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MÚSICA

"Berry" Navarro, mánager: “'Limpiar' la casa de Joaquín Sabina nos creó enemistades, pero eso le salvó la vida”

El representante valenciano de Sabina, Serrat, Paco de Lucía o José Luis Perales, entre otros, se jubiló el pasado noviembre tras el último concierto de Sabina, aunque no descarta algún regreso puntual. Hoy iba a recibir la Medalla de las Bellas Artes, pero el acto se ha pospuesto por la tragedia ferroviaria de Adamuz.

Berry Navarro.

Berry Navarro. / L-EMV

Voro Contreras

Valencia

El valenciano José Emilio Navarro, “Berry”, ha pasado más de medio siglo cruzando el Atlántico, resolviendo problemas antes de que existieran y cuidando carreras que hoy forman parte de la historia cultural del país. Nunca quiso protagonismo, pero fue clave para que artistas como Serrat, Sabina, Paco de Lucía o José Luis Perales conquistaran escenarios de medio mundo. Tras el último concierto de Sabina el pasado 30 de noviembre, Berry se jubila. Este martes tenía previsto recibir la Medalla de las Bellas Artes, un reconocimiento que pone punto final -o quizá solo una pausa- a la trayectoria de un mánager artesanal, honesto y profundamente humano, de los que ya no quedan, pero el acto se ha pospuesto por la tragedia ferroviaria de Adamuz.

¿Qué hace un manager como usted cuando se jubila?

Pues terminar muchas cosas que habían quedado pendientes. Entre ellas, este martes me dan Toledo la Medalla al Mérito en las Bellas Artes. Están José Mercé, Los Planetas, Camela, Elvira Lindo, Carmen Machi…

¿Y qué ha hecho un manager como usted para que le den una medalla de las Bellas Artes como esta?

Según dice el expediente, me la dan por mi colaboración en el intercambio cultural con Latinoamérica. Yo tengo más de 220 cruces del Atlántico. Calculo que he recorrido más de siete millones y medio de kilómetros entre España y Latinoamérica. He llevado a España a gente como Silvio Rodríguez, Nacha Guevara, Pablo Milanés, Mercedes Sosa, Horacio Guaraní, Jorge Cafrune, Atahualpa Yupanqui, Simon & Garfunkel... Tenía un socio, José Caturla, que era el mánager de María Dolores Pradera, y fuimos los primeros en traer a España a Chavela Vargas como telonera de Joan Manuel Serrat.

Usted que conoce bien la música de allí y la de aquí. ¿Por qué España ha dejado de exportar artistas a Latinoamérica, mientras los de allí vienen cada vez más a España?

Hay tres razones. La primera es que los artistas españoles nuevos ya ganan aquí dinero y no quieren ir allí a picar piedra. Antiguamente las compañías discográficas ayudaban a los artistas a hacer esa labor, pero hoy día las discográficas son solo distribuidores de música: no venden entradas. Por eso Julio Iglesias acabó instalándose en Miami y Serrat ha hecho regularmente uno y a veces dos viajes al año a América. Hasta Paco de Lucía, con lo que era, tuvo que viajar a América para abrir mercado allí. La segunda es que, en general, no hay mánagers hoy en España que dominen bien el mercado americano, porque se están dedicando a hacerlo todo a través de internet. En cambio yo, cuando quería hacer un contrato con un empresario que no conocía, me agarraba el avión de Iberia por la mañana en Madrid, llegaba a La Paz, en Bolivia, a verle la cara al señor de enfrente, y según me soplaba esa cara, hacía el contrato o no lo hacía y me volvía. Era un trabajo artesanal, que ya no se hace. Y la tercera razón es que hoy día las giras grandes en España -incluidas las últimas mías- las compran grupos de inversión y se hace todo de otra manera. Ha cambiado todo.

¿Se va con melancolía, con satisfacción, con alivio?

Con una satisfacción terrible. Yo salí de la calle Borull, número 29, de la carnicería de mis padres, y creo que en España he llegado a algo. He realizado una carrera y mis contactos con mis artistas han sido muy duraderos. Yo nunca he tenido un contrato en exclusiva con un artista. Ahora les hacen unos contratos que, como te descuides, te pueden meter en la cárcel. Si un artista no quería estar conmigo, pues adiós, muy buenas.

Serrat alababa en un artículo su honestidad como manager en la cuestión económica. ¿Le ha perjudicado al bolsilllo ser así?

No. Porque yo siempre he ido a pérdidas y ganancias: si la gira iba mal, no cobraba nadie, ni el artista ni yo. Yo me he solidarizado con el resultado del negocio. Ese romanticismo hoy ya no existe.

También es verdad que empezó a trabajar con Serrat, Sabina o Paco de Lucía cuando ya estaban consagrados…

Bueno, pero antes de venir conmigo Paco de Lucía había ido a América con las compañías de flamenco, pero nunca había brillado él solo. Eso lo abrí yo. Y Sabina había funcionado en Argentina y en México, pero no en el resto de países de América. España es un mercado muy pequeño. Cuando tú has hecho una gira de 30 conciertos y eres figura, se ha acabado el mercado. No es como antes, que hacíamos las fiestas de los pueblos y hacíamos cien conciertos en verano. Ahora no.

¿Y el coste personal, el haber renunciado a parte de su vida por dedicarle tanto tiempo a sus representados?

Sí, claro, eso sí lo he lamentado. Ha habido un momento que este trabajo a mí me ha matado la vida personal, porque prácticamente no la he tenido. He visto crecer a mis hijos por fascículos. He renunciado a muchas cosas para hacer bien mi trabajo. Pero en este trabajo nuestro o se está o no se está. No hay más remedio.

¿Cómo ha conseguido ser amigo de una personas con un vida tan intensa trabajando tan cerca de ellos?

Pues pasando mucho tiempo a su lado. Serrat, por ejemplo, no ha estado con nadie más tiempo que conmigo ni yo tampoco he estado con nadie más tiempo que con él. Ni nuestras mujeres, ni nuestros papás, ni nuestras mamás. Hemos compartido mucho. Y si tú te portas legalmente bien y estás a las duras y a las maduras, acaba habiendo una amistad mayor que si todo se limitara al negocio. Yo no concibo eso de “te veo solo cuando tocas”. Si las cosas se plantean claramente, se llega a conseguir una amistad a lo largo de los años.

Sabina se lo dejó claro incluyéndole en aquel vídeoclip de despedida en el que aparecía toda su gente cercana. ¿Qué sintió?

Me sentí muy agradecido, porque yo soy muy visceral. Yo pongo el corazón cuando trabajo con quien sea. Da igual que haya sido Sabina, Serrat o Perales, que han durado mucho tiempo. Yo he tratado -y lo saben todos- de viajar con ellos y me he desvivido. Hoy existe una palabra que se llama road manager, gente que lo hace muy bien y conoce el mercado: viajan ellos con el artista y el mánager muchas veces se queda en su casa. Pero yo he querido estar con el artista y saber en cada momento lo que pasaba. Si había un problema, quería estar allí para solucionarlo. Y si había una cosa mal, el artista me la podía decir. He dado la cara en cada momento.

Serrat decía que un buen mánager como usted “resalta las virtudes” y “diluye rarezas”. ¿Cuál ha sido el artista más raro con el que has trabajado?

¿Rarezas? Hombre, entraríamos en si a uno le gustaba el whisky de malta y a otro el blend, por ejemplo. Pero raro no me he trabajado con ninguno, porque posiblemente lo habría mandado a la mierda. Los artistas son artistas. Lo que quieren es estar cómodos, y tú les tienes que facilitar esa comodidad, y salir al escenario sabiendo que todo está tal y como lo han pedido. Después, cada uno en su época y en su momento ha vivido la fama de una forma diferente. Perales, por ejemplo, que de 600 canciones que ha hecho han sido un éxito 300, ha vivido el éxito para dentro, más en su familia. Y Joaquín… ¿qué van a decir? El tiempo de la droga, del alcohol… vale, sí, pero eso no son rarezas, son vivencias de cada momento.

¿Cómo se ha llevado con el personaje vividor y crápula que el propio Sabina, según él mismo reconoce, se ha creado?

Joaquín ya tenía el personaje muy creado cuando yo empiezo a trabajar con él. En ese momento ya estaban con él su mujer, Jimena Coronado, y entre los dos conseguimos crearnos muchas enemistades porque limpiamos mucho la casa. Ahí cambió la forma de vida de Joaquín y él mismo dice que eso le salvó la vida. Lógicamente, lo que no puede ser es toda la vida droga, sexo, rock and roll: los años pasan y la salud da lo que da.

En este oficio, ¿se ha ganado más amigos o más enemigos?

Yo creo que nada más tengo amigos. He estado 57 años con Serrat y sigo estando con él. Ahora mismo va a ser seguramente una participación en los premios Goya y colaboraré con él en lo que pueda. También en algunos conciertos benéficos que ha hecho después de jubilarse. Con Joaquín, que acaba de producirse esto, todavía no ha habido tiempo para nada, pero vaya: si un día necesita subirse a un escenario para hacer cualquier cosa, creo que me llamará.

¿Cree que Sabina se volverá a subir a un escenario?

A lo mejor un día, por ganas, como hace Juan Manuel ahora, que de pronto colabora en cosas benéficas o así… pues lo puede hacer. Podría ser. No creo que sea, pero existe esa posibilidad.

Él siempre ha dicho que le gustaría ser un ciudadano más, bajarse a tomar una cerveza sin que lo frían a fotos. ¿Podrá conseguirlo?

Eso es difícil. El público de Joaquín es muy, muy fanático. Y si un día está en un restaurante comiendo y le dan la comida con una foto, otra foto y otra foto hasta que mande a alguien a la mierda, entonces será un antipático.

¿El público de Serrat es distinto?

Sí. Juan Manuel ha manejado siempre al público de otra forma, pero es que el público de Juan Manuel también es mucho más tranquilo.

Berry con Joan Manuel Serrat y Joaquín Sabina.

Berry con Joan Manuel Serrat y Joaquín Sabina. / L-EMV

En el último concierto de Sabina, que fue también el suyo, ¿le dijo algo al bajar del escenario?

Ya lo teníamos todo dicho. Y ya veníamos la gente muy allegada llorando desde días antes, llorando literalmente. Yo ese último concierto lo viví con toda mi familia, incluido mi nieto. Vino mi hijo desde México, porque querían estar conmig. Pero cuando acabó, ya no hablé con Joaquín.

En el documental de Fernando León de Aranoa se ve su reacción cuando Sabina se cae al foso en aquel concierto de febrero de 2020. ¿Ese fue el peor momento de tu carrera?

Posiblemente fue uno de los momentos de los que salí más tocado. Además era la gira de Serrat y Sabina. Me dio muy fuerte porque me quedé a cuatro metros de donde se cayó. Yo ya había notado algo raro y me fui hacia la parte de delante del escenario, pero no llegué a tiempo. Después vino la depresión, estar 45 días en la clínica… Pero afortunadamente se recuperó muy bien y después de eso ha hecho tres o cuatro giras más.

En València, sus últimos conciertos fueron en el Roig Arena. ¿No echó de menos la plaza de toros?

A Joaquín le encanta tocar en las plazas de toros y a mí también, porque son los mejores auditorios que teníamos en España al aire libre. Pero la plaza de toros tiene 500 problemas: certificaciones, permisos de arquitectos… Y además, el Roig Arena es uno de los mejores espacios del mundo ahora mismo. La acústica no está hecha para jugar a baloncesto, sino para hacer cualquier actividad, como los grandes pabellones americanos. El señor Roig lo ha hecho maravillosamente bien y yo, como valenciano, cuando entré dije: “Hombre, ya me voy a jubilar sabiendo que en València hay un sitio donde, en invierno o en verano, se puede tocar en cualquier momento”. València tiene un lujo con el Roig Arena.

¿Qué relación personal mantiene con València?

Yo vendí la casa que tenía de mis padres, pero mis dos hermanas siguen viviendo aquí. No tengo demasiados amigos porque yo salí de València con 18 años. Los del Instituto Luis Vives, donde estudié, y poco más. Pero la raíz la tengo echada aquí.

Y el Valencia CF… pese a todo, sigue siendo tu equipo.

Me mata el Valencia. Sufro como un animal, ¿qué le voy a hacer? Yo iba con mi papá en el tiempo en que Kempes era Dios y teníamos un equipo. Pero se estiró mucho más la manga de lo que quedaba y ahora estamos en un punto en que no tenemos nada. Esa es la realidad.

Si pudier vivir en un solo concierto o una gira completa de estos 60 años, ¿con cuál se quedaría?

Por cariño histórico, los conciertos de Serrat y Sabina en la cancha de Boca, la primera gira que se juntaron en 2007. Hicimos tres o cuatro, no me acuerdo, y se vendieron las entradas en una mañana. Vendimos 200.000 o 250.000 entradas. Eran cuatro horas del cancionero popular, tanto en Argentina como en España. Y los primeros conciertos de esa primera gira por España, cuando los coches adelantaban los camiones -que los llevábamos todos serigrafiados- tocaban el pito, todo el mundo. Había una alegría… Quizá esa fue la gira que más me impactó. Luego han sido grandes también la despedida de Juan Manuel, la de Joaquín… Perales, que ha hecho sitios por todo el mundo… Y Paco de Lucía es otro nivel, porque era más de teatros y auditorios, aunque al final también hicimos muchos festivales y alguna plaza de toros. La época va situando al artista con su público.

Serrat, sobre todo, pero también Sabina han sido referentes políticos para muchos de sus fans. ¿Se hablaba mucho de política en la furgoneta?

No mucho, se suele hablar de otras cosas. Juan Manuel siempre ha sido referente político porque ha sido persona y ha opinado como persona. Pero nunca en un escenario hizo ningún mitin ni dijo nada: se significó y se solidarizó con causas que creía que tenía que hacerlo. Eso se llama ser persona y opinar. Yo opino y no tengo trascendencia; el señor Serrat, desde el primer momento, ha tenido mucha trascendencia porque se la ha jugado en todos los sitios y en todos los casos. No se ha escondido nunca. Y eso está mal visto: se ve que el artista tiene que ser el tonto que sale, canta y se va; que no puede opinar. Y yo creo que eso no es así.

Si le pregunto quién es más genio: Paco de Lucía, Serrat, Sabina o Perales…

Eso es muy difícil. Pero si lo analizas, Paco de Lucía a nivel mundial era el más grande de todos. Tocaba en China, en Rusia, en Japón, porque no tenía idioma: su idioma era la música y el virtuosismo. José Luis Perales siempre ha tenido una medida muy clara de dónde quería estar. Y Serrat y Sabina… En América no ha habido artistas españoles más importantes que ellos. Si quieres, sumamos a Julio Iglesias, Raphael y Alejandro Sanz. Pero hacer 300 conciertos al año, nada más lo han hecho Paco de Lucía y Serrat. Han sido todos muy grandes. Y he tenido la suerte -la tremenda suerte- de ser su mánager.

Y, además, su amigo.

Exactamente. Eso es lo importante. Y ahora, si uno tiene un constipado, poder llamarle y preguntarle: “Tío, ¿cómo te encuentras?”. Hay una relación muy de gente, de personas. El otro día me estaban entrevistando en Radio Nacional y pusieron un mensaje de Sabina en el que decía que cuando se fue conmigo, lo hizo sabiendo que yo era el mejor. Tendría que tener una galleta en vez de corazón para no emocionarme con eso.

Habrá usted trabajado mucho, pero más de uno envidiará todo lo que ha vivido.

Bien o mal, no he hecho otra cosa en toda mi vida. Salgo del instituto ahí en València y ya iba con la guitarrita de un lado para otro. Y la vida me ha ido llevando a donde me ha llevado: a poder realizarme manejando las carreras de posiblemente los grandes artistas españoles, o de los más grandes.

Un manager que antes fue músico en la València "beat" de los 60

José Emilio Navarro -el apodo se lo puso un amigo de la infancia que le dijo que se parecía a Berry (por Warren) Beaty en ‘Esplendor en la hierba’– es valenciano desde que nació en 1948 en la calle Borrull. «Primero estudié en los Jesuitas y después en el Luis Vives. El camino mas corto para ir de casa al instituto era cruzando el barrio chino y recuerdo como si fuera ahora aquellos colores y aquellos hedores». Estamos hablando de la València de los 60, en la que brillaban bandas como Los Top-Son, Los Huracanes, Els 5 Xics, Los Pepes o Los Protones. Berry empezó a tocar con gente como Eduardo Bort o Miguel Blasco «Adam», un cantante de voz negroide con el que formó Adam Grup. «Un día nos salieron unos bolos en el minigolf de Dénia. Allí nos oyó alguien y acabamos en Ibiza, en un club que se llamaba l’Ànfora».

Berry y sus compañeros vivieron de lleno la eclosión de la Ibiza «hippie». «Conocimos a Ringo y John Lennon, que venían de fin de semana a casa de un modisto, y a toda la gauche divine catalana que veraneaba en la isla y que nos llevó a tocar a la inauguración de la discoteca Bocaccio en Barcelona. Allí comenzó la relación con Lasso de la Vega, que era entonces el manager más importante de España. Llevaba a Juan y Junior, a Camilo Sesto, a Serrat… Cuando a Adam le tocó la mili, el grupo se deshizo pero Lasso nos contrató para trabajar con el Dúo Dinámico, a los que también llevaba. Con ellos estuve hasta que me tocó hacer la mili en Ceuta».

El único buen recuerdo del servicio militar que guarda Berry fue que aquel año el Valencia CF ganó la liga. «Volví a casa con la firme decisión de dejar la música pero entonces Lasso me dijo que necesitaba un técnico de sonido para Serrat, que iba a empezar una gira por América. ‘Me voy a América y ya no sé si volveré’, le dije a mi padre. Y vaya si he vuelto, al menos cuatro veces al año desde hace medio siglo».

Cuando Juan Manuel (así, en castellano, le llama Berry) cortó su relación con Lasso, el valenciano empezó a organizar sus conciertos. «Era 1975 y en septiembre se producen los últimos fusilamientos del franquismo. Estábamos en Cuba a punto de volar hacia México cuando nos enteramos de lo que había pasado». Al aterrizar en el aeropuerto de DF, Serrat condenó ante la prensa los fusilamientos y el Gobierno de Franco declaró al cantautor en busca y captura. El músico se quedó en México y con él su equipo, incluido Berry, con quien montó una gira que les llevó a bordo de una furgoneta a la que bautizaron «La gordita» por cualquier teatro donde los ingresos les dieran para comer.

La relación personal y profesional de José Emilio y José Manuel se afianzó desde entonces a lo que es ahora. Berry recuerda con emoción el regreso de su amigo a Barcelona en 1976 y los conciertos que montó por los barrios de la ciudad. Una emoción similar a la que sintió cuando Serrat regresó a Chile y Argentina tras las dictaduras de Pinochet y Videla. Y no olvida los momentos peligrosos, como una actuación en el Teatro Colón de Bogotá mientras a escasos 500 metros el comando terrorista M-19 tomaba el Palacio de Justicia.

Su trabajo con Serrat le abrió a finales de los 70 la puerta de otros artistas como Paco de Lucía, a quien le estuvo llevando los directos en España, Portugal, América y Japón hasta que el genio de la guitarra falleció en 2013. «Era un artista de una dimensión grandísima», recuerda. Con su socio Pepe Caturla montó las giras de Mercedes Sosa, Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Nacha Guevara, Les Luthiers, Horacio Guaraní, Atahualpa Yupanki e incluso Simon & Garfunkel, a los que presentó en Madrid en 1982… «Y en 1996 tuve el gustazo de montar con Toni Caravaca la gira de “El gusto es nuestro” en la que estaban Juan Manuel, Ana Belén, Víctor Manuel y Miguel Ríos y que tuvo un éxito brutal», recuerda.

Pero hace tiempo que Berry decidió centrarse y ofrecer un servicio exclusivo para unos pocos. «Me quedé con Paco, con Juan Manuel y con Perales, con el que había trabajado unos años antes. Y en 1999, en medio de la gira de ‘19 días y 500 noches’, Sabina rompió con su mánager de siempre, Paco Lucena, me llamó a mí y nos pusimos de acuerdo. Y así hasta ahora».

Para Berry, uno de los grandes éxitos de esta carrera de cinco décadas fue juntar en una gira a sus queridos Juan Manuel y Joaquín. Hubo más de un listo que apostó que dos personas tan diferentes, por muy amigos que fueran, no iban a durar ni dos conciertos. «Pues desde 2007 ya han hecho tres giras. Y lo pueden hacer por el profundo respeto que se tienen-explica su mánager -. Si lo hicieran solo por dinero, se notaría. Joaquín necesita sus cosas y sus tiempos y tiene su forma de funcionar, y Juan Manuel las suyas. Cada uno acopla su vida a la gira: uno se levanta y hace deporte y el otro puede seguir durmiendo».

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