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Eclipse solar

El silencio en la dehesa bajo la sombra del eclipse

El divulgador Miguel Herrero Uceda recuerda cómo las culturas antiguas interpretaban estos fenómenos como augurios nefastos y combates cósmicos

Personas viendo el eclipse.

Personas viendo el eclipse. / J. Baños

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Jesús Baños Collazos

Ceclavín

El pasado 12 de agosto, el cielo de Extremadura no solo ofreció un espectáculo astronómico; recuperó una conexión ancestral entre la naturaleza y la vida rural. A través de la mirada y las palabras del divulgador y naturalista extremeño Miguel Herrero Uceda, nos invita a contemplar el fenómeno del eclipse solar desde otra perspectiva para convertirse en una lección de historia viva y etnografía regional.

Desde Ceclavín, junto a su hermano, el astrofísico Antonio José han realizado varias jornadas de observación estelar y ambos han participado en anteriores eclipses en expediciones científicas de observación con la Universidad Complutense de Madrid. Los que les mantienen unidos a la naturaleza, al Cosmos y las tradiciones extremeñas.

Aparte del extraordinario espectáculo de la observación que en Extremadura no alcanzó la totalidad, pero fue parcial muy avanzado, para Herrero Uceda, uno de los aspectos más deslumbrantes del fenómeno fue la reacción inmediata del entorno en esa penumbra repentina y mágica.

Cielo estrellado.

Cielo estrellado. / J. Baños

"La naturaleza no mira al reloj ni al calendario, responde al instante según cambia el ambiente", como recuerda el escritor extremeño. “En La Vera, la luna llegó a cubrir el 98%. Durante ese tiempo se anticipó el anochecer, las aves buscaron cobijo en los encinares creyendo que efectivamente llegaba la noche, el ganado interrumpió su pastoreo y un silencio denso recorrió las dehesas. Ese instante suspendido en el tiempo refleja la fragilidad de los ciclos naturales que rigen la vida en el campo”.

El eclipse del 12 de agosto también despierta el eco de viejos relatos. Hoy ha sido recibido el evento como un acontecimiento festivo y de reunión comunitaria, pero no siempre fue así. La ocultación del Sol antiguamente ha sido recibido como un augurio nefasto, un aviso de sucesos terribles. Según comenta el naturalista: “Para los vetones, un pueblo celta prerromano que habitaba en el norte de Cáceres, el paisaje estaba vivo y divinizado.

El Sol no era solo nuestra estrella más próxima, sino una fuerza generadora de vida, calor y protectora de las cosechas y el ganado. Los vetones tenían una fuerte conexión con los ciclos naturales. Celebraban los solsticios y equinoccios en santuarios rupestres (como los toros de piedra o altares excavados en la roca que aún se conservan en la zona). Un eclipse, como el presenciado recientemente, rompía de golpe el orden natural del mundo”.

En las culturas indoeuropeas y celtas de la península, la repentina desaparición del Sol a mediodía o al atardecer se interpretaba como una amenaza existencial, concretamente como uncombate cósmico.

Vista del eclipse en Sigüenza.

Vista del eclipse en Sigüenza. / J. Baños

Se creía que el astro estaba siendo atacado por fuerzas oscuras o devorado por una entidad ctónicade las profundidades de la tierra o de la noche. Al ser una sociedad eminentemente pastoril y guerrera, dependiente de la ganadería, el comportamiento alterado de los animales durante un eclipse —que comenzaban a buscar refugio creyendo que anochecía de forma prematura— reforzaba la sensación de que el mundo se sumía en un caos.

Los vetones eran muy herméticos con sus creencias y tradiciones. Lo que se conoce de ellos ha sido a través de la arqueología y de los escritos de historiadores romanos. Así, por paralelismos con otros pueblos celtas y por la tradición oral ancestral, se cree que los vetones reaccionaron ante un eclipse, al igual que en muchas otras culturas antiguas, haciendo sonar todo tipo de instrumentos de percusión disponibles, golpeando escudos y calderos, acompañados de gritos hacia el cielo para ahuyentar a esa criatura invisible que "robaba" la luz y, de esta forma, obligarla a soltar el disco solar. Mientras, los druidas desempeñarían un papel central, guiando a la tribu en oraciones y ofrendas para pedir el regreso del sol y aplacar la ira de los dioses celestes.

Más allá del propio hecho astronómico, la vivencia que nos transmite el divulgador subraya el valor del territorio extremeño como un observatorio privilegiado, una ventana abierta al Cosmos. En efecto, en un mundo hiperconectado y urbano, eventos como este devuelven el protagonismo a los pueblos, a sus cielos claros y a sus horizontes limpios, recordando la importancia de preservar tanto el cielo nocturno como la memoria de nuestras raíces, para que las luces de nuestra civilización no nos hagan olvidar que la oscuridad de la noche sirve para sincronizar todos los ciclos de la naturaleza de la cual nosotros formamos parte.

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