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Opinión | Norbani

Cáceres

Toros capitalinos

La decisión del Ayuntamiento de Cáceres de redoblar su apoyo a la tauromaquia, con una inversión de 160.000 euros, suscita debate sobre el uso de recursos públicos y la imagen cultural que se proyecta a Europa

Imagen del montaje de un concierto en la plaza de toros de Cáceres.

Imagen del montaje de un concierto en la plaza de toros de Cáceres. / EL PERIÓDICO

En la carrera hacia la Capital Europea de la Cultura 2031, Cáceres se enfrenta a una paradoja que cabe en dos palabras: toros capitalinos. Capitalinos por la aspiración europea; toros por la recuperación institucional (en la presente legislatura de Mateos) de una tradición que divide tanto como la Cruz de Plaza de América. La cuestión es reflexionar acerca de si cuando una ciudad compite por un sello cultural de dimensión continental, cada decisión simbólica pesa tanto como cada partida presupuestaria.

Formalmente, nada impide que una ciudad con tradición taurina aspire al título europeo

La recuperación de los festejos taurinos por parte del Gobierno local del PP —tras la etapa anterior de Salaya en la que no se licitó la explotación del coso de la Era de los Mártires— ha generado controversia política y cultural desde el inicio de la legislatura. Unidas Podemos (UP) habla de “contraprogramación” y el Grupo Socialista ha rechazado la iniciativa para solicitar a la Junta de Extremadura el reconocimiento de la ciudad como 'Municipio Taurino de Extremadura' por considerar que el debate no es solo cultural, sino de prioridades presupuestarias.

El concejal de Cultura, Jorge Suárez, ha defendido que este paso sirve para "reafirmar" la apuesta municipal por la tauromaquia "como manifestación cultural con profunda raíz histórica en la ciudad, apoyando a un sector que genera actividad económica, tradición y afición".

En la misma línea, el portavoz municipal de Vox, Eduardo Gutiérrez, ha defendido la iniciativa al considerar que Cáceres reúne los requisitos por su trayectoria taurina. Y ha apelado al "respeto" entre posturas y ha pedido reciprocidad hacia quienes ven la tauromaquia como cultura, al señalar que quien no la comparta "puede no acudir" sin impedir que otros la defiendan como parte de una tradición local.

Formalmente, nada impide que una ciudad con tradición taurina aspire al título europeo. La evaluación se centra en la calidad del programa cultural, su dimensión europea, la participación ciudadana y el legado a largo plazo. Pero la cultura institucional no es solo normativa: es también relato, posicionamiento y reputación. Y en ese terreno, la tauromaquia es hoy un elemento de alta polarización.

El debate, pues, es estratégico. ¿Encaja la promoción activa de la tauromaquia en el concepto de ciudad que se quiere proyectar a Europa? ¿Refuerza la singularidad cultural o introduce un ruido que desplaza el foco de otras fortalezas —patrimonio histórico, creación contemporánea, innovación cultural— que podrían articular la candidatura?

Además, la discusión incorpora una dimensión presupuestaria. La aportación municipal prevista para los festejos —160.000 euros para tres espectáculos— ha sido señalada por la oposición como un uso discutible de recursos públicos en un contexto de prioridades sociales diversas. En una candidatura europea, el destino de cada euro es también un mensaje político y cultural.

Reducir el debate a un enfrentamiento identitario sería un error. La tauromaquia forma parte de la historia cultural de amplios territorios y cuenta con defensores que la reivindican como patrimonio. Al mismo tiempo, su legitimidad ética y su respaldo social son objeto de cuestionamiento. Esa tensión existe y no desaparece ignorándola.

Quizá la pregunta de fondo no sea si los toros impiden la capitalidad cultural —no lo hacen per se—, sino qué modelo cultural quiere priorizar Cáceres en 2031 (algo que se desconoce).

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