Opinión | La crónica del festival Clásico

Redactora en la sección de Cáceres
El Brujo: todo es teatro
El incombustible Rafael Álvarez encandila a un público al que dedica su nuevo montaje y reflexiona sobre los clásicos, de Edipo a Don Quijote, con su característico estilo hilarante, improvisado y virtuoso
No podría encontrarse mejor acompañada la palabra teatro que con El Brujo. Con una presencia que logra llenar un teatro o una ciudad monumental milenaria, el álter ego escénico de Rafael Álvarez bien podría ser la misma personificación del festival clásico de Cáceres si en una figura que reencarnarse. No se entienden ya el uno sin el otro. Y en ese abrazo recíproco y sólido, la cita ha ido escribiendo su historia edición tras edición en algo que ha tomado forma de idilio. Del amor habla El Brujo, del hilo que condujo en su día a las plumas a escribir lo que hoy llamamos clásicos y como el amor toma la forma que quiere, como bien asegura él mismo también sobre las tablas, quiso agradecer el afecto atesorado estos años.
Lo hizo de la forma que sabe. Con su característico estilo hilarante, improvisado y virtuoso y ante un aforo al que quiso hacer partícipe también en escena. Lo ha ovacionado San Jorge y este año hizo lo propio en Santa María, al ritmo de Celia Cruz que cantaba aquello de que “la vida es un carnaval”. Y buena razón tenía. Es un carnaval, es una máscara, es un teatro. Es una performance. Y excesivamente minimalista, aunque él se ría de Arco y de su vanguardia, él encarna ese adelanto a la época. Sobre las tablas, un sencillo atril, del ayuntamiento dijo, que ejerció de perchero porque el termómetro no concedió ni una tregua a los dioses del teatro. Arrancó la función ante una gran expectación. Hay que apostillar aquí que es el único que hace doble pase y teniendo en cuenta los tiempos que corren, que los llena.
Rió El Brujo y rió el público. Este segundo a carcajada por tiempo de dos horas. Regaló el actor media hora más a una función que aspiraba a completar la hora y media. Entregado estuvo desde el principio. Tan entregado como expectante estuvo su acompañante, su músico. Esperó a Godot, como si de una escena del mismísimo Samuel Beckett se tratara, con paciencia, hasta que le llegaba el turno porque su compañero de escena, encandilado por el fragor de la actuación salía con sus habituales requiebros al texto pactado en el monólogo. En este montaje, ideado exclusivamente para Cáceres, habló de lo divino y de lo humano. De la espiritualidad, del amor y de la carne. Recorrió los clásicos, de Edipo a Don Quijote, de Lope de Vega a Santa Teresa, Teresa de Ávila le gusta llamarla, de Corinto a Tebas, de Mérida a Cáceres.
Durante dos horas, el escenario de Cáceres rebosó de ideas, de conocimientos, atravesó un ritmo trepidante, difícil de alcanzar con la dificultad de los versos clásicos pero siempre a la altura de El Brujo. Rió hasta el más escéptico. Hasta la mujer que captó la atención de las seiscientas butacas cuando en mitad de la función interrumpió para ir al aseo. Se apropió el actor, como solo lo hacen los grandes, del momento y desató las carcajadas.
Existencialismo y actualidad política
¿Su mayor singularidad? Que no volverá a haber una función semejante. Ninguna será como la anterior. Bien lo sabe el público de la ciudad, que tan incombustible como su propia figura, abarrota sus pases. Esta vez atravesó el existencialismo y no perdió la ocasión tampoco de servirse de la actualidad política, de los Koldos y los Cerdanes. En esencia, mostró cómo a través del humor se puede moldear la realidad al antojo tal y como lo hacía el caballero de Cervantes, que vio a los gigantes cuando nadie los veía. En un mundo donde la sociedad ve solo molinos, con total certeza El Brujo logra darles forma a los gigantes sin necesidad de vencerlos como viera Santa Teresa que “sin amor, todo es nada”. En este caso, todo es teatro.
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