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Barranquismo

Barranquismo como acto de fe desde Extremadura a Ecuador

El extremeño Javier Gil ha formado parte de una expedición a la Amazonia ecuatoriana, en la que ha vivido muy intensamente una experiencia extraordinaria

José María Ortiz

José María Ortiz

Cáceres

«Cuando estamos allí todo es más difícil, pero realmente vamos porque nos gusta. Realmente nada nos obliga y, al igual que a las montañas, puede verse como algo poco útil a efectos prácticos. Sí es verdad que tomamos reseñas de los barrancos y toda la información práctica para quien quiera ir». Javier Gil Terrón (Plasencia, 1 de diciembre de 1981) acaba de regresar de la Amazonia de Ecuador, país al que viajó formando parte de la expedición Sangrima’25, del Grupo Gocta, y que integraban barranquistas españoles pasionales con su espectacular deporte.

El extremeño, curtido en mil experiencias como aventurero, ha vivido intensamente la exploración de barrancos en la selva de la provincia de Morona Santiago. Y lo ha hecho con un grupo que va a cualquier rincón del planeta en busca de emociones fuertes. «Lo que me mueve a la hora de hacer estos viajes es la sensación de adentrarte en estos lugares mágicos que, en el caso del barranquismo de exploración, nunca han sido pisados por el hombre al tratarse de lugares de muy difícil acceso”, cuenta el protagonista a este diario. Para adentrarse en estos barrancos vírgenes hace falta “abrir trocha con un machete”.

Desconocimiento

Cascadas de 50 metros, estrechos pasajes entre paredes o exuberante vegetación son algunos de los retos superados en los descensos, «donde el desconocimiento de lo que viene es el mayor reto al que enfrentarse», dice Gil.

Las anécdotas han sido múltiples desde el inicio. «La expedición empezó fatal para mí. Aparte de un resfriado los primeros días, tuve un resbalón abriendo trocha en la selva y me corté en la rodilla con el machete. Nada grave, pero la médico de la expedición tuvo que darme unos puntos para evitar que estando tanto tiempo en el agua se abriera e infectará la herida. Por suerte no me impidió entrar a los barrancos», relata Gil, que vive en Cabezabellosa, en el Valle del Ambroz, es guía profesional de montaña y barrancos y tiene la agencia Expediciona.Organiza múltiples y apasionantes viajes de aventura como bicicleta de montaña en Kirguistán, ascensiones a seismiles en Bolivia, trekking en Cáucaso Georgiano o barranquismo en Los Aples, Madeira o, Albania o Marruecos. Además, trabaja en la base Antártica española como guía de los científicos.

Otra realidad

Gráficamente, el deportista extremeño hace referencia al libro ‘Los conquistadores de lo inútil’, de Lionel Terray, «que es un buen resumen para expresar de lo que va esto realmente. Solamente es el gusto de estar allí, una excusa para conocer el mundo y sus gentes y poder adentrarse en estos lugares que te acercan a otra realidad. No son solo los barrancos, es toda la expedición lo que merece la pena», comenta.

«Nos invitaron a comer cuy (nuestras cobayas) por unos amigos locales. En Ecuador, Perú y países andinos es una comida fácil de encontrar hasta en los restaurantes, yo ya la había comido, pero allí fue distinto. Es para grandes ocasiones, como visitas de familiares que regresan del extranjero o fiestas y romerías, lo que nos hizo ser conscientes de que nos trataban con sus mejores intenciones. Mataron los cuys, los despellejaron y vaciaron y, tras insertarlos en un gran palo, estuvimos cocinándolos al fuego dándoles vueltas durante casi una hora, hablando y bebiendo punta, el aguardiente local». El barranquista y su pasión, espectacular pasión, y lo que le rodea.

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