La cultura que nos viene
La fotografía como refugio
¿Qué hace una persona cuando se queda tetrapléjica? El psicólogo Ramón Nogueras me explicó un día que, al año, tendría los mismos niveles de felicidad que antes del accidente o del problema de salud. He podido observar que era así. Que ha sido así. Resulta un alivio enorme cuando quieres a alguien.

Una persona en silla de ruedas. / EFE
Hace unos años, una de las personas más importantes de mi vida nos hizo aprender el significado de la palabra «espasticidad». Hola, me llamo espasticidad / Y voy a joderte tu día a día. / El daño causado en tu cerebro / me va a dar el placer de hacer que tu cuerpo se retuerza a mi antojo a lo largo de tu vida / y cada vez mi ataque, será más severo / Y espero que la atrofia muscular te deje en constante rigidez. Ya lo canta El Langui.
Sergio Castañeira presenta ‘Limbo’ esta tarde, a las siete y media, en el edificio Montesinos, 22: “El 15 de agosto de 2014, sufrí un accidente irreversible que cambió radicalmente mi vida, fracturándome la cervical a la altura de la C5 y dejándome tetrapléjico. Después de un año sin poder tomar fotos, ingresé en un centro de rehabilitación para lesionados físicos y psíquicos (CRMF de San Fernando), donde comencé a retomar la fotografía».
La Fundación Cartier-Bresson lo eligió libro del mes.
A mi amiga le dijeron que una mielitis transversa venía “muy bien” (literalmente, sí) para valorar las cosas que se tienen. Se lo dijo alguien que puede andar. Su respuesta: «Ya las valoraba. No me hacía falta esto». Demasiada literatura de redención nos hemos tragado, creo yo, si nuestro modo de actuar ante alguien que se queda paralítico es decirle que lo que le ha ocurrido es una suerte porque, así, aprenderá a ser más agradecido. Como si no lo fuera ya. No somos Scrooge. No somos Lord Fauntleroy ni Dave the Dude. Qué poco sabemos responder a hechos horribles: a las muertes (los tanatorios son una romería, llenos de palabras que no se debieran haber dicho, como «ya descansó» --que es pertinente si quien ha fallecido lleva años de padecimiento, pero no en una muerte repentina-- o «de qué ha muerto», que no nos importa nada ni es relevante), a las enfermedades (“tenemos que animar” -para que el enfermo, encima, no pueda mostrar debilidad: no deja de ser cruel).
Solemos ocultar lo roto. Siri Hustvedt escribió el periplo que pasó su marido, Paul Auster, en esa tierra horrible llamada Cancerland, con su permiso. Hay quien ve exhibicionismo, hay quien ve necesidad. Hay pocos reportajes sobre cómo se trabaja con discapacitados. Sobre cómo se les niega el acceso al mercado laboral aunque quieran trabajar (de esto debería escribir un día). Murió de una larga enfermedad, decimos todavía para no nombrar el cáncer.
Uno de los párrafos de Auster me acompaña desde hace décadas: “Vagabundeé mentalmente durante varias semanas, buscando la manera de empezar. Toda vida es inexplicable me repetía. Por muchos hechos que cuenten; por muchos datos que se muestren, lo esencial se resiste a ser contado. Decir que fulanito nació aquí y fue allá; que hizo esto y aquello, que se casó con esta mujer y tuvo estos hijos, que vivió, que murió, que dejó tras sí estos libros o esta batalla o ese puente, nada de eso nos dice mucho. Todos queremos que nos cuenten historias, y las escuchamos del mismo modo que las escuchábamos de niños. Nos imaginamos la verdadera historia dentro de las palabras y para hacer esto sustituimos a la persona del relato, fingiendo que podemos entenderle porque nos entendemos a nosotros mismos. Esto es una superchería. Existimos para nosotros mismos, quizá, y a veces incluso vislumbramos quiénes somos, pero al final nunca podemos estar seguros, y mientras nuestras vidas continúan; nos volvemos cada vez más opacos; más y más conscientes de nuestra propia incoherencia. Nadie puede cruzar la frontera que lo separa del otro por la sencilla razón de que nadie puede tener acceso a sí mismo”.
Siri Hustvedt lo sabía: “Nuestro trabajo ha constituido un componente íntimo de nuestra relación amorosa y de nuestros veintitrés años de matrimonio, pero lo que leí no fue entonces, ni lo es ahora, lo que sé cuando estoy con él. Su obra proviene de ese lugar en su interior que nunca llegaré a conocer”.
La perla
Cuando Manolo Medina llegó un día a casa de su padre y este le preguntó “¿Y tú quién eres?” Él respondió: “El obispo de Cuenca”, y se echaron a reír. Cuando su padre le dice que no se quiere duchar, él le dice que él tampoco. Y continúa así toda la tarde: “Mi padre acaba en la bañera”. Su hermana le llamó un día: “Papá no me reconoce” y él le dijo: “Tu padre no está resfriado. Papá tiene Alzheimer”. Con su historia, la de su hermana y la de su padre, ha creado ‘En el baúl de mis recuerdos’, una historia con mucho humor que se puede ver este sábado (21.00) en la Sala Trajano de Mérida.
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