Según leí hace tiempo del gran crítico Haro Tecglen, hay un dicho inglés: «Nunca se puede interpretar mal a Shakespeare». Supone que la fuerza de la acción y la emoción de textos prodigiosos superan cualquier error de adaptación, de dirección, interpretación o decorado. Empero, me gustaría haber tenido al lado -en algunas ocasiones- a una hermana, profesora universitaria de literatura inglesa (experta en Shakespeare), para que me dijera si era posible rectificar ese dicho. Porque en el Teatro Romano he visto acuchillar, mal y pronto, espectáculos de contenido grecolatino de este autor. Justamente, en un ‘Antonio y Cleopatra’, dirigido por José Tamayo en 1980. Fue la última puesta en escena en Mérida de este director (ya entrado en años), admirado por sus espectaculares montajes (de ‘tamayomascope’) que hacían las delicias a un público popular y a multitudes de emeritenses participantes como figurantes romanos (de ‘pecholatas’). Un espectáculo en el que falló, sobre todo, por el error de poner a la cantante Massiel -carente de oficio teatral- interpretando a Cleopatra. Algo que suscitó polémicas que tenían mucho de significativo y de precedente porque la cantante -entonces popularmente de moda- desplazaba al mismo Shakespeare y empezaba a hacer valer en los repartos teatrales, a medida que se consolidaba esa ‘sociedad de consumo y de la información’, la búsqueda más y más no ya del nombre cotizado en el ‘mercado teatral’, sino en el de la canción e incluso de la mera ‘actualidad’.

El dicho inglés, raro significaría para un director como José Carlos Plaza que ha logrado montar los mejores espectáculos del autor británico en el país. Y, precisamente, en el Teatro Romano dos veces el de ‘Antonio y Cleopatra’, obra tan compleja que exige gran conocimiento de Shakespeare y de unos valores que van más allá de los puramente formales en el teatro. El primero de los montajes fue en 1966, en versión de Jenaro Talens, con los actores Magüi Mira (Cleopatra) y Chema Muñoz (Antonio); el segundo, el representado el pasado jueves en el Teatro Romano -que días antes se había estrenado en el Festival del siglo de Oro de Almagro- por la Compañía Nacional de Teatro Clásico (CNTC).

Sobre la obra, es sabido que Shakespeare, al descubrir el Renacimiento italiano y extraer de Plutarco, Horacio, Plinio y Montaigne el tema histórico de ‘Antonio y Cleopatra’, entrelaza sus motivaciones contemporáneas con un pasado histórico universal que lo incorpora al de su propia época: la Inglaterra isabelina amante de la violencia y la alegría, las lucubraciones filosóficas de largo alcance y la poesía de alto vuelo. Marco Antonio, el joven brillante y decidido oportunista que apareciera en ‘Julio Cesar’, es presentado ahora convertido en el triunviro de edad madura, con ansias de placer y diversiones, que se halla en medio de una tempestuosa relación amorosa entre dos culturas antagónicas: la de la sensualidad y opulencia de Egipto y la de una eficiencia fría y calculadora de Roma. Shakespeare combina de forma compleja las relaciones de estos dos amantes dominados por una pasión incontrolable de la cual brotan sus virtudes y sus defectos, sus aciertos y sus grandes errores; y que, al final, confirman una sorprendente paradoja y reflexión en el plano intelectual: ambos han logrado la dimensión de héroes, Antonio al morir reconciliado por completo con la causa de su caída y Cleopatra al renunciar a una vida desprovista del hombre a quién amó sin límite alguno.

Un ‘Antonio y Cleopatra’ emocionante JERO MORALES / EFE

Con amplio conocimiento de Shakespeare, el poeta Vicente Molina Foix hace una excelente traducción/adaptación de la complicada (en el texto original intervienen 34 personajes hablados además de oficiales, soldados y mensajeros) y más discutida obra del genio inglés, articulada en cuarenta ‘cuadros’ separados en localizaciones geográficas distintas, más de las que usó en cualquier otra obra. Respeta el texto inglés e insufla actualidad al tema universal con nuevos significados y nuevos matices, enfatizando la riqueza del lenguaje -mixtura del género tragicómico y melodramático- que sabe hacer reír y emocionar al mismo tiempo contraponiendo conductas, acciones, sentimientos con historias negativas como foro para exaltar las cosas positivas. En el lenguaje de la pasión y las aspiraciones que domina la obra, destaca líricamente la retórica pomposa de los egipcios contrastada con la elevada retórica romana del tiempo y del deber.

En la interpretación, la compañía ha contado con un excelso elenco de actores que hacen un trabajo fascinante

La puesta en escena de Plaza, que dura dos horas y media, logra una historia intensamente teatral bien contada de todas las complejidades del texto, que vuelan rápidas a un ritmo equilibrado del espectáculo dinámico, absorbente y rotundo. Se trata de un desfile de cuadros en movimiento ‘por capítulos’ que resuelve en el montaje con indudable maestría, manejando el amplio espacio de una escenografía (de Ricardo S. Cuerda) de grandes módulos de efecto espejo, que proyectan hermosas composiciones en los cambios de unidad escénica, donde se mueven perfectamente los actores en armonía con la ambientación musical y luminotécnica. Si el montaje de 1996 fue bueno (con algunos altibajos), este lo supera en belleza y depuración extrema. Ajusta con precisión en los actores aquellos micros traicioneros y acierta en los ritmos internos, biológicos, creadores de esa atmósfera de lo sobrenatural, de esas influencias sensibles -aunque invisibles- que pesan sobre los destinos de los personajes, características del teatro de Shakespeare.

En la interpretación, la compañía ha contado con un excelso elenco de actores que hacen un trabajo fascinante. En todos destaca su presencia escénica y sus potentes y cadenciosas voces que declaman con sorprendente naturalidad. Ellos son: Ernesto Arias (Enobarbo), Israel Frías (Pompeyo), Javier Bermejo, Fernando Sansegundo (Lépido), Olga Rodríguez (Carmia), Elvira Cuadrupani (Octavia), Rafa Castejón (Mensajero), Carlos Martínez (Dolabela), Luis Rallo (Seleuco) y José Corbetera (Eros).

Pero la función alcanzó cotas altas en los roles de los protagonistas, vibrantes en una bien construida línea de diálogos. Tanto Ana Belén -que aporta la belleza de una eterna juventud- en Cleopatra como Lluís Homar en Antonio, llenos de lirismo expresivo alcanzan el ritmo justo de sus movimientos, sus gestos y la declamación de sus parlamentos, que son claros y significativos. Ana Belén (que es cantante pero también gran actriz, con una larga trayectoria desde los años 60 de sus inicios en el TEM, con los grandes maestros Laytón y Narros- luce iluminada su experiencia en su difícil personaje ambivalente de mujer vana e histriónica pero con una inteligente vertiente política muy importante, sacando a relucir su raza de tensa fibra cómica y dramática.

La función, que atrapó al público, desde el principio hasta el final, manteniéndolo con un silencio hierático, recibió cálidos aplausos.