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La cultura que nos viene

Un sueño tonto y no más

Antonio Vega en una imagen de 2005.

Antonio Vega en una imagen de 2005. / Héctor Montufo Montilla

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Con Antonio Vega nos pasó, a muchos, lo que con Freddie Mercury y Diana de Gales: que sabemos perfectamente qué estábamos haciendo cuando murió. Con el primero, yo estaba en el instituto, hablando con Mamen Flores (a la que pueden encontrar ustedes como Carmela Caramela, porque tiene una línea de moda inspirada en Extremadura -ella es de Casas de Don Pedro- que es una auténtica preciosidad y que, además, no es fast fashion. Con la segunda, estaba limpiando el pasillo de la casa materna. Con Antonio Vega yo ya era periodista cultural, trabajaba en Canal Extremadura Radio y me tocó decir la noticia y no lo pasé bien porque Antonio Vega nos había dado grandes himnos: «El sitio de mi recreo», «Lucha de gigantes», «La chica de ayer», «Se dejaba llevar», «Desordenada habitación» o, sobre todo, para mí, «Seda y hierro», porque alguien a quien quise y que me conformó -me dio forma- más de lo que lo ha hecho ninguno de quienes vinieron después, me escribió un 31 de diciembre de hace ya demasiados años y me dijo: «Eres esa canción».

Y cada vez que escucho lo de «Donde las haya, tenaz, mujer de cartas boca arriba / siempre dispuesta a entregar, antes que sus armas, su vida» pienso en ser digna de eso y pienso en Marga. Porque Marga murió y murió Antonio.

«Éramos uno y uno y luego dos». Eso lo pudo escribir, que no lo sé, hablando de Teresa Lloret, por ejemplo, que se drogaba, igual que él. Con las drogas, todas (heroína, cocaína, MDMA, GHB incluidos, las que quieran), soy pro legalización y siempre cito a la OMS, que lleva diciendo desde 1983 que las restricciones a los opiáceos hacen que la gente en los hospitales lo pase peor (con más dolores) de lo que lo podría pasar. «No creo en más infierno que tu ausencia», cantaba Antonio Vega, musicalizando un poema de Antonio Gala que todo el mundo piensa que es del propio cantante. Habla de amor, pero se podría haber referido al mono, que él describía así: «Empiezas a tener una cagalera que te cagas, a vomitar, a morirte de frío cuando estás a cincuenta grados. Los neuroreceptores piden a gritos la heroína».

Yo eso lo he visto muchas veces. Muchas. Me he tragado monos como panes. Y ahora, que tengo edad de que los hijos de mis mejores amigas sean adolescentes, les paso la página de Energy Control y les digo que no prohiban, «porque lo prohibido atrae», como me dijo muchas veces Manuel Hidalgo, toxicómano, atracador a mano armada («me enseñaron profesionales a no pulsar el gatillo») y uno de los mejores lectores que he conocido jamás.

No sé dónde está. Posiblemente, muerto. Como Mariángeles Ballesteros, como Pablo, como el Indio, como Antonio Hermoso, que me regaló un corazón de plata que seguro que no era comprado y que andaba borracho más veces que sobrio.

Energy Control

Les mando a mis amigas la página de Energy Control y les digo: «Esto asusta, vale, pero pásasela». La información es poder, les digo. Porque, sí, en general, se drogan menos ahora que antes, pero nunca sabemos si se van a drogar. Como a los adultos no se lo van a decir, al menos que lo hagan con ciertas garantías. Con todas las que se pueda. Y cruzar los dedos. Quienes nos hemos drogado diariamente durante décadas sabemos lo complicado que es desengancharse: veinte kilos he puesto yo dejando de fumar y no hay manera de quitarlos (tampoco es que lo esté intentando con mucho ahínco, todo sea dicho).

Hay un momento en la historia de todo heroinómano en el que el caballo lo que hace es que uno esté normal. Normal y bien. Ya lo cantaron los Beatles en Helter Skelter: You may be a lover, but you ain’t no dancer. Y pueden recuperar también el Lucy in the Sky with Diamonds, que era una oda al LSD. O a Thomas de Quincey o a Baudelaire, porque las drogas nos han dejado momentazos. Como ese Sherlock Holmes pinchándose porque, ah, le ayudaba a pensar.

Y no, hablar de esto no es hacer apología. La gente confunde la información con la apología. Una habla de drogas y hace apología. Una habla de masturbación y es que está obligando a mis hijos a tener sexo.

No funciona así, pero puede que sus hijos se droguen y puede que tengan sexo: el mismo que ustedes, que sus nenes no nacieron por esporas. A veces será con amor y otras veces con lujuria y, si todo sale bien, muchas se combinarán las dos.

«De forma apasionada me he enamorado dos veces. Con Teresa fue todo muy ardiente y muy profundo. Con Marga fue completamente enfermizo, adrenalínico, taquicárdico». Eso decía Antonio Vega. «Se quedó paralizada», contaba, de un dolor de cabeza que resultó ser una encefalitis bacteriana que la dejó postrada en el hospital durante casi un mes.

No encontró fuerzas para verla.

Luego sacó un álbum, «3000 noches con Marga». «Por alcanzar su amor tres mundos recorrí: el mundo de los niños, el del loco y el que acaba por venir»: así comienza otro de sus himnos, «Ángel de Orión».

Mañana, en el teatro López de Ayala, Teo Cardalda, Nacho Campillo, Anni B. Sweet y Cira le rinden homenaje. El espectáculo se titula “El sitio de mi recreo”. Comienza a las ocho y media y se lo debemos a Pedro Barroso.

La perla

La perla

Reynold Cárdenas es cubano, su padre es músico también y es un showman divertidísimo y apasionado. Estará como artista invitado en el concierto de Anam Camerata «La sinfonía de la vida», que se puede ver y disfrutar en la Sala Trajano de Mérida este sábado a las ocho y media de la tarde. Han querido contar cómo podría ser la banda sonora de nuestra vida, desde que nacemos hasta que morimos. Como Miguel Morán y sus chicos tienen un gusto exquisito, hay Brahms, hay la Sinfonía de los Juguetes (Haydn, Mozart, el padre de Mozart, se la han rifado todos) y un mucho de Max Richter, que es un señor al que no podemos adorar más. Es una de las muchas citas imprescindibles de este fin de semana, porque 2024 va cogiendo ritmo.

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