Opinión | Norbani

Periodista
Si Bad Bunny fuese cacereño...
Bad Bunny celebró la intemperie cultural para no confundir identidad con frontera

Bad Bunny, en el 'half time show' de la Super Bowl. / EP
Bad Bunny apareció en la Super Bowl -el altar mayor del entretenimiento yanki- hablando español, reivindicando acento, origen y mezcla, en un país que siempre se mira el ombligo con gesto proteccionista (incluido en el ‘showbiz’, pese a que se estima que hay más de 68 millones de hispanos viviendo en EE. UU). No fue solo un número musical: fue una declaración política y una bofetada al ‘trumpismo’. En un país que levanta muros y que con la Administración Trump vuelve a confundir identidad con frontera, Bad Bunny hizo justo lo contrario: celebró la intemperie cultural.
No es un detalle menor. La Super Bowl es el escaparate donde ‘yankilandia’ se mira y se reconoce en su cultura ‘propia’. Y ahí, en ‘prime time’, sonó una lengua sin subtítulos (que apenas existen en ese país). El mensaje fue claro: la cultura no se protege candándola, se fortalece mezclándola. Algo que entiende, cada año con más fuerza, la Academia de Hollywood; otra institución de demócratas ricachones demonizada por Trump.
Si Bad Bunny fuera extremeño/cacereño probablemente no cantaría reguetón, pero sí defendería con la misma convicción lo que algunos llaman ‘habla rara’ y otros, con más rigor y menos complejos, patrimonio lingüístico. Porque lo que hizo en ese escenario conecta directamente con el ‘estremeñu’ o lo que ocurre en un rincón periférico de Europa Sur: la Raya luso-cacereña de Sierra de Gata, donde A Fala resiste como una lengua viva, cotidiana, no museística.
A Fala -en sus variantes de valverdeiru, lagarteiru y mañegu- no es folclore de domingo ni una excentricidad local. Como el español caribeño de Bad Bunny, no nació en un despacho ni se normalizó en un BOE: se hizo en la frontera, en el comercio, en la convivencia, en la necesidad de entenderse. Extremadura sabe bien lo que es defenderse desde el margen. Durante décadas se nos explicó que progreso era parecerse a otros, limar acentos, esconder palabras. Ahora el discurso empieza a invertirse: lo singular no resta, suma; arraiga. No excluye; explica. Y su defensa -todavía frágil- dice mucho de qué pueblo queremos ser.
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