Blog del cronista
Descubriendo Albalá (I): patrimonio, geología y la vida rural en Cáceres
El enclave, situado en el centro de la provincia de Cáceres, conserva vestigios de su pasado romano, islámico y medieval, marcado por la Orden de Santiago
Carmen Calderón
Albalá es un municipio de la provincia de Cáceres, en la comunidad autónoma de Extremadura. Pertenece al partido judicial de Cáceres y a la mancomunidad de Montánchez. Situado en el centro de la provincia, pertenece a la comarca de Trujillo y constituye un ejemplo representativo del poblamiento rural extremeño, cuya evolución histórica ha estado estrechamente vinculada al aprovechamiento agrícola y ganadero del territorio. Situado entre la penillanura cacereña y las estribaciones de la sierra de Montánchez, destaca por su patrimonio histórico, su tradición agroganadera y su entorno granítico característico, de ahí el apellido Berrocal.
Desde la Prehistoria a la Alta Antigua. El territorio de Albalá estuvo habitado desde la Prehistoria, como demuestra la presencia de restos arqueológicos en su entorno. La zona conserva evidencias de ocupación humana correspondientes al Calcolítico y a la Edad del Bronce, favorecidas por la disponibilidad de recursos naturales y la proximidad de importantes vías de comunicación del occidente peninsular.
Durante la dominación romana, el territorio quedó integrado en la provincia de Lusitania. Aunque no existen indicios de que Albalá fuera un núcleo urbano de gran entidad, la presencia de villas rurales y explotaciones agrícolas confirma la importancia económica de la región dentro del sistema agrario romano.
Los orígenes de Albalá como tal, se remontan a la época romana, favorecidos por su emplazamiento en las proximidades de la antigua vía que comunicaba Emerita Augusta con Toletum. La importancia de esta ruta de comunicación contribuyó al establecimiento de asentamientos en el territorio, como evidencian diversos yacimientos arqueológicos localizados en parajes conocidos como El Campo, El Carrascal, Dehesas de Abajo y Pozo del Charcón, donde se han identificado restos correspondientes al periodo romano.
Durante la dominación islámica, el enclave adquirió la denominación de Albalá, nombre que deriva del término árabe al-Balāṭ (al-Blat), empleado para designar una calzada, un camino empedrado o un lugar situado junto a una vía de comunicación. Esta etimología pone de manifiesto la estrecha relación del asentamiento con la antigua infraestructura viaria romana, reutilizada durante la época andalusí. Asimismo, diversos estudios consideran probable que fueran las autoridades musulmanas quienes impulsaran la consolidación del núcleo de población, favoreciendo su desarrollo como aldea dentro de la organización territorial de al-Ándalus.
El origen del municipio, -aunque la zona es habitacional desde la Prehistoria-, está vinculado a la antigua Encomienda de Montánchez de la Orden de Santiago tras la Reconquista del siglo XIII. El nombre procede del árabe Al-Blat, relacionado con un camino pavimentado, reflejo de la importancia histórica de las rutas que atravesaban la zona. Entre 1960 y 2001 el municipio llevó oficialmente el nombre de Albalá del Caudillo, recuperando después su denominación tradicional.
Edad Media. El topónimo Albalá procede probablemente del árabe al-balāṭ (البلاط), término que significa “el camino empedrado”, “la calzada” o “el palacio”. Esta denominación aparece en otros lugares de la península ibérica y suele relacionarse con antiguos caminos romanos reutilizados durante la época andalusí.
Durante la dominación musulmana, el territorio formó parte de la Marca Media de al-Ándalus. Su función principal fue agrícola y ganadera, integrada en una red de pequeños asentamientos rurales.
Reconquista
Las primeras referencias históricas documentadas sobre Albalá aparecen en la Crónica de Alfonso VII de León, donde se menciona que, en el año 1142, los almorávides destruyeron la fortificación de Albala antes de abandonar la zona. Este episodio se enmarca en los enfrentamientos entre los reinos cristianos autóctonos y las fuerzas musulmanas invasoras durante el proceso de reconquiest territorial hacia el sur de la Península Ibérica.
Un momento decisivo en la configuración del territorio tuvo lugar en 1229, cuando el rey Alfonso IX de León conquistó el castillo de Montánchez y lo entregó a la Orden de Santiago. A partir de entonces se organizó la jurisdicción de la Encomienda de Montánchez, cuyo territorio se estructuró mediante diversas aldeas establecidas fuera del recinto fortificado. Albalá pasó a integrarse en esta demarcación, compartiendo con otras poblaciones la organización administrativa y económica impulsada por la Orden.
Hacia mediados del siglo XIII, aproximadamente desde 1250, quedaron definidos los límites territoriales de la localidad. El término municipal ocupaba una extensión cercana a los 38 km² y se asentaba sobre una amplia llanura. Sus límites tradicionales se establecieron con Torremocha al norte, Valdefuentes al este, Montánchez al sur y Alcuéscar al oeste.
El núcleo urbano se desarrolló inicialmente en torno a una ermita dedicada a los santos patronos, san Joaquín y santa Ana, alrededor de la cual se configuró una plaza de planta aproximadamente cuadrangular que actuó como centro de la vida comunitaria. Las primeras viviendas fueron construidas con granito extraído de los alrededores y respondían a una arquitectura popular sencilla. Generalmente disponían de una única planta y carecían de chimenea, por lo que el humo del hogar se evacuaba desplazando algunas tejas de la cubierta. Las fachadas presentaban con frecuencia portadas rematadas por arcos de medio punto, de tradición románica. No fue hasta finales del siglo XVIII cuando comenzó a generalizarse la construcción de chimeneas, reflejando una evolución en las técnicas constructivas y en las condiciones de habitabilidad de las viviendas.
A comienzos del siglo XVI, en torno al año 1500, Albalá formaba parte de la antigua provincia de León, división territorial que respondía a la organización administrativa de la Corona en la Baja Edad Media y los inicios de la Edad Moderna, antes de las reformas provinciales del siglo XIX.
Tras la Reconquista del territorio en el siglo XIII por el reino de León, Albalá quedó incorporada al proceso de repoblación desarrollado en Extremadura. De aquí vienen apellidos como “Poblador”.
El municipio pasó a depender de diferentes jurisdicciones señoriales y eclesiásticas; o realengas en término de la Orden de Santiago, suelen ser una especie de señorío mixto, configurándose como una pequeña comunidad agrícola. Durante esta etapa se consolidó la organización del espacio rural mediante dehesas, tierras de labor y pastizales, modelo que perduraría durante siglos.
Albalá quedó integrada en los territorios administrados por la Orden de Santiago, institución que ejercía amplias competencias de carácter político, económico, judicial, laboral y religioso sobre las poblaciones de la comarca. En este contexto, la organización de la vida local estuvo estrechamente vinculada a la estructura administrativa de la Orden y a la Encomienda de Montánchez.
El gobierno municipal se articulaba a través del Concejo, cuyas reuniones se celebraban periódicamente en la ermita de la localidad. Estas sesiones eran presididas por los curas párrocos titulares, quienes, además de desempeñar funciones religiosas, ejercían una notable influencia en la administración y en la adopción de los acuerdos que afectaban a la comunidad.
En Albalá se conservan diversos escudos heráldicos labrados en granito que ornamentan las fachadas de antiguas viviendas pertenecientes a familias hidalgas, constituyendo un valioso testimonio del pasado nobiliario de la localidad. A este patrimonio heráldico se incorporó, tras la constitución legal de la Asociación Cultural y Recreativa San Joaquín, el 15 de enero de 1987, un escudo propio que fue colocado en la fachada principal de su sede social en 1994.
Posteriormente, la Junta de Extremadura otorgó al municipio su escudo heráldico oficial mediante la Orden de 16 de noviembre de 1998, publicada en el Diario Oficial de Extremadura el 5 de diciembre del mismo año. En aquel momento la localidad conservaba la denominación oficial de Albalá del Caudillo. La aprobación del emblema fue el resultado de un prolongado procedimiento administrativo iniciado por el Ayuntamiento, cuyo Pleno adoptó acuerdos favorables en tres sesiones celebradas el 26 de enero y el 29 de noviembre de 1996, así como el 29 de mayo de 1998.
Durante la tramitación, el Consejo Asesor de Honores y Distinciones de la Junta de Extremadura emitió informes favorables con fechas de 17 de febrero y 5 de octubre de 1998, lo que permitió la aprobación definitiva del blasón por parte del Gobierno autonómico. Años más tarde, en agosto de 2006, la corporación municipal acordó reproducir el escudo en piedra de granito e instalarlo en la fachada principal del Ayuntamiento, donde permanece como símbolo institucional del municipio.
Desde el punto de vista heráldico, el escudo se describe así: En campo de sinople, un ala de plata cargada con una cruz de la Orden de Santiago de gules; timbrado con , Corona Real cerrada.
El color sinople (verde) constituye el campo del escudo, sobre el que destaca un ala de plata como figura principal, cargada a su vez con la cruz roja de la Orden de Santiago. El conjunto aparece timbrado con la Corona Real cerrada, elemento que identifica oficialmente a los municipios españoles de realengo.
Edad Moderna
Entre los siglos XVI y XVIII la economía de Albalá estuvo basada en la agricultura cerealista, el cultivo del olivar y la ganadería ovina y porcina. Como ocurrió en buena parte de Extremadura, la sociedad presentaba una fuerte desigualdad en la distribución de la propiedad, coexistiendo grandes fincas con pequeñas explotaciones familiares. La parroquia se convirtió en el principal centro de la vida religiosa y social del municipio, articulando las principales festividades y tradiciones locales.
En 1780 se construyó la casa consistorial, edificio que consolidó la institucionalización del gobierno municipal y proporcionó una sede permanente para el ejercicio de las funciones administrativas del Ayuntamiento.
Una valiosa fuente para conocer la realidad socioeconómica de la localidad a finales del siglo XVIII es el interrogatorio promovido por el gobierno del José Moñino y Redondo, conde de Floridablanca, al que el Ayuntamiento respondió en 1791. Según esta información, la población estaba formada por 970 habitantes, entre los que se contabilizaban 230 labradores, 94 jornaleros y menestrales, 30 viudas, 11 pobres y 5 clérigos.
El documento también describe la existencia de una dehesa denominada “Deshilla”, respetándose el vulgarismo por “Dehesilla”, propiedad del marqués de Castel Moncayo; una ermita; la iglesia parroquial; seis cofradías, cada una con sus respectivos alcaldes, mayordomo, diputados y cofrades; así como un cura párroco titular elegido por oposición. Asimismo, señala que la localidad disponía de un cirujano que ejercía también funciones de matrona, mientras que la asistencia médica dependía del médico de Montánchez. El suministro de medicamentos se realizaba desde la botica de Alcuéscar y el servicio de correos llegaba a través de la estafeta oficial de Montánchez. El municipio contaba además con un pósito municipal con capacidad para almacenar 300 fanegas de cereal, destinado a garantizar el abastecimiento en épocas de escasez, mientras que las enfermedades más frecuentes registradas eran las denominadas “fiebres de estío”.
Desde la tercera década del siglo XIX, como consecuencia del reparto de los terrenos de Zafra y Quebrada, el municipio pasó a disponer de dos dehesas boyales comunales denominadas «La Carretona» y «Encinar», que sumaban una extensión aproximada de 1.420 fanegas de encinar, monte bajo, pastizales y tierras fértiles aptas para el cultivo. Estas propiedades comunales desempeñaron un importante papel en la economía local, al proporcionar recursos para la ganadería y el aprovechamiento agrícola de los vecinos.
En el ámbito eclesiástico, la organización territorial experimentó una importante modificación mediante el decreto promulgado por la Iglesia católica en 1797, que dividió los territorios de la Orden de Santiago en dos prioratos: el de Uclés y el de San Marcos de León, ambos elevados posteriormente a la categoría de obispados. Como consecuencia de esta reorganización, Albalá pasó a depender del Priorato de San Marcos, cuya sede se encontraba inicialmente en el partido de Llerena y que más tarde fue trasladada a Badajoz.
Esta situación se mantuvo hasta la publicación del decreto eclesiástico de 25 de noviembre de 1958, mediante el cual los catorce municipios del arciprestazgo de Montánchez, entre ellos Albalá, quedaron incorporados a la Diócesis de Coria-Cáceres, reorganización que configuró la actual adscripción eclesiástica de la localidad.
Edad Contemporánea
Al comenzar el siglo XIX, Albalá se vio directamente afectada por la Guerra de la Independencia Española. Durante la ocupación napoleónica, la localidad permaneció bajo control del ejército francés desde el 16 de mayo de 1809 hasta el 10 de julio de 1812, fecha en la que fue liberada por las fuerzas aliadas anglo-españolas y portuguesas fieles al rey Fernando VII. Al igual que otras poblaciones de la comarca, Albalá acogió un destacamento militar francés al mando del comandante Bersane, circunstancia que obligó a los vecinos a suministrar víveres y otros recursos a las tropas invasoras. Posteriormente, la localidad participó activamente en la resistencia contra las fuerzas napoleónicas, especialmente durante las operaciones dirigidas contra el general francés Bapon de Joy.
En este contexto bélico tuvo lugar, en 1811, la Batalla de Arroyo de Molinos, en la que las tropas aliadas dirigidas por el general británico Rowland Hill obtuvieron una importante victoria sobre el ejército francés. Años después, en 1815, el Regimiento de Húsares de Burgos pasó por la localidad, reflejo de la reorganización militar posterior al conflicto.
Tras la liberación del municipio, el 12 de julio de 1812, apenas dos días después de la retirada francesa, se celebró en la iglesia parroquial el juramento de la Constitución española de 1812. En este acto participaron los miembros del Ayuntamiento, el clero parroquial y los vecinos varones mayores de edad, simbolizando la incorporación de la localidad al nuevo orden constitucional surgido de las Cortes de Cádiz y el inicio de una nueva etapa política. Con la desaparición del Antiguo Régimen, Albalá quedó constituida como municipio constitucional dentro de la región de Extremadura. A partir de 1834 pasó a integrarse en el partido judicial de Montánchez y, según el censo de 1842, contaba con 450 hogares y 2.465 habitantes, datos que reflejan el crecimiento demográfico experimentado durante la primera mitad del siglo XIX.
Otro acontecimiento significativo fue la inauguración del nuevo cementerio municipal en el verano de 1820, cuya construcción respondía a las disposiciones higiénico-sanitarias impulsadas por las autoridades españolas, que promovían el traslado de los enterramientos fuera del interior de las iglesias y de los núcleos urbanos.
Durante el reinado de Isabel II, la localidad experimentó una etapa de crecimiento económico y demográfico. En 1839, el número de viviendas ascendía a 438, mientras que la agricultura y la ganadería incrementaron notablemente su producción. Los principales cultivos eran el trigo, el centeno y los garbanzos, junto con el viñedo y el olivar, a los que se añadía el aprovechamiento de las bellotas de encinas y alcornoques destinadas a la alimentación del ganado. Paralelamente, la actividad industrial alcanzó un notable desarrollo gracias a la existencia de dieciséis tenerías dedicadas al curtido de pieles, varios talleres de fabricación de paños elaborados con lana cardada por los hombres e hilada por mujeres y niñas, seis tahonas para la producción de pan y un molino aceitero cuya capacidad anual alcanzaba los 1.444,366 reales de vellón. Ese mismo año se llevaron a cabo obras de reforma en la casa consistorial, mejorando las instalaciones del gobierno municipal.
A mediados del siglo XIX, la aplicación de las leyes desamortizadoras transformó profundamente la estructura económica y social del municipio. La venta en subasta pública de bienes pertenecientes a la Iglesia y a las cofradías favoreció la aparición de una nueva élite de propietarios rurales y grandes terratenientes, quienes fueron concentrando una parte importante de las tierras y de los inmuebles. Como consecuencia, esta nueva clase social incrementó progresivamente su influencia sobre la política local y sobre las principales actividades económicas, mientras que el clero fue perdiendo el protagonismo que había ejercido durante el Antiguo Régimen.
Entre los acontecimientos destacados del último tercio del siglo XIX figura el primer registro oficial de la celebración de “Las Tablas”, documentado en 1869, festividad que con el tiempo se convertiría en una de las manifestaciones culturales y religiosas más representativas del municipio.
El proceso de modernización económica continuó con la construcción de una fábrica de harinas en 1890, infraestructura que reforzó la transformación de los productos agrícolas de la zona y contribuyó a dinamizar la economía local.
Finalmente, en 1896 fueron identificados yacimientos de torbernita en el paraje conocido como Cerro de las Perdices, descubrimiento que puso de manifiesto la riqueza mineral del término municipal y despertó el interés por los recursos geológicos existentes en el entorno de Albalá.
Desde la tercera década del siglo XIX, como consecuencia del reparto de los terrenos de Zafra y Quebrada, el municipio pasó a disponer de dos dehesas boyales comunales denominadas “La Carretona” y “Encinar”, que sumaban una extensión aproximada de 1.420 fanegas de encinar, monte bajo, pastizales y tierras fértiles aptas para el cultivo. Estas propiedades comunales desempeñaron un importante papel en la economía local, al proporcionar recursos para la ganadería y el aprovechamiento agrícola de los vecinos.
En el ámbito eclesiástico, la organización territorial experimentó una importante modificación mediante el decreto promulgado por la Iglesia católica en 1797, que dividió los territorios de la Orden de Santiago en dos prioratos: el de Uclés y el de San Marcos de León, ambos elevados posteriormente a la categoría de obispados. Como consecuencia de esta reorganización, Albalá pasó a depender del Priorato de San Marcos, cuya sede se encontraba inicialmente en el partido de Llerena y que más tarde fue trasladada a Badajoz.
Esta situación se mantuvo hasta la publicación del decreto eclesiástico de 25 de noviembre de 1958, mediante el cual los catorce municipios del arciprestazgo de Montánchez, entre ellos Albalá, quedaron incorporados a la Diócesis de Coria-Cáceres, reorganización que configuró la actual adscripción eclesiástica de la localidad.
Durante el siglo XIX, las desamortizaciones modificaron parcialmente la estructura de la propiedad, aunque el modelo agrario tradicional continuó predominando. Durante los primeros años del siglo XX, la vida política de Albalá reflejó la evolución del sistema político nacional. En 1903 quedó constituido el comité local del Partido Liberal Democrático, muestra de la implantación de las principales formaciones políticas de la Restauración en el ámbito municipal.
Un hito relevante para la economía local se produjo el 27 de mayo de 1909, cuando un real decreto autorizó a la comunidad de propietarios ganaderos de Albalá la celebración de un mercado semanal de toda clase de ganados. Este mercado se estableció en el ejido comunal conocido como Camino de las Casas de Don Antonio y favoreció la comercialización de la producción pecuaria, actividad fundamental para la economía del municipio.
La instauración de la dictadura de Miguel Primo de Rivera en 1923 también tuvo su reflejo en la administración local, al igual que ocurrió en el resto del país. Durante este periodo se impulsaron diversas actuaciones en materia de infraestructuras, entre las que destaca la aprobación, en 1929, del proyecto de construcción del camino vecinal que enlazaba la localidad con el kilómetro 36 de la carretera de Trujillo a Cuatro Caminos, mejorando así las comunicaciones con el entorno.
En el ámbito cultural, uno de los acontecimientos más significativos fue la inauguración del Cine España en 1951, espacio que durante más de dos décadas constituyó el principal centro de ocio y de reunión social de los habitantes de Albalá. Su actividad se prolongó hasta 1975, año en que cerró definitivamente sus puertas.
En el siglo XX, tras la Guerra Civil, pasó a denominarse Albalá del Caudillo. Especialmente entre las décadas de 1950 y 1970, Albalá experimentó un intenso proceso migratorio hacia ciudades como Madrid, Barcelona y diversos países europeos. Este fenómeno provocó un importante descenso demográfico y un progresivo envejecimiento de la población.
La riqueza geológica del término municipal comenzó a adquirir relevancia a partir de 1952, con el descubrimiento del primer yacimiento filoniano de uranio. Este hallazgo dio origen a diversas investigaciones mineras y, entre 1960 y 1973, la explotación de estos recursos fue asumida por la Junta de Energía Nuclear. Durante ese periodo se desarrollaron labores extractivas que alcanzaron aproximadamente 185 metros de profundidad, obteniéndose cerca de 200 toneladas de uraninita, mineral del que se extrae el uranio. Esta actividad convirtió a Albalá en uno de los enclaves de interés para la minería del uranio en España durante las décadas centrales del siglo XX.
La vida asociativa del municipio experimentó un importante impulso con la legalización oficial, el 15 de enero de 1987, de la Asociación Cultural y Recreativa San Joaquín, entidad que desde entonces ha desempeñado un destacado papel en la promoción de las actividades culturales, recreativas y festivas de la localidad.
En 1994 se construyó una nueva ermita dedicada a san Joaquín y santa Ana en la dehesa boyal, situada a unos tres kilómetros del núcleo urbano. Este pequeño templo rural reforzó la tradición religiosa vinculada a los patronos del municipio y se convirtió en uno de los principales espacios de celebración de las festividades locales.
Finalmente, en 1998 tuvo lugar la primera edición de la Feria del Caballo de Albalá, iniciativa destinada a poner en valor la tradición ganadera y ecuestre del municipio. Con el paso de los años, este certamen se ha consolidado como una de las principales citas festivas y económicas de la localidad, favoreciendo la promoción del sector equino y del patrimonio cultural vinculado al mundo rural.
En las últimas décadas, el municipio ha mantenido su carácter rural, desarrollando iniciativas orientadas a la modernización agrícola, la mejora de infraestructuras y la conservación del patrimonio histórico y natural.
Geografía
Albalá se sitúa aproximadamente a 35 kilómetros al sureste de la ciudad de Cáceres, en una zona de transición entre las penillanuras cacereñas y las primeras elevaciones de la comarca de Trujillo.
El relieve es suavemente ondulado, con altitudes medias próximas a los 400 metros sobre el nivel del mar.
El clima es mediterráneo continentalizado, caracterizado por veranos muy cálidos y secos; inviernos relativamente suaves; precipitaciones irregulares concentradas en otoño y primavera.
La vegetación dominante corresponde a la dehesa mediterránea, integrada principalmente por encinas, acompañadas de matorral y pastizales utilizados para el aprovechamiento ganadero.
En Albalá todos los arroyos son afluentes del río Salor, que es el límite del término por el este y único río importante de Albalá. El río Ayuela, que también es afluente del Salor es límite por su margen izquierda, naciendo en el término municipal de Albalá.
El término municipal está situado en una llanura a 502 m de altitud sobre el nivel del mar. La cota más alta es “Cabeza Porquera” con 537 m.s.n.m.; y en el distrito se encuentra el batolito de Albalá.
El batolito de Albalá es un afloramiento granítico situado al sur de Cáceres, siendo su superficie de aproximadamente 200 km², de forma elongada en cartografía, presenta su eje mayor orientándose en dirección NNO-SSE y altitud media de 500 m s. n. m. entre los municipios de Albalá, Aldea del Cano, Torremocha y otros municipios de los alrededores.
Según estudios geoquímicos, el granito de Albalá se clasifica, por su potencial uranífero, como un granito fértil para explotación minera. Albalá fue conocida por su actividad minera en los tiempos del uranio, el mineral de sus berrocales, donde se sitúan antiguas minas como La Carretona, El Gallo y Pozo Norte, que fueron explotadas en los años setenta del siglo XX y que aún se conservan.
La biodiversidad del término municipal de Albalá es representativa de los ecosistemas mediterráneos propios de la penillanura cacereña y de la dehesa extremeña, albergando una notable variedad de aves, anfibios, reptiles y mamíferos.
En cuanto a la avifauna, se han registrado especies como el aguililla calzada, el alcaudón común, el alcaudón real, el avión común, el busardo ratonero, el carbonero común, la cigüeña blanca, la codorniz común, la cogujada común, la cogujada montesina, el cuco, la culebrera europea, la curruca cabecinegra, el estornino negro, el gorrión doméstico, el gorrión moruno, la golondrina común, la golondrina dáurica, el herrerillo común, el jilguero, la lavandera blanca, el milano negro, el milano real, el mirlo común, la paloma bravía, la paloma torcaz, la perdiz roja, el pinzón vulgar, el rabilargo, la tarabilla común, la urraca y el verdecillo.
La herpetofauna está integrada por diversas especies de anfibios y reptiles, entre las que destacan la culebra bastarda, la culebra de escalera, la culebra de herradura, el gallipato, el lagarto ocelado, la lagartija colilarga, la lagartija ibérica, la rana común, la ranita meridional, la salamanquesa común, el sapo común, el sapo corredor, el sapo partero ibérico, el tritón ibérico y el tritón pigmeo.
Por su parte, la mastofauna comprende especies características del bosque y matorral mediterráneo, entre ellas la comadreja, el conejo, el erizo europeo, el gato montés, la garduña, la jineta, el jabalí, el lirón careto, el meloncillo, la musaraña gris, el murciélago de borde claro, el murciélago de Cabrera, el murciélago enano, el ratón de campo, el tejón, el topo ibérico, el turón y el zorro, además de otros pequeños mamíferos presentes en el entorno.
Economía actual. La economía de Albalá continúa sustentándose principalmente en el sector primario, aunque ha experimentado una progresiva diversificación. El apellido Berrocal parece pertenecer a una gran familia que puebla toda la villa, muchos comercios e industrias manufactureras, como la que tuvo Vicente Berrocal, de calzados, a finales del XIX y primera mitad del XX, sus cuatro hijos marcharon de Albalá para buscar una vida mejor: Alfonso, marchó a Vascongadas; Santiago al ejército primero sirviendo en las guerras de África y Guerra Civil, después en distintos puestos en la Guardia Civil, fue personal bibliotecario en la Escuela de Estudios Hispanoamericanos y contador en el Hospital de la Santa Caridad de Sevilla; Leopoldo sirvió toda su vida en la Marina, fue músico en El Juan Sebastián El Cano; y Juan, el menor, marchó a Barcelona.
Durante el siglo XX también tuvo relevancia la explotación de yacimientos de uranio en antiguas minas cercanas, hoy sin actividad.
Agricultura. Los principales cultivos son cereales de secano, olivar, encina (corcho y bellota), viñedo en algunas explotaciones y cultivos forrajeros.
En los últimos años se han incorporado técnicas de modernización agrícola destinadas a mejorar la productividad y la sostenibilidad ambiental.
Ganadería. La ganadería mantiene un papel esencial dentro de la economía local. Destacan especialmente el ganado porcino ibérico, equino, ganado ovino y el ganado bovino en régimen extensivo.
La explotación de la dehesa favorece un modelo de producción estrechamente vinculado a productos de calidad, especialmente derivados del cerdo ibérico.
Industria y servicios. El tejido industrial actualmente es reducido y está formado principalmente por pequeñas empresas relacionadas con la transformación agroalimentaria, la construcción, los servicios locales y el comercio de proximidad.
El sector servicios atiende principalmente las necesidades de la población residente, aunque el turismo rural y el interés por el patrimonio histórico representan oportunidades de desarrollo.
Patrimonio histórico y cultural
Entre los elementos patrimoniales más destacados se encuentran la iglesia parroquial de Santa María Magdalena, principal edificio religioso del municipio, templo del siglo XVI con una sola nave y bóvedas de crucería apoyadas sobre arcos de medio punto. Custodia una escultura de la Inmaculada de principios del siglo XVII.
La iglesia parroquial presenta una construcción característica de la arquitectura religiosa tradicional extremeña, en la que se combinan la sillería de granito con la mampostería. Los muros muestran un aparejo irregular en algunos sectores, resultado de las diferentes fases constructivas y de las sucesivas intervenciones realizadas a lo largo de su historia. Exteriormente destacan los robustos contrafuertes, cuya función es reforzar la estabilidad de las bóvedas y absorber los empujes de la cubierta.
El acceso principal se sitúa en el muro meridional, a los pies del templo, y está resuelto mediante una portada de arco de medio punto enmarcada por pilastras de traza sencilla. En el lado opuesto, junto a la cabecera, se alza la torre campanario, una construcción sobria realizada en sillería y sillarejo, coronada por un remate con capitel y pequeños pináculos en las esquinas que acentúan su verticalidad.
El interior responde a una planta de una sola nave dividida en cuatro tramos, rematada por una cabecera de testero recto. Todo el espacio se cubre mediante bóvedas de crucería apoyadas sobre arcos de medio punto, solución estructural propia de la tradición tardogótica. Entre ellas sobresale la bóveda de la capilla mayor, de mayor riqueza compositiva y ornamental, que concentra buena parte del interés arquitectónico del edificio.
El patrimonio artístico de la iglesia se completa con varios retablos laterales y un conjunto de tablas policromadas realizadas entre los siglos XVII y XVIII, representativas del arte barroco, aunque de calidad artística desigual. Entre las piezas conservadas destaca especialmente una escultura de la Inmaculada Concepción, datada hacia el año 1600, considerada una de las obras más valiosas del templo por su interés histórico y artístico.
A los pies de la nave se encuentra el coro alto, sustentado por tres arcos de medio punto ejecutados en sólida cantería. Este elemento, además de cumplir su función litúrgica, contribuye a la articulación espacial del interior y constituye uno de los rasgos arquitectónicos más representativos del edificio.
Otros monumentos destacables de Albalá son el Rollo, también conocido como Horca de Piedra o Picota, columna con fuste de piedra, generalmente granítica; y capitel rematado con una cruz labrada, por basamento tres peldaños ensamblados en piedra. Insignia y símbolo de jurisdicción, de privilegio de horca y cuchillo, es decir, privilegio de administrar justicia en primera instancia, por no menos; y ejecuciones, ejecución de penas, sirviendo en muchos casos como picota y expositor público de las cabezas de los ajusticiados o los reos a la vergüenza: El Calvario; Tres cruces típicas del municipio; así como varios escudos y blasones distribuidos por la localidad. Todo lo cual demuestra que en otros tiempos la importancia de la villa fue muy considerable.
El casco urbano conserva viviendas tradicionales de mampostería y granito, mientras que el paisaje circundante combina dehesas, afloramientos graníticos y terrenos agrícolas propios de la comarca. La arquitectura popular de tradición extremeña; las antiguas casas de labranza con el corral delante de las casas, les da una peculiaridad identitaria en la zona. El paisaje cultural de dehesa, es considerado uno de los principales valores ambientales del término municipal.
Las fiestas patronales y las celebraciones religiosas continúan desempeñando un importante papel en la conservación de la identidad local.
Está Albalá a caballo entre las estribaciones de la Sierra de Montánchez y la penillanura de Cáceres. En la zona alta del pueblo llaman la atención las casas de mampostería y cal del barrio Alto, que en ocasiones exhiben un porche soportado por columnas de granito.
Gastronomía. La gastronomía tradicional incluye platos como la caldereta de cordero, el cochinillo asado, quesos curados, migas y productos de la matanza, además de dulces típicos como las perrunillas y los piñonates. Las fiestas locales y las romerías continúan siendo un elemento importante de la vida social del municipio.
Dinámica demográfica. Como muchos municipios rurales extremeños, Albalá presenta baja densidad de población; envejecimiento demográfico; pérdida de habitantes durante gran parte del siglo XX; estabilización relativa en las últimas décadas gracias a mejoras en comunicaciones y servicios.
Valor geográfico e histórico. Desde una perspectiva académica, Albalá constituye un ejemplo representativo de los pequeños municipios del interior de Extremadura cuya evolución ha estado determinada por la interacción entre el medio físico y las actividades agroganaderas tradicionales. Su historia refleja procesos comunes a buena parte del occidente peninsular: la romanización, la ocupación islámica, la repoblación cristiana autóctona, la consolidación del sistema de dehesas y las transformaciones demográficas derivadas del éxodo rural del siglo XX. Por ello, el estudio de Albalá resulta especialmente útil para comprender la organización del territorio, la economía tradicional y la evolución del paisaje cultural extremeño.
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