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Arte natural

Un duende, seis gnomos y un gato negro: el mundo fantástico que un vecino de Casar de Palomero talló en mitad del bosque

El relato oral que acompaña a las esculturas de madera y la curiosa señalización del recorrido es lo que Luismi, autor de la ruta, considera el principal valor del itinerario

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Sofía Pérez Ramiro

Sofía Pérez Ramiro

Casar de Palomero

Hace muchos años, en un planeta muy lejano, tres jóvenes dedicaban sus tardes a dejarse llevar por sus ideas y sus travesuras. En aquel mundo todo era de color negro por tradición y por norma, pero ellos decidieron saltarse aquella regla y cambiar el color de sus ojos a blanco.

Aquello, interpretado por los mayores como un desafío a la autoridad, acabó con su destierro a distintos planetas sin futuro. Así arranca la historia de Sthanlantdeas, el personaje que según cuenta la leyenda, terminó llegando a un pequeño bosque de los alrededores de Casar de Palomero y dio origen a la Ruta del Duende de La Quintana.

Lo que hoy se ha convertido en uno de los rincones más singulares del entorno no nació de un plan turístico ni de una intervención institucional, sino de la imaginación y del trabajo artesanal de Luis Miguel Martín, vecino del municipio, donde es conocido como Luismi.

La ruta se asienta en un paraje de pinar especialmente verde y muy frecuentado por paseantes y cazadores, una zona que, según explica su autor, "ya era atractiva por sí sola" mucho antes de que aparecieran las figuras talladas.

De un pino roto a un personaje propio

Luismi relata que todo comenzó a partir de unos grandes pinos piñoneros situados en la zona de La Quintana. Uno de ellos se rompió hace años con el viento y quedó reducido a un tocón que fue deteriorándose con el tiempo.

Después cayó un segundo árbol, y fue entonces cuando empezó a tomar forma la idea. Al verlo roto, pensó en aprovechar aquel tronco y, con ayuda de andamios y de una motosierra, se lanzó a tallar lo que acabaría siendo la primera figura del recorrido: el duende que da nombre a la ruta.

Aquel personaje fue bautizado como el Duende de La Quintana, y la reacción del pueblo, según cuenta, fue inmediata. A la gente le llamó la atención porque era algo poco habitual en la zona y porque convertía un paseo bonito en una experiencia distinta. A partir de ahí, decidió inventarle una historia propia y darle un nombre, Sthanlantdeas, para construir alrededor de él todo un pequeño universo narrativo.

Un bosque con gnomos, gatos y personajes inventados

Para reforzar esa historia, Luismi fue añadiendo más elementos. En los árboles colocó seis gnomos pequeños y también un gato negro tallado en madera, al que, según cuenta, el duende le teme más que a nada y es por ello que los gnomos actúan como guardianes para protegerlo.

Para que la ruta no pierda esa aura mágica el mismo Luismi se coloca unas orejas mientras cuenta esa narración como si formara parte de ella. Una puesta en escena que, según asegura, "ayuda a que el paseo sea mucho más ameno".

Con el tiempo, aquella primera talla fue dando paso a otras muchas. El creador de la ruta explica que, a medida que tenía más tiempo libre, empezó a imaginar nuevas figuras y a dotarlas de nombre e historia.

Así surgieron el poblado de los Yoatís, la comuna de los Futipés, los guardianes L y M, o Astillita, a la que llama también "la tronca guapa". Cada personaje tiene su propio relato, contado en directo cuando él guía a los visitantes.

Un guiño a los personajes "de pueblo"

Entre esos añadidos hay también una figura pequeña y con bastante retranca popular: el Criticón. Luismi explica que "en todos los pueblos siempre hay alguien que critica todo", y quiso trasladar también ese rasgo tan reconocible a su bosque imaginario.

Dentro de una de las historias que cuenta durante la visita, incluso matiza que en uno de los poblados no lo llaman el Criticón, sino el Sacapuntas, porque "saca puntas a todos", en una especie de guiño humorístico a esos personajes que nunca faltan en la vida de un pueblo.

Uno de los mundos que más sorprende es precisamente el de los Futipés, a los que presenta como una especie de antiguos cuidadores de los pinares nacidos tras un gran incendio en Las Hurdes. Su historia enlaza el carbono, el número seis y la protección de los árboles, en una mezcla de imaginación, humor y simbolismo que hace que la ruta no se limite a observar esculturas, sino a entrar en un relato continuo.

Una ruta corta, pero distinta

La ruta, explica su creador, es corta y no llega a los dos kilómetros. Suele comenzar por la zona del Calvario y terminar junto al Museo del Olivo, otro de los espacios singulares del municipio. También tiene una señalización poco habitual, ya que no está marcada con flechas ni con colores, sino con mariquitas colocadas en los árboles, cuya orientación indica por dónde debe continuar el recorrido. Ese detalle, uno más entre muchos, refuerza la idea de que "aquí todo está pensado para que el paseo tenga personalidad propia".

Luismi subraya además que la ruta permanece instalada todo el año, ya que las esculturas son grandes y permanecen fijas en el entorno. La mayoría están hechas con troncos secos que él mismo busca, transporta, talla, protege con tinte exterior y coloca después por su cuenta, "sin ayudas ni subvenciones". Solo cobra, explica, cuando la visita está organizada por alguna asociación o entidad y requiere que él dedique tiempo a narrarla para grupos.

El valor de lo contado

Y es en este aspecto donde reside la principal diferencia de esta propuesta. No se trata solo de ver figuras de madera en mitad del bosque, sino de escuchar el universo que su creador ha construido alrededor de ellas.

Él mismo insiste en que lo que hace que la experiencia sea tan especial es precisamente esa historia que acompaña a cada personaje, porque "las tallas, por sí solas, pueden llamar la atención, pero es el relato el que termina fijándolas en la memoria de quien las recorre".

La Ruta del Duende de La Quintana ha ido creciendo así desde una idea casi espontánea hasta convertirse en un atractivo reconocido en el pueblo. Haber nacido de un impulso personal, de la imaginación de un vecino y del deseo de dar una segunda vida a unos troncos caídos es precisamente lo que hace único y especial a este recorrido.

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