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Turismo local

De la Edad Media a las estrellas sin salir de Trujillo ni abrir la cartera

La riqueza patrimonial de Trujillo se despliega en rincones gratuitos que invitan a explorar su pasado medieval y renacentista

Plaza Mayor de Trujillo.

Plaza Mayor de Trujillo. / El Periódico Extremadura

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Sofía Pérez Ramiro

Sofía Pérez Ramiro

Trujillo

Para que un plan sea especial no hace falta que sea el más caro ni el más exclusivo. A veces basta con que permita mirar una ciudad desde otra perspectiva o descubrir una historia que había pasado inadvertida.

Entre las calles de Trujillo existen suficientes rincones gratuitos para ocupar buena parte de una jornada, desde antiguos palacios y puertas medievales hasta museos y espacios donde incluso es posible cambiar durante unos minutos las piedras centenarias por un viaje entre estrellas.

La Plaza Mayor puede funcionar como punto de partida. Además de contemplar uno de los conjuntos monumentales más reconocibles de Extremadura sin ningún gasto incluido, permite entender la evolución de Trujillo. A un lado queda la villa medieval que asciende por el cerro y, al otro, la ciudad que terminó creciendo fuera de sus murallas.

Aquí tampoco hace falta entrar en ningún edificio para encontrar detalles. La fachada del Palacio de los Marqueses de la Conquista conserva uno de los elementos más singulares de la plaza: su balcón esquinado, acompañado por escudos y bustos relacionados con Francisco y Hernando Pizarro y sus familias.

Una ciudad que se descubre caminando

Desde la plaza comienza probablemente el mejor plan gratuito de todos: caminar. Las calles empedradas permiten ascender hacia la antigua villa mientras aparecen casas fuertes, iglesias, puertas y restos defensivos.

La Puerta de Santiago, conocida también históricamente como Puerta del Sol por su orientación hacia el amanecer, conserva uno de los antiguos accesos al recinto. Muy cerca, la Casa Fuerte de Luis de Chaves el Viejo recuerda que las viviendas nobles también podían cumplir funciones defensivas: su posición ayudaba a proteger precisamente esta entrada.

La Torre del Alfiler ofrece otra curiosidad. Su silueta medieval, coronada por una característica crestería gótica, se ha convertido en una de las imágenes más reconocibles de Trujillo. El exterior puede contemplarse durante el recorrido, igual que ocurre con numerosos edificios señoriales.

Entre ellos aparece el Alcazarejo de los Altamirano, perteneciente a uno de los linajes históricos de la localidad, o el Palacio de los Carvajal-Vargas, conocido como Palacio de los Duques de San Carlos, levantado sobre una antigua casa familiar y fácilmente reconocible en el conjunto monumental.

Un museo para mirar hacia América

Hay una parada que permite cambiar las fachadas por documentos y objetos. El Museo de la Coria ocupa los restos del antiguo convento de San Francisco el Real de la Coria, fundado para clarisas en el siglo XV.

Actualmente, está gestionado por la Fundación Xavier de Salas y su relato se centra especialmente en los vínculos históricos y culturales entre Extremadura e Iberoamérica.

El propio edificio forma parte de la experiencia: el visitante entra en un espacio conventual recuperado que hoy funciona también como lugar para actividades académicas y culturales. Su horario, no obstante, conviene comprobarlo antes de acudir, pues la información turística oficial establece aperturas concretas en fines de semana y festivos.

Del siglo XVI al espacio exterior

Trujillo permite además realizar un salto bastante inesperado. En el antiguo Conventual de San Francisco se encuentra el planetario, una instalación concebida para acercar la astronomía a todos los públicos.

Su gran cúpula de proyección transforma el interior en un espacio inmersivo donde observar el universo mediante imágenes proyectadas en 360 grados. El contraste resulta difícil de encontrar en otros puntos de la ciudad: un edificio histórico convertido en puerta de entrada a galaxias, estrellas y planetas.

Palacios que se disfrutan sin cruzar la puerta

Otra parte de la ruta consiste simplemente en levantar la mirada. El Palacio de Piedras Albas, construido en el siglo XVI, sorprende por su galería abierta hacia la Plaza Mayor, con tres arcos y claras influencias italianas.

También merece un desvío el Palacio de Orellana-Pizarro. Juan de Orellana Pizarro, primo de Francisco Pizarro y primer corregidor de Cuzco, transformó una antigua construcción defensiva en una residencia renacentista.

Su historia guarda además una conexión literaria excepcional: Miguel de Cervantes se alojó en este palacio durante uno de sus viajes en 1582. El edificio fue declarado Bien de Interés Cultural y actualmente tiene usos religiosos y educativos.

Cuatro paradas para completar el paseo

El patrimonio continúa fuera de las rutas más evidentes. El Palacio de los Pizarro-Aragón forma parte del amplio legado residencial dejado por los grandes linajes trujillanos, mientras que el Convento de la Encarnación recuerda el importante peso que tuvieron las comunidades religiosas en la expansión de la ciudad fuera del recinto medieval.

La iglesia de San Lorenzo y el propio Convento de San Francisco completan ese mapa religioso que fue modificando el aspecto de Trujillo con el paso de los siglos. Este último guarda hoy una peculiar segunda vida gracias a su vinculación con la divulgación científica y el planetario.

El mejor billete es caminar

Trujillo suele asociarse con su castillo, sus museos o sus grandes monumentos, pero una parte considerable de su historia puede conocerse sin comprar una entrada. Basta recorrer despacio sus calles, buscar escudos en las fachadas, atravesar antiguas puertas y preguntarse quién vivió detrás de cada muro.

Con este recorrido histórico, el municipio ofrece una de las mejores actividades del verano, un viaje a través de la Edad Media, el Renacimiento, América e incluso el espacio donde el único precio de entrada es tener curiosidad.

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