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Caso de asesinato

El crimen de Malladas: un asesinato atroz, cinco inocentes condenados y una presunta trama de abusos detrás

La finca Malladas se convirtió en el escenario de una historia de sangre y misterio que aún hoy, 111 años después, no tiene un final claro

Vídeo | El macabro y atroz crimen de Malladas, 111 años después

El Periódico

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Cáceres

"Malladas ya no es Malladas, que es un cementerio triste donde se encierran los muertos de este crimen tan horrible...". Han pasado 111 años, pero aquella frase sigue teniendo algo de profecía. Malladas, una pequeña aldea situada en el término de Moraleja, quedó para siempre asociada a una de las historias más negras de la Extremadura de comienzos del siglo XX. Allí, en la madrugada del 15 de julio de 1915, cinco personas fueron asesinadas a hachazos en una finca prácticamente desierta mientras en el pueblo se celebraban las fiestas patronales de San Buenaventura.

Lo que vino después fue casi tan desconcertante como la propia matanza: cinco humildes jornaleros fueron condenados a cadena perpetua pese a que numerosos testimonios aseguraban que se encontraban trabajando a cientos de kilómetros, en Salamanca. Mientras, el principal sospechoso señalado por una de las víctimas fue liberado y terminó marchándose a América. El caso acabó llegando a las páginas de los grandes periódicos, al Ateneo de Madrid, a Miguel de Unamuno e incluso al mismísimo rey Alfonso XIII. Y todavía hoy nadie puede decir con absoluta certeza quién estuvo detrás de aquella noche de sangre.

Río de sangre en plenas fiestas

La historia comienza, precisamente, en una noche de fiesta. La mayor parte de quienes vivían o trabajaban en la finca Malladas, perteneciente al conde de Malladas, Agustín Díaz-Agero, una figura de enorme influencia política y social en la España de la Restauración y senador por la provincia de Cáceres, había marchado a Moraleja para disfrutar de los festejos. Había baile, novillada y celebración. En la finca quedaron algunas de las personas encargadas de atender las instalaciones y los animales. Entre ellas estaban Petra Fernández, de 55 años, su hija Jacinta González, de 12, y Baltasara Lanchas, también de 12 años.

También permanecían allí la madre de esta última, Luciana Lorenzo, de 34 años y embarazada, el criado Manuel Martínez, conocido como 'el Portugués', de 40 años, y el pequeño Dimas Lanchas, de apenas cuatro años.

Cuando la noticia llegó al pueblo, lo hizo de la peor manera posible. Un mozo apareció alarmado para avisar de que en Malladas había ocurrido algo terrible. Quienes acudieron a la finca encontraron tres cadáveres y otras tres personas gravemente heridas. Las víctimas habían recibido golpes brutales en la cabeza con un hacha. Petra, Jacinta y Baltasara habían muerto. Luciana, embarazada, había recibido más de una veintena de hachazos y moriría días después.

Manuel Martínez también sobreviviría unos días antes de fallecer a consecuencia de las heridas. Solo el pequeño Dimas consiguió sobrevivir a aquella carnicería, pese a las graves lesiones que presentaba en el rostro.

Cinco condenados inocentes

La violencia del ataque conmocionó a la opinión pública. En una España acostumbrada a la crónica negra, el crimen de Malladas destacaba incluso entre los sucesos más atroces. Los periódicos comenzaron a seguir cada detalle de la investigación y el caso terminó convirtiéndose en una especie de true crime de principios del siglo XX, con todos los ingredientes que alimentan una historia que se niega a morir: cadáveres, sospechosos, declaraciones contradictorias, rumores, poder, acusaciones de corrupción y un proceso judicial que acabaría dejando más preguntas que respuestas.

La investigación terminó poniendo el foco sobre cinco jornaleros: Lucindo Cantero, Jorge Bodón, Gregorio Martín Gómez, Celedonio García y Anselmo Moreno. Eran hombres humildes y, según numerosos testimonios, aquella noche estaban trabajando en la provincia de Salamanca, concretamente en la localidad de Morasverdes, donde se encontraban segando. La distancia entre aquel lugar y Malladas hacía muy difícil sostener que hubieran podido regresar a Moraleja, cometer los asesinatos y estar de nuevo en Salamanca a tiempo para continuar con su trabajo. Pero, inexplicablemente, fueron detenidos.

Los cinco jornaleros condenados por el crimen de Malladas, junto a un letrado y un carcelero.

Los cinco jornaleros condenados por el crimen de Malladas, junto a un letrado y un carcelero. / Semanario 'Día y noche'

El proceso judicial se prolongó durante años y llegó a acumular unos 3.000 folios. Durante la instrucción aparecieron testimonios que apuntaban en distintas direcciones. Algunos declarantes aseguraban que los acusados estaban lejos de Moraleja; otros terminaron situándolos cerca de la finca. Según la investigación realizada más de un siglo después por el escritor Luis Roso, natural de Moraleja y autor de 'El crimen de Malladas. Por vuestra boca muerta', también hubo testigos que modificaron sus versiones y líneas de investigación que dejaron de seguirse.

El detalle más llamativo llegó durante el juicio: el fiscal ni siquiera presentó acusación contra los cinco jornaleros y solicitó el sobreseimiento por falta de pruebas. A pesar de ello, el jurado los declaró culpables. Lo hizo, según recoge Roso en su investigación, después de apenas diez minutos de deliberación, tras cinco días de juicio y más de un centenar de testigos. La condena fue de cadena perpetua.

Para quienes defendieron posteriormente a los presos, aquello demostraba que se había encontrado a unos culpables sobre los que hacer recaer el crimen, aunque las pruebas no fueran suficientes para sostenerlo. La propia pena alimentó las sospechas: si existieran pruebas sólidas contra aquellos hombres por un quíntuple asesinato de semejante brutalidad, argumenta Roso, lo lógico habría sido que la acusación solicitara la pena de muerte. En lugar de ello se pidió cadena perpetua, una forma de asegurar una condena y, al mismo tiempo, evitar el riesgo de ejecutar, al menos de forma directa, a cinco inocentes.

La figura de Juan Callejo

Pero mientras la investigación avanzaba hacia los cinco jornaleros, había otro nombre que había aparecido mucho antes y que acabaría quedando relegado: Juan Callejo Domínguez, un vecino de Moraleja.

Uno de los supervivientes, Manuel Martínez 'el Portugués', permaneció con vida durante varios días después del ataque. En su lecho de muerte habría identificado a Callejo, junto a varios compañeros, como uno de los responsables. El hombre fue detenido, pero quedó en libertad después de varias semanas a petición de la propia acusación particular. Poco después abandonó España y se marchó a América.

Para Roso, aquel episodio constituye una de las principales incógnitas del caso. Callejo era un jornalero sin grandes recursos y, sin embargo, consiguió emprender un viaje que no resultaba sencillo para alguien de su condición. Años después regresaría a España y su nombre volvería a aparecer en otro episodio todavía más inquietante.

¿Una trama de abuso a menores?

En 1924, nueve años después del crimen de Malladas, fue detenido en Salamanca acusado de intentar raptar a dos menores, una niña de diez años y un niño de tres. Según la investigación de Roso, fue sorprendido in fraganti, con uno de los niños de la mano. Sin embargo, el fiscal retiró posteriormente la acusación y Callejo terminó condenado únicamente a tres meses de prisión.

El episodio volvió a levantar sospechas porque, según las crónicas de la época, el hombre no habría actuado necesariamente solo: la prensa llegó a hablar de una persona elegante que esperaba a los menores en un vehículo. Y cuando fue detenido se encontró en uno de sus bolsillos una nota con una dirección de Madrid: Hilarión Eslava, número 5.

Dos meses antes, tres niñas habían desaparecido precisamente en esa calle madrileña. Sus cadáveres aparecerían cuatro años después enterrados en un solar. El conde de Malladas, propietario de la finca donde se había producido la matanza, tenía además un palacete en Madrid a unos cientos de metros de aquel lugar. ¿Blanco y en botella?

Para Roso, las coincidencias son demasiado numerosas como para ignorarlas. Su investigación plantea que detrás de Malladas pudo existir una trama de abusos a menores y que el crimen quizá se produjo cuando algo salió mal durante un intento de rapto. También apunta al entorno del conde como posible responsable de haber protegido a determinadas personas y de haber dirigido la investigación hacia los cinco jornaleros.

Pero aquí conviene detenerse. No existe una prueba definitiva que permita presentar esta teoría como la resolución del crimen. Es la hipótesis a la que llega Roso después de años de investigación, apoyándose en documentos, testimonios y las numerosas contradicciones que rodearon el caso. El expediente judicial nunca estableció esa trama.

De Unamuno a Alfonso XIII

Lo que sí está documentado es que los cinco condenados pasaron años en prisión mientras sus abogados intentaban demostrar su inocencia. La campaña terminó adquiriendo una dimensión que difícilmente habría imaginado nadie en aquel verano de 1915. El caso llegó hasta Miguel de Unamuno, que terminó pronunciándose públicamente a favor de los presos y llegó a asegurar en el Ateneo de Madrid que tenía en su poder un documento de un antiguo miembro de la Guardia Civil en el que se señalaba a los verdaderos culpables. Aquel documento nunca llegó a hacerse público.

También el movimiento socialista se implicó en la defensa de los condenados. Se organizaron actos y se publicaron denuncias sobre las irregularidades del proceso. El nombre de Malladas comenzó a utilizarse incluso como ejemplo de un supuesto crimen caciquil en el que cinco trabajadores humildes habrían sido utilizados como cabezas de turco.

La historia llegó finalmente hasta Alfonso XIII. El rey conoció el caso a través de personas vinculadas a la defensa de los presos y terminó firmando la conmutación de sus penas. Sin embargo, todavía tendrían que pasar años antes de que pudieran regresar a sus casas.

El regreso no fue fácil

Los cinco jornaleros recuperaron la libertad en 1926, más de una década después de la matanza. Habían pasado aproximadamente once años entre rejas.

El regreso tampoco significó recuperar la vida que tenían antes de aquella noche. Sobre ellos continuaba pesando el estigma de haber sido condenados por uno de los crímenes más conocidos de la época. En Moraleja, según recoge la investigación de Roso, no todos quisieron volver a relacionarse con ellos. Y uno de los cinco, Anselmo Moreno, se suicidó apenas un mes después de regresar.

Es quizá ahí donde la historia de Malladas deja de ser únicamente un misterio criminal para convertirse en una historia profundamente humana. Porque detrás de las teorías sobre conspiraciones, caciques, sospechosos y documentos desaparecidos había personas. Había cinco hombres que perdieron una parte esencial de su vida en una cárcel. Había familias que quedaron marcadas por una condena. Había una madre embarazada, dos niñas y un niño de cuatro años que quedaron atrapados en una noche de violencia inexplicable. Y había un pueblo que, durante generaciones, siguió hablando de aquello.

El nombre de Malladas

Han pasado 111 años. La finca ya no ocupa en la vida de la comarca el lugar que tuvo entonces y buena parte de quienes protagonizaron aquella historia llevan décadas muertos. Los periódicos que durante años llenaron sus páginas con el crimen son hoy documentos de hemeroteca. Los testigos desaparecieron y con ellos se fueron muchas de las respuestas que quizá podrían haber resuelto el caso.

Pero Malladas sigue teniendo memoria. La sentencia señaló a cinco hombres. Los movimientos posteriores en defensa de los presos cuestionaron aquella condena. Un superviviente señaló a otro sospechoso que nunca llegó a ser juzgado por los asesinatos. Décadas después, una investigación ha encontrado conexiones que apuntan hacia una historia todavía más oscura. Ninguna de esas piezas ha conseguido completar definitivamente el puzzle.

Por eso aquella frase sigue teniendo sentido más de un siglo después. Malladas dejó de ser solamente un lugar, se convirtió en el escenario de una historia que nunca encontró un final claro y que, por cierto, cuyo escenario sigue en pie y hoy en día es visitable.

Y quizá esa sea la razón por la que, 111 años después, cuando se vuelve a hablar de aquella madrugada del 15 de julio de 1915, la pregunta sigue siendo exactamente la misma: ¿Quién mató realmente en Malladas?

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