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Versos deportivos

Heraldos negros, Robe, César Vallejo y el Atleti

Carlos Rivas

Carlos Rivas

El Metropolitano honró la memoria de Robe Iniesta durante su partido contra el Valencia. Robe, Extremadura, César Vallejo y el Atlético de Madrid casan bien porque saben que el destino te da golpes como panes que se empozan en el alma. Los cuatro soportan la intemperie mientras hilvanan cantos de cisne en el verde de la vida. Escribir, soñar, perder y cantar cuando el fatum enfurecido te parte la mejilla. Robe tenía claro, como Rocky, que nadie pega más duro que la vida, que se trata de encajar el gancho y antes de levantarte, resistir, aguantar la hostia en el suelo para mejorar la perspectiva, respirar un aire más puro y humano, encontrar claridad para sintonizar el dial de la poesía y la música que destilan vida pura sin alambiques.

Robe, el Atlético de Madrid, César Vallejo y la poesía casan bien, si entendemos el fútbol como deporte que remueve entrañas, rescata al corazón de la boca del estómago y lo eleva a la garganta, cantando a callejones sin salida, heraldos negros, andenes de lejanías, estaciones otoñales, finales perdidas. Lugares donde hilvanar versos silenciosos cuando los copos borran tus huellas e hielan los fonemas.

Robe y Extremadura casan bien porque sus alaridos se pierden en la oscuridad muda de las capitales, en las transfusiones de las sanguijuelas como faros que arañan la niebla del desarraigo.

Robe y el Atleti casan bien, pensé, mientras aparecía su figura en la pantalla gigante del Metropolitano y no se me ocurría una palabra que inmortalizase ese momento. Y entonces llenó el estadio su canción nacida de las entrañas del barro y del fuego, y con ella viajamos al lugar donde es necesario gatear para salvar la caracola en el precipicio, el sitio resbaladizo de los heraldos negros donde rompen las olas y nace la armonía florida del espíritu.

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