Ni la cruz ni la esvástica son símbolos únicos y exclusivos de los cristianos y de los nazis, respectivamente. Ambos símbolos ya aparecen representados en la Prehistoria Reciente de muchos puntos geográficos. Tanto uno como otro tienen virtuoso valor en las diferentes culturas siempre que no se les mancillen agregándoles lastres genocidas, homófobos, supremacistas o xenófobos.

Las Cruces de los Caídos que se alzaron por el bando golpista, culpable de incendiar nuestro país con una terrible guerra civil (mejor llamarla guerra de sedición) y de implantar una sanguinaria dictadura, no son simples vestigios inocuos, sino que son parte de la realidad represiva y la política del odio de un régimen condenado por la ONU el 9 de febrero de 1946. Se levantaron como exhibiciones permanentes de la impunidad de un régimen espurio, impuesto por la fuerza de las armas. Nunca buscaron la reconciliación y la paz, sino que se aprovecharon de espacios públicos para sacralizar el conflicto bélico.

No son, pues, cruces cristianas, sino cruciformes lastrados por la homofobia, el supremacismo y la xenofobia. Quienes apoyan su permanencia están blanqueando a los genocidas. ¿Acaso queda alguna esvástica nazi en algún lugar de Alemania…?