El espíritu del Londres de 1995 era, como dice Caitlin Moran, «machista, triunfal y emocionalmente reduccionista». Yo añadiría farlopero, pueril y rockista. Lo sé porque estaba allí, aunque nadie me invitó a lonchas en el Groucho Club. Pese a que imperaba la idealización de la clase obrera, yo seguía fregando la puerta del McDonald’s de Warren Street, que los corceles de la cuadriga de oro de Liam Gallagher me dejaban cada día perdidita de bostas. Caitlin Moran cuenta en Cómo ser famosa (Anagrama) la misma época desde un punto de vista no oficial: una chica de 16 años con acento de pueblo, exceso de peso, extravío vital y afición a los sombreros, que entra a trabajar en uno de los ambientes más rancios de la historia: la redacción de una revista de rock. La novela habla de amor, críticos musicales, Londres, sexo chungo, sexo guapo, riot grrls, cómicos stand-up abusivos y por qué los famosos no llevan abrigo a pesar de todo.

-¿Diría que ha entrado usted al club de los famosos?

-Si, pero no como Chris Martin de Coldplay. Yo soy famosa en un 7%. Solo me siento famosa si voy a un club gay, una biblioteca o cualquier sitio donde haya chicas gordas con demasiado maquillaje. Ser famoso es muy raro. Un síntoma del brote psicótico es que crees que la gente te mira y habla mal de ti. Cuando eres famoso te sucede eso, y encima es verdad. Mi libro iba a ser una guía sobre cómo ser famoso, pero mis editores me dijeron que aquello solo iba a interesar a dos personas: Chris Martin y Adele. Así que me centré en la trama de abuso, y la fama se convirtió en tema colateral.

-Los 90 del Britpop fueron pestilentes en varios sentidos.

-Las fiestas eran muy distintas si eras chico o chica. Podías escoger mal y terminar en una habitación con alguien peligroso. Cuando me metí en ese mundo yo tenía 16 años, el Britpop se hizo enorme porque las fans de mi edad empezaron a comprar los discos, y eso molestó a muchas bandas. Pero que les gustes a las adolescentes te da mayor poder y mayor libertad creativa. Los Beatles pudieron permitirse todos sus cambios y evoluciones porque gozaban de la pasión incondicional de un ejército de chicas. Mis hijas están obsesionadas con el Britpop, yo les digo que es mucho mejor ser adolescente ahora, y que si consiguen una máquina del tiempo los 90 son la última década que deberían visitar. En los 90, las adolescentes no tenían ningún valor a no ser que te las pudieses follar. Si hicieses una estatua del Britpop tendría 47 penes y cinco tetas. No había mujeres.

-Huggy Bear o Bikini Kill ya existían en 1992, pero eran minoría.

-Nunca logré que me interesara lo riot grrl, porque era un fenómeno muy insular y tenía muchas normas y nació como club privado y yo estaba ocupada escuchando a American Music Club y llorando en mi dormitorio. Además, tenías que llevar una ropa que no iba con gordas como yo. Y solo hablaban con fancines. Eran grandes feministas escondidas en un lugar al que ninguna chica sin carnet cool podía acceder. Siempre me dije: esto debería encantarme, pero no me siento invitada. El feminismo tendría que ser para todo el mundo. Estar en la tele y en las películas. Qué sentido tiene hacer la revolución para cuatro enrollados.

-Nik Cohn dice que el gran secreto del Swinging London era que no tenía swing. Lo mismo puede decirse del Londres Britpop.

-Era algo que solo interesaba a seis personas, una escena muy parroquial. Yo iba al Good Mixer, sitio Britpop por antonomasia, porque vivía al lado y, como me cortaban el teléfono a menudo, la gente solía dejarme mensajes allí. Creo que lo que dices sucede en todos los sitios que se admiran en retrospectiva. En El Mago de Oz, cuando te acercas descubres que solo es un tío tras la cortina. Creo que todos estos fenómenos alucinantes del pasado son eso: un tío detrás de la cortina.

-A veces se sale del personaje, como los actores. Habla de Johanna y de repente es usted.

-Johanna soy yo en un 85%. Si no me sucedió a mí les sucedió a amigos. Mis tres mejores amigas, que vinieron a Londres desde las provincias a edades parecidas a la mía, tuvieron experiencias parecidas, con hombres parecidos, en situaciones parecidas. Todas vieron el lado oscuro del Britpop. Si eres un niño solo en una gran ciudad, los hombres que gravitan hacia ti y vienen a hablarte en las fiestas suelen ser…

-Pedófilos.

-¡Sí! Dios santo, el Britpop era un hervidero de pedófilos. Un día haré el documental Pedófilos del Britpop. No sé si la obsesión con la colegiala sexy es algo solo inglés, en la época las adolescentes existían para ser folladas. Daba igual si eras gorda y fea, todos querían metértela. Y aunque se suponía que yo estaba en la redacción de un semanario musical con hombres progresistas, existía una corriente general de pensamiento que decía que las chicas rockeras no molaban, y que lo mejor era follártelas.

-En los 90 ingleses se glorificó al gañán borracho y futbolero.

-Si relees revistas como Loaded te darás cuenta de que es peor de lo que recuerdas. Los periodistas entrevistaban a actrices o cantantes y decían, literalmente, que querían follárselas. Parte de esto fue una reacción al feminismo indignado de las riot grrrls. Como los hombres no entendían nada, solo que unas tías les estaban riñendo, efectuaron una regresión y empezaron a comportarse como niños díscolos. Si eras una chica a la que le gustaba beber, el rock’n’roll y el fútbol, entonces tenías que ser, básicamente, un tío. Un hombre-mujer. No existía una palabra para ti.

-En su libro aparecen muchos críticos musicales. Siempre me he preguntado cuál es su utilidad en este mundo.

-Bueno, desde un punto de vista social, la crítica musical de la época servía para que los escritores de clase obrera pudiesen conseguir un trabajo bien pagado. Era como un Estado del bienestar. Tres generaciones de los mejores periodistas británicos de clase obrera pasaron por la prensa musical. También tenía una parte mala: el examen de ingreso para entrar en el club de guais era destrozar a una banda. Y siempre eran bandas que podías permitirte hundir, como Ned’s Atomic Dustbin o The Wedding Present. Era un deporte sangriento, como la caza del zorro, y lo abandoné.

-Habla de prejuicio misógino, pero no de clasismo. ¿Es porque no topó con él?

-Lo bueno del Britpop era que, aunque estuviese lleno de estudiantes pijos, lo que se glorificaba era la cultura de clase obrera. O una parodia de ella, si quieres. La competición era por quién era más proleta. Lo que sucedía era lo opuesto al clasismo: un montón de pijos hablando con acento cockney. Pero tampoco era una relación sana, para mucha gente se convertía en un fetiche, algo que era casi turismo sexual, «me he follado a esa curriqui».

-Me gusta que su libro hable de los feos y gordos. Esas discriminaciones milenarias siguen sin resolverse.

-No tenemos palabras para esos problemas. Solo puedes decir feo y gordo, pero nadie dice esas palabras, se convierten en algo que se comenta a tus espaldas, una vergüenza. Los adolescentes han resuelto este problema. Mientras los adultos andábamos preocupados por los filtros de Instagram, dismorfia corporal y bulimia, exigiendo leyes que controlaran esto y aquello, ellos han empezado a abrir cuentas de body positive. Chicas enormes, chavales en silla de ruedas, chicos con acné... están todos diciendo: estoy aquí, esto es lo que soy, hablemos. Antes estaban escondidos.

-En los años 90 la gordura solo era aceptable si eras hombre y famoso.

-Este marzo se cumplen cinco años de la invención de la palabra dadbod [fofisano]. La acuñó una estudiante de psicología de 19 años, que empezó un maravilloso debate sobre quién lo era, quién no, top tens de dadbods, etcétera. Y todo eso está muy bien, pero lo que quiero saber es donde está mi mumbod. Las mujeres acuñamos una palabra para que los hombres se sintiesen mejor con sus cuerpos, y cinco años después seguimos sin tener el equivalente femenino.