Historia local
Las cuatro supervivientes: un paseo por las vigilantes de piedra que protegieron Trujillo
La pérdida de su función defensiva permitió la expansión de Trujillo y la transformación de sus accesos, hoy convertidos en ruta turística

Originalmente, la muralla de Trujillo llegó a contar con siete puertas. Durante siglos fueron puntos fundamentales para la defensa y el funcionamiento cotidiano de la villa, aunque el paso del tiempo ha reducido aquella red de accesos y actualmente solo cuatro se conservan completas.
Atravesarlas ya no significa superar un puesto de vigilancia, pero sí permite seguir una ruta capaz de explicar cómo se entraba, se salía y se protegía una de las ciudades históricas más reconocibles de Extremadura.
El recorrido puede comenzar en la Plaza Mayor, a los pies de la estatua ecuestre de Francisco Pizarro. Desde allí, basta abandonar progresivamente el espacio abierto de la plaza y ascender por las calles empedradas para acercarse a esa parte del municipio que durante siglos permaneció protegida detrás de sus murallas.
Siete formas de entrar en la villa
La posición de estas puertas estaba relacionada con los caminos que comunicaban Trujillo con otros territorios y permitían controlar el movimiento de viajeros, mercancías, ganado e incluso tropas. Es por ello que sus denominaciones permiten incluso reconstruir parte de aquel mapa.
También constituían puntos especialmente vulnerables en caso de ataque. Por ello, algunos accesos estaban protegidos por torres y por las casas fuertes de importantes familias trujillanas, entre ellas los Chaves y los Escobar. Vigilar una puerta significaba controlar uno de los pocos lugares por los que podía atravesarse una muralla concebida precisamente para mantener fuera cualquier amenaza.
Cuatro supervivientes entre las piedras
De las siete entradas históricas, cuatro han conseguido llegar completas hasta la actualidad. Una de las más conocidas es la Puerta de Santiago, situada junto a la iglesia del mismo nombre y próxima al alcázar de los Chaves. Por ella circulaban viajeros, tropas y quienes necesitaban acceder al interior de la villa desde uno de sus principales caminos.
Otro de los accesos conservados es la Puerta de San Andrés, vinculada al sector meridional de la fortificación y protegida históricamente por construcciones pertenecientes a importantes linajes locales.
Hacia otro punto del recinto aparece la Puerta del Triunfo, también relacionada con la memoria de la conquista cristiana de Trujillo y convertida con el paso del tiempo en uno de los accesos con mayor carga simbólica.
La cuarta superviviente es la Puerta de Coria, reconocible por su arco ligeramente apuntado. Su emplazamiento permitía conectar la villa con los caminos que continuaban hacia el norte extremeño, convirtiéndola también en un punto relacionado con el tránsito y los intercambios.
Las tres puertas que perdió Trujillo
Completar mentalmente aquella fortificación exige buscar aquello que ya no resulta tan evidente. La Herradura, la Vera Cruz y San Juan, también conocida como de las Palomitas, formaron parte del sistema original, pero no han llegado hasta la actualidad en las mismas condiciones.
De ellas permanecen vestigios, restos o referencias dentro del trazado histórico y arqueológico. Su desaparición no puede reducirse a un único episodio. El deterioro, los derrumbes, las transformaciones urbanísticas y, sobre todo, la pérdida de la función defensiva de las murallas fueron modificando progresivamente el recinto durante las edades Moderna y Contemporánea.
Cuando una ciudad deja de necesitar protegerse detrás de sus muros, las puertas dejan también de ser imprescindibles. Trujillo comenzó a expandirse fuera de aquel perímetro y unos accesos creados para controlar quién entraba y salía perdieron buena parte de su sentido práctico.
Una ruta entrando y saliendo de la historia
Hoy precisamente esa pérdida de utilidad permite recorrerlas de una manera completamente distinta. Las puertas conservadas funcionan como pasos peatonales y elementos patrimoniales dentro de una ruta que puede realizarse caminando.
Desde la Plaza Mayor, el ascenso hacia el castillo permite avanzar por callejas estrechas junto a la muralla, alternando constantemente dos perspectivas. Dentro aparecen iglesias, casas y palacios; al atravesar alguno de los antiguos accesos, la mirada se dirige hacia el exterior de la fortificación y el paisaje que rodea Trujillo.
El recorrido termina alcanzando el castillo, levantado sobre la antigua alcazaba musulmana y convertido por su posición elevada en uno de los grandes balcones de la localidad. En el descenso, lugares como la plaza de las Monjas permiten recuperar nuevamente la perspectiva de la Plaza Mayor y comprender el desnivel recorrido.
Puertas que ya no necesitan cerrarse
Durante siglos, caer la noche detrás de una muralla significaba que aquellas entradas podían separar dos mundos: la seguridad de la villa y los caminos que continuaban al otro lado. Hoy nadie pregunta quién llega, qué mercancía transporta o de dónde procede antes de permitirle atravesarlas.
Las cuatro puertas supervivientes permanecen abiertas y las otras tres sobreviven entre restos y memoria. Recorrerlas supone hacer justamente lo contrario de aquello para lo que fueron construidas: entrar y salir libremente de Trujillo mientras sus piedras cuentan por qué hubo un tiempo en el que cruzarlas no era un gesto tan sencillo.
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