La cultura que nos viene

Cansinos, que sois muy cansinos

Qué placer haberte olvidado de Twitter (o X o como se llame), de Facebook, de Instagram y de los periódicos, porque ha caído entre tus manos una historia de caballeros con armaduras, de doncellas primorosas (o quizás no tanto), de mujeres escribas y o de señores de castillos, que demandan y logran atraer tu atención

Niños hojean los ejemplares de un estand en la Feria del Libro de Cáceres.

Niños hojean los ejemplares de un estand en la Feria del Libro de Cáceres. / EL PERIÓDICO

Durante muchos días, mi hermano Nacho y yo, cuando éramos pequeños, nos metíamos en su cama y leíamos, a la vez, ‘La historia interminable’. Luego vimos la película y nos ciscamos en ella, porque Fújur era un puto caniche y Atreyu no llevaba trenza (un pelo lacio que tenía, el chaval...) ni era verde, por supuesto, como tampoco Bastián era gordo. Nos imaginábamos la Nada (creo que fue nuestro primer concepto filosófico absoluto) y olíamos la comida cuando los personajes la preparaban (era mi madre haciendo tostadas, pero eso da igual cuando se tienen 6 y 7 años, o menos. A esa edad ves delfines voladores en una fuente del Tívoli y crees en monstruos que viven debajo de tu cama, pero sabes que, si te pones una sabanita encima, no te pueden dañar).

Este libro me dio uno de los mejores recuerdos de mi infancia y amo a Michael Ende por encima de muchas cosas: por Atreyu y por Momo («paso siguiente, inspiración siguiente, siguiente barrida», me digo en los momentos de aturullo). Cuando eres pequeño y todo está por descubrir, las lecturas de infancia comienzan a conformarte. Leímos, por ejemplo, ‘Las manos en el agua’, de Carlos Murciano, que sigue en mi estantería porque es uno de los mejores libros infantiles del mundo. Leímos a Sherlock Holmes y Alicia en el País de las Maravillas y Puck y Torres de Malory y Los Cinco y Los Siete Secretos y Los Tres Investigadores y Los Hollister y ‘Sin familia’, de Hector Malot y 'El pequeño Lord’ y ‘Corazón’: qué jartón de llorar, con 'Corazón’, por Dios. Fue el primer libro que hizo llorar a Luis Mateo Díez, premio Cervantes. Yo no sé si este fue el primero, pero el libro con el que berreé (y cerré la última página y lo volví a comenzar) se llama ‘Rebelión de verano’, lo cogí de la biblioteca de Montijo y nunca más lo he encontrado (creo que lo descatalogaron).

Y leímos ‘La isla del tesoro’ y nos enamoramos de Stevenson y de las historias de piratas. Y ‘Miguel Strogoff’ y ‘Escuela de Robinsones’ y ‘20.000 leguas de viaje submarino’. Y ‘David Copperfield’. Y ‘De los Apeninos a los Andes’, que estaba en ‘Corazón’. Y ‘Huckleberry Finn’, por quien nombré a uno de mis gatos. Y ‘Tom Sawyer’ y ‘Príncipe y mendigo’ y todo lo de Twain que cayera en mis manos y supe por un cómic que se llamaba Samuel Clemens. Y llegó Louise Cooper a mi vida (’Espejismo’, ‘El señor del Tiempo’, ‘Índigo’). Y ‘El Señor de los Anillos’ y me enamoré de Meriadoc Brandigamo. No de Aragorn: de Merry. Soy así de original. Nunca le agradeceré lo suficiente a Rudyard Kipling que creara a Bagheera y a Akela.

Esta semana se ha celebrado el Día del Libro y tenemos una dirección general del libro y del cómic (me fascina esto: como si no fueran lo mismo). En nuestra región, más de la mitad de la gente no lee nada. A mí me parece un drama, pero todo el mundo habla de los libros como fuente de sabiduría y de cultura y oh, Dios mío, lo que me han permitido crecer y, sí, bueno, todo eso es verdad y es verdad que los libros desclasan, pero nadie dice la que, para mí, es la verdad absoluta de la lectura: que leer es extremadamente divertido porque, si no nos lo pasáramos bien leyendo, no lo haríamos.

Dame un elfo

Cuando una es periodista cultural, corre el peligro de caer en lo que me pasó a mí durante años: leer solo por trabajo. No es lo mismo, ni de lejos, leer pensando en una futura entrevista. Pero hace un par de semanas me puse mala y comencé a leer a mi ritmo habitual. Novelas en las que salen dragones, porque, a ver, soy una entusiasta lectora del género fantástico, dame un dragón, dame un elfo y un enano y un dios del caos y un mago gris y un ent y yo seré feliz.

Qué placer haberte olvidado de Twitter (o X o como se llame), de Facebook, de Instagram y de los periódicos porque hay una historia de caballeros con armaduras, doncellas primorosas (o no tanto), mujeres escribas y señores de castillos que demandan tu atención.

Mi hermano y yo los llamamos “libros guiones”, porque de literatura no tienen tanto, pero son tremendamente descriptivos para hacer una serie (que es, en general, lo que se pretende, que escribiendo nadie se hace rico, pero sí con los derechos de autor). Tolkien, CS Lewis, Pratchett y K. Le Guin están fuera de esta consideración, porque lo suyo son paternones y catedrales. Escribo esto porque hay quien lee, pero se avergüenza de lo que lee y hay quien juzga las lecturas de otros: si no están todo el día con Homero y Shakespeare y conocen todas las referencias de Góngora, no son dignos. Yo enarco una ceja y pienso: “Cansinos, que sois muy cansinos”.

La perla

Arturo Santos es hijo de Fermín Núñez y de Luisa Santos, fundadores de Samarkanda, así que de casta le viene al galgo y bendita la rama que al tronco sale. Esta noche (21.00), en La Enredadera de Mérida, representa ‘Vendados’, la historia de Guillermo, un escritor censurado al que le brotan todos los personajes. A todos los interpreta él: se trata de un ejercicio actoral. Su marca personal es Oppidum, que significa ‘pueblo’

Además, en Cáceres (20.00) toca la Orquesta de Extremadura para estrenar, gracias a los clarinetes de Juan Ferrer, la composición de Pacho Flores que lleva por título ‘Áurea’.

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