Opinión | Seis cadenas

Cruces y cadenas

Juicio contra José Diego Yllanes por el asesinato de Nagore Laffage.

Juicio contra José Diego Yllanes por el asesinato de Nagore Laffage. / EFE

Me hago cruces. El verdugo sale de la cárcel a cambio de dinero. La libertad de su víctima fue cercenada en el baño de una discoteca. Ella es la que carga con la cruz y el famoso, abaratada su condena, se va camino de su lujosa casa. Las mujeres cargan con pesadas cruces, con cadenas de cautiverio y de sometimiento de las que cuesta desprenderse, de las que se avergüenzan como si hubieran sido ellas mismas las que echaran la llave a sus grilletes.

La libertad de su víctima fue cercenada en el baño de una discoteca.

Desde otra prisión, otro asesino, el de Nagore Laffage, apela al «derecho al olvido». Nagore pagó con su vida la defensa de su libertad para decir ‘No’ un sanfermín de hace años. Su familia no lo olvida, no hay ley que prescriba el dolor de ver arrancada la propia entraña. La Justicia le ha denegado al feminicida ese borrón y cuenta nueva que pretendía de las redes sociales, las nuevas conciencias que exhalan bilis y que dictan sentencia implacable, como si de un moderno Sanedrín enfermo de soberbia se tratara.

Nagore pagó con su vida la defensa de su libertad para decir ‘No’ un sanfermín de hace años

Los tiempos cambian, pero la condición humana persiste. Los nuevos fariseos ocupan ese mundo virtual en el que hacen desmedido alarde de una rectitud que su corazón desconoce.