No acostumbra dar ruedas de prensa, no hace presentaciones de libros y está considerado, al menos por la crítica especializada, como un autor de culto, o el mejor escritor secreto de España como le han llamado otros, pero al que un público inmensamente mayoritario sigue dándole la espalda, un escritor que, además, todavía no ha logrado ningún gran premio literario y al que la revista cultural ‘Turia’ le dedicó este año un monográfico. Ese escritor es Gonzalo Hidalgo Bayal (Higuera de Albalat, Cáceres, 1950), que este septiembre ha publicado ‘Hervaciana’ (Tusquets), libro en el que, como páginas arrancadas de un álbum, evoca sus años de estudiante en el internado del Real Colegio de San Hervacio, en el que hilvana historias a modo de cuentos, empezando por la de Adames, un alumno tres cursos mayor que él al que bautizó como’ el’ poeta, al que admiraba y con el que compartió momentos llenos de literatura, al que buscó, durante un tiempo, en los catálogo de libros, pero que nunca encontró y del que echa de menos «lo que hubiera escrito, lo que hubiera seguido escribiendo, lo que pudiera estar escribiendo ahora...!».

La editorial se refiere al libro en estos términos: «Este es en apariencia un libro de evocaciones sobre los compañeros y maestros del autor en el Real Colegio de San Hervacio, un internado extremeño en pleno franquismo. Surgidas de la memoria involuntaria que activan ciertos nombres o algunos objetos, propiciadas por reencuentros inesperados años más tarde, sus historias recrean escenas de una edad febril y atemorizada, en un universo colectivo de pupitres, recreos y dormitorio común. Y nos hablan de un tiempo de formación y descubrimiento del mundo, pero también de la vida encogida y avergonzada de los más humildes, del descaro de los afortunados, de las resistencias obstinadas o la sumisión callada, de los júbilos de las mañanas y los llantos de la noche, de los regresos y las despedidas. Con la voluntad de redescubrir y comprender lo ocurrido, cada relato del extremeño sigue el hilo hasta un verdadero desenlace. Y lo más importante, con la prosa más deslumbrante, cada historia nos habla de la forja del carácter, de cómo, con su fortuna o su condena, condiciona nuestra vida posterior».

Y precisamente, al asistir a un funeral, ahora en la plenitud de los días, le viene la memoria el relato de Pastor, ese compañero con el que jugaba, ese compañero al que no eligió para formar un grupo para charlar, debatir o comentar (Pastor sí lo escogió a él) , ese del que apenas sabía cuatro o cinco datos, ese mismo «Al que nunca he olvidado y que estas páginas son la forma de pregonarlo». Este es el segundo capítulo, al que le siguen otro sobre el compañero Buendía, al que acusaron de robar dinero de la mesilla de Cantilejo, hasta llegar al número 13, el dedicado al Cancerbero, o lo que es lo mismo a Saturnino, el portero, de 40 años, discapacitado al que le gustaba ser tanto portero del colegio como de los partidos que jugaban en los recreos, ese mismo que un día llegó por sorpresa y con la misma sorpresa comprobaron que había desaparecido con el tiempo. Nunca más volvieron a saber de él, «como tampoco volvimos a saber de la mayoría de quienes habíamos pasado allí aquellos años, tan tristes y felices como perdidos e irrecuperables». Constatación esta con la que da por concluido ‘Hervaciana’.

Muy particular

Este libro de cuentos es, en opinión de la librería La llar del libre, muy particular. No solo, explica, por su unidad temática, debida a que todos ellos tratan sobre los años pasados por el autor y narrador (la misma persona en este caso) en el citado colegio, su vida y la de sus condiscípulos y maestros, sino también «por ser un raro ejemplo de lo que suele llamarse «fiction-non-fiction», que generalmente trata de asuntos públicos o al menos de ‘sucesos’ (como ‘A sangre fría’), pero que en este caso se dedica a un mundo privado, íntimo, cuya experiencia se intenta restaurar con la mayor fidelidad que sea posible, si bien fragmentariamente y con un amplio espacio para la duda y la cavilación».

Esto, que podría hacer de ‘Hervaciana’ más bien un libro de memorias, es, sin embargo, «lo que convierte estos recuerdos en relatos. Todo lo que se cuenta es cierto y hasta el más mínimo detalle conjetural es escrupulosamente señalado como posibilidad no comprobada. Es decir, no hay hechos de ficción en estas páginas. Sin embargo, como en la ‘fiction-non-fiction’ referida, todo es narrado con los recursos de la ficción -personajes, anécdotas, desarrollo- y es al fin el ‘rechazo’ de la ficción lo que determina que estas evocaciones sean cuentos. Ya que, en lugar de procurar despertar y aumentar el interés de su narración con los recursos de intriga y suspenso propios de la ficción, Hidalgo Bayal hace de la voluntad de redescubrir y comprender lo ocurrido el hilo de cada relato. Es esto lo que está detrás de la acumulación de detalles y de las digresiones, pero es también lo que da forma al relato y, sobre todo, lo que conduce a cada uno de ellos a una conclusión, un verdadero desenlace», concluye la librería en su web.

Recomendado por la revista literaria Zenda, este ¡nuevo libro del autor de ‘Nemo’ o ‘Campo de amapolas blancas’ (en el que también hace referencia a su paso por el San Hervacio y en el que narra la historia de amistad de dos niños que se conocen en ese este colegio religioso) no es igual a otro libro que me viene a la cabeza, ‘Balcón en invierno’, de su amigo y admirador autor extremeño Luis Landero. Ambos son distintos, pero ambos nos llevan con nostalgia a la memoria del pasado, a la memoria de lo vivido y sentido.