No es que los niños no quieran venir, es que muchas veces no han tenido experiencias previas de separación", explica. En esos casos, la adaptación puede requerir algo más de tiempo, aunque asegura que la inmensa mayoría termina integrándose con normalidad y disfrutando de la experiencia.

María, Cristina y Francisco. / Pablo Parra
Los responsables de estas actividades coinciden en que la autonomía se aprende practicándola: resolver pequeños problemas cotidianos, convivir con personas diferentes o desenvolverse en un entorno nuevo forman parte de un aprendizaje que resulta difícil adquirir desde casa.
"La autonomía no se aprende leyendo un libro ni viéndolo en una pantalla; se aprende haciendo cosas, equivocándose y resolviendo situaciones cotidianas", sostiene Hurtado.
Por eso defienden el valor educativo de los campamentos más allá de su componente lúdico. Lejos de ser únicamente una alternativa para ocupar el tiempo libre durante las vacaciones, consideran que son espacios donde los menores desarrollan habilidades sociales, aprenden a tomar decisiones por sí mismos y ganan confianza en situaciones nuevas.
"Aquí aprenden a convivir con personas que no conocen, a compartir espacios, a respetar normas y a resolver pequeños conflictos por sí mismos. Son aprendizajes que les sirven para toda la vida", destaca Cristina.
El móvil, el gran cambio de los últimos años
Si hay un elemento que ha transformado la infancia y la adolescencia en la última década, ese es, sin ningún tipo de duda, el teléfono móvil. Un elemento que cada vez tienen de forma más prematura los niños, llegando a los 10 años o incluso menos. Aunque ese es otro debate.
Cristina considera que la hiperconectividad ha cambiado la manera de relacionarse de muchos jóvenes y también las expectativas de las familias. "Antes era normal pasar varios días sin hablar con casa. Ahora muchas veces cuesta asumir esa desconexión", señala.
Precisamente por ello, muchas actividades siguen limitando el uso de dispositivos electrónicos. No se trata únicamente de evitar distracciones, sino de favorecer la convivencia y la interacción directa entre los participantes.
Los organizadores defienden que esos días sin pantallas permiten recuperar hábitos que han ido perdiendo terreno: las conversaciones cara a cara, los juegos compartidos o la capacidad de gestionar conflictos sin recurrir constantemente al teléfono.
"No podemos competir con la tecnología, pero sí ofrecer experiencias que no se pueden vivir a través de una pantalla", resume Hurtado. "Hay niños que están acostumbrados a tener una respuesta inmediata para todo. Cuando llegan aquí descubren que hay otras formas de relacionarse y de divertirse", explica, por su parte, María.
Los profesionales observan además que muchos menores llegan con una necesidad constante de estimulación inmediata. Frente a ello, los campamentos obligan a recuperar tiempos más pausados, a esperar, a colaborar en grupo y a construir relaciones personales fuera del entorno digital.
"Al final, una pantalla nunca va a sustituir una conversación, una excursión o la experiencia de convivir con otras personas durante varios días", añaden.
Cuando el miedo es de los padres
Otro fenómeno que observan con frecuencia es la creciente preocupación de algunas familias ante la idea de que sus hijos pasen unos días fuera de casa. Los profesionales aseguran que, en muchas ocasiones, los nervios son mayores entre los padres que entre los propios niños.
Por eso recomiendan evitar mensajes que transmitan inseguridad antes de la salida. Frases como "si te encuentras mal te vamos a recoger" pueden parecer tranquilizadoras, pero también dificultan que el menor afronte el proceso natural de adaptación.
La experiencia les dice que la mayoría de las dificultades iniciales desaparecen en cuestión de horas o de pocos días. "Los niños suelen sorprendernos mucho más de lo que creemos", comenta Hurtado. "Cuando encuentran su grupo y empiezan las actividades, normalmente se olvidan de esos miedos iniciales".

María, Cristina y Francisco. / Pablo Parra
En ese sentido, los equipos educativos defienden que pequeñas frustraciones, discusiones o momentos de nostalgia forman parte de una experiencia normal y, en muchos casos, ayudan a fortalecer la capacidad de adaptación de los menores.
"Cuando pasan dos o tres días suelen estar perfectamente integrados. Lo vemos todos los años", añade.
Mucho más que ocio de verano
Detrás de un campamento hay una compleja organización que va mucho más allá de los juegos y las excursiones. Equipos de monitores, coordinadores, personal de cocina, responsables sanitarios y especialistas trabajan durante meses para que todo funcione durante unas pocas semanas. "Es como montar una pequeña ciudad para unos pocos días. Tienes que estar pendiente de todo", resume el educador.
La preparación comienza mucho antes de que lleguen los participantes. Hay que diseñar actividades, elaborar protocolos, coordinar equipos, planificar menús adaptados a alergias e intolerancias, gestionar permisos, organizar transportes y prever cualquier incidencia que pueda surgir.
Los profesionales destacan también la importancia de la formación de los monitores. Más allá de la titulación obligatoria, valoran especialmente la experiencia previa en asociaciones juveniles, grupos scouts, voluntariado o actividades educativas, donde se adquieren herramientas para trabajar con niños y adolescentes en situaciones muy diversas.
De todas formas, ser monitor de ocio y tiempo libre requiere de una grandísima vocación. Supone, además, anteponer constantemente a los niños sobre ti. "No comes hasta que ellos no coman, o no te duermes hasta que ellos no se duerman", relatan. Es un trabajo "agotador" que merecerá la pena si es tu pasión. "Al final, si vas porque te ha tocado y así lo demuestras, no vas a ser ese monitor en el que los niños se fijen y quieran ser de mayores".
Además de los campamentos con pernocta, el equipo desarrolla otras propuestas dirigidas a distintas edades y necesidades. Entre ellas figuran actividades de ocio educativo, programas de conciliación familiar, iniciativas de dinamización juvenil e intercambios en los que participan jóvenes procedentes de distintos lugares.
Pero quienes llevan años dedicándose a este ámbito insisten en que el verdadero valor de estas actividades no está en la logística, sino en lo que ocurre durante esos días.
La amistad con personas desconocidas, la primera noche lejos de casa, la responsabilidad compartida o la sensación de independencia forman parte de unos recuerdos que suelen permanecer durante mucho tiempo.
Una experiencia que deja huella
En la provincia de Cáceres, estas actividades movilizan cada verano a cientos de participantes y a decenas de trabajadores. Algunas propuestas se desarrollan en formato urbano, otras incluyen pernocta y convivencia durante varios días, y también existen intercambios juveniles en los que participan jóvenes de distintos lugares. Buena parte de ese trabajo pernocta se desarrolla en municipios de la provincia como Pasarón de la Vera o Valdeobispo, donde cada verano se ponen en marcha actividades que combinan educación, convivencia y tiempo libre.
"El campamento como tal es el de toda la vida: acampada en el campo y convivencia. Los ahora llamados campamentos urbanos no son más que una actividad de conciliación de 5 o 6 horas"
Sin embargo, quienes las organizan creen que el verdadero éxito no se mide por el número de inscritos. Lo ven en los niños que regresan al año siguiente, en las amistades que perduran más allá del verano o en aquellos participantes que, años después, vuelven convertidos en monitores.
"Cuando termina el campamento casi nadie recuerda el móvil que dejó en casa. Lo que recuerdan son los amigos que hicieron y todo lo que vivieron juntos", resume Hurtado.
María lo ve cada año cuando llega el momento de las despedidas. "Hay niños que llegan con miedo el primer día y se van llorando porque no quieren marcharse. Eso sigue pasando año tras año", asegura.
En una sociedad marcada por la inmediatez, las pantallas y la supervisión constante, los profesionales consideran que ofrecer a los niños la oportunidad de desenvolverse por sí mismos continúa siendo una de las experiencias más valiosas que pueden vivir.
Porque, cuando termina el verano, lo que permanece no suele ser el tiempo que pasaron conectados a un dispositivo. Lo que recuerdan son las amistades, las aventuras compartidas, las risas en mitad de una actividad, las conversaciones antes de dormir y esa primera sensación de sentirse un poco más mayores. Y quizá sea precisamente eso lo que explica que, pese a todos los cambios sociales de los últimos años, los campamentos sigan teniendo un lugar reservado en la memoria de quienes alguna vez participaron en uno.
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