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Carta a la directora

El salvaje oeste extremeño, las peripecias de los pacientes que viajan al hospital

Odisea para recibir tratamiento en el centro hospitalario más cercano

Uno de los hospitales de Cáceres, en una imagen de archivo.

Uno de los hospitales de Cáceres, en una imagen de archivo. / EL PERIÓDICO

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Florencio Moreno Anega

Valencia de Alcántara

Amanece, que no es poco, en la localidad cacereña de Valencia de Alcántara cuando un anciano es cuidadosamente aseado y vestido por su cuidadora.

Le espera un trayecto de cerca de cien kilómetros por una carretera que conoce muy bien, aunque lamentablemente ya no puede recorrer sin ayuda. Ésa es justamente la distancia hasta el hospital más cercano, donde está citado para recibir una transfusión sanguínea urgente que aminore en lo posible su anemia galopante.

Toca esperar cuando por fin alcanza su objetivo. Pasan las horas durante su estancia en una anodina habitación, donde recibe el fluido que le mantiene con vida. Cuando terminan de transfundirle la segunda bolsa se han superado con creces las seis de la tarde.

Deseoso de volver a su hogar, espera con ansiedad una ambulancia que no llega. Cuatro horas después, desesperados tanto él como su compañera de vida, deciden llamar a un taxi, que, al filo de la medianoche, los devuelve a su lugar de residencia por una módica tarifa de 130 euros.

Día sí, día también, esta es la vida cotidiana de ancianos y enfermos en esa zona, depauperada hasta el hartazgo, deprimida sin remedio y olvidada hasta la náusea, del oeste extremeño.

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