En mis tiempos no había. Se decía de tal profesor, casado, o de tal otro estudiante, que siempre iba con niñas porque los chicos le machacaban y ni siquiera recuerdo si me producía o no rechazo su comportamiento amanerado o la conducta de los otros. Había otro chico con discapacidad intelectual que siempre estaba en quinto curso y, más tarde, mucho más tarde, una chica en silla de ruedas a la que le perdí la pista cuando me fui a estudiar a otra ciudad. Era un ambiente que a mí se me antojaba más heterogéneo de lo que en realidad se vivía en las aulas, con sus disrupciones, sus repetidores y esa clase de tercero de BUP en la que colgamos un póster de Aerosmith con dos tías enseñando las tetas y, en la otra punta de la pizarra, uno de Georg Solti dirigiendo, cuando aún le faltaban cinco años para morirse. Esta mañana se celebra el V Pleno contra la LGBTIfobia en la Asamblea de Extremadura. Tras la suspensión del pleno de forma presencial en el pasado curso escolar, explica Fundación Triángulo, y con el incremento de las agresiones hacia las personas LGBTI, su presidenta regional, Silvia Tostado, manifestaba: «Es el momento de volver a ocupar espacios para visibilizar la necesidad de poner en marcha, en todos los espacios educativos de nuestra región, lo que sea necesario para que la diversidad se viva y aborde de forma adecuada, ya que las discriminaciones a las que hacen frente alumnado, personal docente o familias, en función de su orientación sexual, identidad o expresión de género, tienen consecuencias irreparables a lo largo de sus vidas».

Qué bonito es imaginar una sociedad que abrace las diferencias como algo rico y deseable: «Porque a Alá le encanta la variedad», decía Morgan Freeman, creo, en una película que no recuerdo. 

En uno de esos plenos contra la LGBTIfobia, Pablo Cantero recitó un poema en la Asamblea, delante de sus señorías. Fue en 2017, el segundo que se celebraba. Que los patios y las aulas sean espacios seguros, pidió. Luego habló de esa mujer lesbiana que definió las lecturas de toda una generación, la mía: «Ya ves qué tontería, / me gusta escribir tu nombre, / llenar papeles con tu nombre, / llenar el aire con tu nombre, / decir a los niños tu nombre, / escribir a mi padre muerto / y contarle que te llamas así. / Me creo que siempre que lo digo me oyes. / Me creo que da buena suerte. / Voy por las calles tan contenta / y no llevo encima nada más que tu nombre». 

Pero hay nombres que dan miedo si uno los escribe. Aunque nadie más los vea. Yo no tenía miedo de los míos y nunca tuve la sensación de que eso era un privilegio. Algo que para mí era más fácil. Mucho más fácil. Ni siquiera se trataba de que me correspondieran o no, que no lo hacían: seguía siendo fácil. 

Nadie, eso sí lo puedo decir, escribió «Maricón» en la pizarra cuando entró un profesor. El primero del que supe que salía del armario en la primera clase (que, además, es de Universidad), «porque total, lo vais a saber enseguida» es (nunca se lo he contado) José María Núñez, presidente nacional de Fundación Triángulo. Pero yo, por aquellos entonces, no le conocía. Quién me iba a decir a mí que unos años después íbamos a compartir las vidas. Las vidas enteras: amores, desamores, activismos, dificultades, desahogos, negociaciones de leyes, risottos de setas, bailes, manifestaciones, cafés y obras de teatro.

«Muchas veces escondemos bajo la etiqueta de acoso escolar la homofobia y lo hacemos porque nos faltan recursos para detectar sus características concretas», decía Fran Amaya en ese mismo lugar.

Son los jóvenes que estudian en el instituto o en el colegio. Manejan las aplicaciones que les gustan de las tablets y los videojuegos, como cuando yo era chica, son estimulantes. No miran a la luna y la luna está triste por eso. Las pantallas, los niños RAM y los niños analógicos y las ojeras de la luna son base del espectáculo infantil que han creado Ana Moríñigo, sus gemelos, la música de Salvador Rojo-Gamón, los músicos de la Orquesta de Extremadura (OEx) y el Aula de Coro del Conservatorio de Montijo, dirigidos todos por Beatriz Fernández. Es un espectáculo para niños a partir de seis años (Alba, ¿la recuerdan? ya tiene 13 años) y se pueden llevar sus juguetes favoritos: peluches, muñecos pelones, lo que quieran. Siempre que no tengan pilas y no hagan ruido. Y los padres, ojo, que no salgan sin su móvil. ¿Para qué queremos un móvil en un concierto? Ya lo averiguarán: estarán a las ocho de la tarde, hoy y mañana en Mérida y Plasencia, respectivamente, y el domingo a las doce de la mañana en Badajoz, siempre en los palacios de congresos de las tres ciudades.

No hay espectáculos que muestren las identidades y los deseos de muchos niños y adolescentes, ni sus discapacidades (no las llamo «capacidades diferentes» por respeto a un par de amigos que me matarían si se me ocurriera. Como ellos sí son discapacitados, les hago caso en todo el discurso que puedo). Lanzo ideas. No hay tanta diversidad encima de los escenarios. Hay más, pero no hay tanta.