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Opinión | Norbani

Cáceres

Cultura en disputa

La cancelación del concierto de Pablo López en el Stone & Music por su actuación en Cáceres reabre el debate sobre la saturación de festivales

Un concierto en el Teatro Romano de Mérida.

Un concierto en el Teatro Romano de Mérida. / EL PERIÓDICO

La cancelación del concierto de Pablo López en el Stone & Music Festival de Mérida (con el de Sanguijuelas del Guadiana en el aire) reabre una polémica que merece una reflexión más aguda que la mera suspensión de una actuación. Según la organización y la normativa del Consorcio de la Ciudad Monumental la decisión se debe a la cláusula de exclusividad por un concierto del artista dentro del ciclo Monumental Cáceres, previsto para el próximo mes de septiembre. Una explicación algo laxa, no por el fondo (la normativa del consorcio establece que los conciertos no institucionales que se celebren en el Teatro Romano deben ser exclusivos en Extremadura durante ese año) sino por la forma (o las formas).

Ambos conciertos ni siquiera compiten en el calendario, pero sí lo hacen en el territorio

El problema no es únicamente la cancelación en sí, sino la cronología de los hechos. El cartel de Monumental Cáceres fue presentado el pasado 21 de abril, con nombres como Raphael, Vanesa Martín, Rosario Flores y el propio Pablo López, en una programación diseñada para conmemorar el 40 aniversario de la declaración de Cáceres como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Es decir, la actuación del cantante en la capital cacereña era pública y conocida desde hacía semanas. Sin embargo, el anuncio de la cancelación por parte del Stone & Music no llegó hasta el 10 de junio, apenas unos días antes del concierto previsto en Mérida...

Ambos conciertos ni siquiera compiten en el calendario, pero sí lo hacen en el territorio. Uno estaba previsto para junio y otro tendrá lugar tres meses después. Quizá el problema sea otro más allá de la rigidez normativa: la creciente saturación de festivales y ciclos musicales que se extiende por toda España. Y resulta aún más llamativo que una comunidad que quiere reforzar su atractivo cultural proyecte una imagen de competencia interna (por mucho que hablemos del Teatro Romano de Mérida).

Administraciones públicas, promotores privados y entidades culturales apuestan por convertir la música en una herramienta de promoción turística y de dinamización económica sin orden ni concierto (nunca mejor dicho). El resultado: una oferta cada vez más amplia, pero también una competencia cada vez más intensa.

Quizá el episodio vivido estas semanas sea simplemente una anécdota. O quizá sea el síntoma de una tendencia más preocupante. La de una industria cultural que, después de años de expansión, empieza a encontrarse con sus propios límites. Y aquí es cuando la cultura deja de ser un punto de encuentro para convertirse en un terreno de disputa.

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