Fútbol y asfalto. Y, sobre todo, un sentimiento. No debe ser fácil reunir a 90 aficionados un martes cualquiera de noviembre para desplazarse hasta Málaga en autobús con el único objetivo de ver un encuentro y regresar justo después. Mil kilómetros en menos de 20 horas. Pero la ocasión lo merece, que nadie se atreva a dudarlo. "¿Cuándo volveremos a ver al Cacereño en un estadio de Primera División?", se preguntan algunos de los animadísimos expedicionarios.

El camino forma parte del partido en sí, cuando de lo que se trata es de pasar el día con tus compañeros de grada, de disfrutar de cada kilómetro. Los hinchas del Cacereño se lo toman así en su autobús y su microbús, ambos completos hasta arriba con 55 y 35 plazas, respectivamente. Solamente 25 euros por cabeza, más los 5 de la entrada. Y, claro, la paliza de por medio. Pero muchos no lo olvidarán nunca, como no olvidarán los que fueron a Lucena en la eliminatoria anterior. O los que llevan años devorando autovías y carreteras secundarias siguiendo a los hombres de verde.

La fiesta arranca desde la sede del bingo del Cacereño, donde todos están citados para arrancar a la una de la tarde. Tras pasar lista, un poco como en una excursión de colegio, el recorrido hasta Málaga se hace extrañamente corto. Y eso que pasan siete horas hasta llegar a la capital de la Costa del Sol. Todo sucede volando cuando los cánticos de "ale, Cacereño, ale" y otros menos reproducibles sustituyen al monótono hilo musical, a una emisora de radio que se escucha mal o una película que no mira nadie.

La mayoría se conocen bien. Han compartido grada y desde luego asiento tapizado en muchas ocasiones. Algunos se han criado juntos en todo tipo de barrios de la ciudad, desde el más privilegiado al más humilde. A todos les junta una fe que no se ha corrompido con las temporadas oscuras ni los resultados irregulares. El Clubpo es siempre el Clubpo para ellos, una raza de infatigables que sueña con ver a su equipo más a menudo en campos de Primera.

Historias personales

500 kilómetros dan para mucho. Jorge Pérez, uno de los cabecillas del Escuadrón Verdiblanco, aprovecha para sortear una de las camisetas que vende habitualmente. Miguel Rubio recoge un euro para acumular una buena propina para los conductores. Pepe Muriel rememora viejas hazañas del equipo. Alvaro Franco trama nuevos cánticos con los que animar a los suyos. José Luis Leo, el cada vez más leyenda Cinturita , está un poco en todo, siempre con su carácter bromista. Lilo , Turu , Wuito ... todos tienen su pequeño-gran motivo para encarar la media fanega con fe en la victoria, después de haber repuesto fuerzas en el Leo , la siempre frecuentada macroestación de servicio en las inmediaciones de Monesterio. En ella, una pareja de turistas asiáticos no se libra de verse envuelta en el fenomenal barullo que se monta. La Rosaleda cada vez está más cerca.

No faltan tres o cuatro chicas, como Vero Goye, aunque la inmensa mayoría son hombres, desde los 14 a los 65 años. Algunos trabajarán hoy. Otros harán el esfuerzo por no perder la clase de la que hicieron pellas ayer. Se respira un fabuloso espíritu solidario, en el que todos comparten los bocadillos, la bota de vino y las latas de cerveza que reposan en las neveras. Predomina el verde, claro, aunque algunos defienden la moda nacional de lucir la segunda equipación, en este caso roja.

"¿Estamos en Sevilla ya?" Quedan cuatro horas para el partido y hay quien duda que se vaya a llegar a tiempo. "A ver si nos va a pasar como aquella vez que...". No, en esta ocasión no. Un último refrigerio en Aguadulce y a encarar el Mediterráneo, eso que esconden las montañas que rodean Málaga. Otro viaje que, pase lo que pase en el marcador, acabará en victoria. La victoria de un sentimiento.