Opinión | blog del cronista
Montehermoso: el pueblo donde la tradición se viste con gorra y se danza con el corazón
Si hay algo que define a Montehermoso ante el mundo, es su gorra, que es uno de los símbolo de identidad de nuestra tierra

La gorra de Montehermoso. / El Periódico
Hace tiempo que descubrí Montehermoso, y la última vez que lo visite fue para participar en un acto de homenaje, a mi compañero Cronista y amigo, Domingo Quijada, el siempre nos comentaba lo bonito que era su pueblo…. y la verdad, es que tenía mucha razón,
Hay lugares que se visitan y otros que se viven. Montehermoso, sin duda, pertenece a la segunda categoría. A tan sólo una hora de camino de Cáceres, en las fértiles Vegas del Alagón, este pueblo no es solo un destino, es una declaración de identidad. Es conocido con orgullo como la «Cuna del Tipismo Extremeño» , aquí la cultura no es algo que se guarda en un museo, sino algo que se lleva puesto en la cabeza, se baila en la plaza y se saborea en la mesa. Es un lugar donde el pasado prehistórico susurra entre las encinas, donde una gorra de paja cuenta historias de amor y estatus, y donde una fiesta con la cara tiznada celebra la supervivencia y la alegría. Si eres de los viajeros que buscan autenticidad, de los que quieren sentir el pulso real de un lugar, Montehermoso te está esperando.
Un paseo por la memoria: de dólmenes a iglesias con historia
Para entender Montehermoso hay que empezar por caminar. Y el mejor lugar para hacerlo es su Dehesa Boyal, un parque protegido que es mucho más que un simple bosque. Aquí, la historia se remonta a más de 5.000 años. Tres imponentes dólmenes de granito se alzan como gigantes silenciosos, tumbas colectivas que nos conectan con los primeros pobladores de estas tierras. Caminar entre ellos es sentir el peso y el misterio de la prehistoria.
La huella de Roma también es palpable. Por aquí pasaba una calzada que conectaba con la Vía de la Plata, y de sus canteras salió la piedra para las murallas de la vecina Coria. Pero la verdadera esencia del pueblo se forjó en la Edad Media. Aunque nació en el siglo XIII como una aldea dependiente del Señorío de Galisteo, su gente, su empuje y su riqueza agrícola hicieron que pronto superara en importancia a la propia capital del señorío. Fue una rebelión demográfica y cultural que culminó con su independencia en 1837 y que forjó un carácter fuerte y orgulloso.
Ese orgullo se refleja en su patrimonio. La Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, del siglo XVI y declarada Bien de Interés Cultural, domina el pueblo con su robusta torre de granito y sus valiosos retablos barrocos. A su alrededor, una red de ermitas como la de San Bartolomé o la de la Virgen de Valdefuentes trazan un mapa de la fe y la vida comunitaria que ha marcado el ritmo del pueblo durante siglos.
La Gorra y Los Negritos: el alma hecha tradición
Si hay algo que define a Montehermoso ante el mundo, es su gorra, que es uno de los símbolo de identidad de nuestra Tierra Extremeña. Lejos de ser un simple sombrero, es una obra de arte, un código social y un icono feminista tejido a mano. Nació a finales del siglo XIX como una humilde herramienta para protegerse del sol en el campo. Sin embargo, la creatividad de las mujeres montehermoseñas la convirtió en un sofisticado lenguaje visual.
Cada gorra, elaborada pacientemente con paja de centeno trenzada, era un DNI social. La de soltera, o «galana», es la más espectacular, llena de color y con un pequeño espejo en el centro que, según la leyenda, representaba la pureza de la joven. La de casada, más sobria y sin espejo, y la de viuda, de riguroso luto, completaban un código que todos en el pueblo sabían leer. Hoy, artesanas como María José González mantienen vivo este legado, un tesoro que se puede admirar en todo su esplendor en el Museo Etnográfico local.
El otro gran pilar de la tradición es la fiesta de Los Negritos de San Blas, cada 2 y 3 de febrero. Declarada de Interés Turístico Regional, esta celebración es pura emoción. La leyenda cuenta que siete hermanos pobres, para poder pedir limosna sin ser reconocidos y repetir sus bailes, se tiznaron la cara de negro. Hoy, nueve danzantes con la cara pintada con corcho quemado, acompañados por un tamborilero y un «palotero» (una especie de maestro de ceremonias), reviven esa historia con 17 danzas ancestrales al son de las castañuelas de encina. Es un espectáculo vibrante, un estallido de ritmo y devoción que contagia a todo el que lo presencia.
Sabores de la dehesa y la huerta
La experiencia en Montehermoso no está completa sin sentarse a la mesa. Su gastronomía es como su gente: honesta, generosa y sin artificios. Aquí se cocina con lo que da la tierra, y la tierra da mucho y bueno. Platos como las migas extremeñas, la caldereta de cabrito o el «ajo-patata» son la esencia de una cocina de pastores y agricultores, potente y reconfortante.
Los productos del cerdo ibérico son, por supuesto, religión, y el aceite de oliva de la cooperativa local es oro líquido. Pero si hay que destacar un dulce, ese son las «rueas», una sencilla masa frita con anís que tradicionalmente se preparaba para las bodas y que hoy es el broche perfecto para cualquier comida, junto a las perrunillas y las roscas.
¿Por qué Visitar Montehermoso?
Tanto si eres extremeño como si vienes de fuera de nuestra tierra, tienes que visitar Montehermoso porque es un viaje a la autenticidad de Extremadura. Es un destino para quienes huyen del turismo de masas y buscan conectar con la historia profunda, con tradiciones que se tocan y se sienten, y con una comunidad la Montehermoseña que vive y respira su cultura con un orgullo contagioso. Visitar Montehermoso es entender que un objeto artesanal puede ser un libro abierto, que una fiesta puede ser el corazón de un pueblo y que los sabores más sencillos son, a menudo, los más memorables. Es, en definitiva, descubrir uno de los secretos mejor guardados de Extremadura, un lugar que te recibe con los brazos abiertos y te despide con el alma un poco más rica.
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