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Voleibol. Primera División Femenina

El Licenciados Reunidos de Cáceres: de padres a directiva, de hermanas a pista

El equipo cacereño de voleibol femenino vive un periodo de esplendor exponencial con el indisoluble sello canterano de un proyecto que disfruta del momento en una categoría de índole nacional

El equipo, antes de Navidad, con su gente.

El equipo, antes de Navidad, con su gente. / Cedida

José María Ortiz

José María Ortiz

Caceres

«Somos un club familiar hasta ese nivel», dice Rosa Sarró Durán, y no habla en metáfora esta entusiasta doctora y deportista. Lo sugiere mientras la vida se cuela en la entrevista como se cuela siempre en este equipo: una llamada, un recado, «te va a esperar mi madre abajo», y la normalidad con la que lo doméstico y lo deportivo conviven sin pedir permiso. En el voleibol femenino del Licenciados Reunidos de Cáceres la línea entre pista y casa no se disimula. Al contrario: se convierte en identidad. Y esa es la singularidad: un club humilde, de cantera, que ha llegado a categoría nacional con éxito (ya tienen asegurada la permanencia en Primera División) sin dejar de ser una familia organizada.

En este club, que será premiado este viernes en la gala del colegio al que tan dentro lleva, la palabra ‘familia’ no es un recurso amable. Es una estructura real. Se ve en los nombres que se repiten, en los apellidos que aparecen en la pista y también en la gestión. Cuando el Licenciados Reunidos dio el salto, la exigencia creció -viajes, presupuesto, organización- y la respuesta fue coherente con su ADN: una junta directiva formada por padres y madres de jugadoras. Quien acompaña en la grada también empuja desde dentro.

El Licenciados, en un desplazamiento, con miembros de su 'familia' arriba.

El Licenciados, en un desplazamiento, con miembros de su 'familia' arriba. / Cedida

Con raigambre

Ese carácter familiar tiene raíces largas. En 2012 se produjo la desvinculación de dos entidades: el AD Cáceres se quedó con la rama masculina y Licenciados Reunidos con la femenina, que desde entonces ha ido construyendo una identidad propia: crecer desde dentro. El almendralejense Juan Pedro Martín, exjugador y en su día preparador físico del Cacereño, llegó a ese camino en 2014 de la mano de Carlos Dávila, entrenador histórico que conecta generaciones y que, de algún modo, resume cómo funciona aquí la continuidad: alguien te forma y después te invita a formar a otras.

Y ahí entra Rosa Sarró, la mejor prueba de que este club no solo «saca jugadoras»: las marca. Empezó «desde pequeñita», pasó por categorías inferiores y, cuando la vida la llevó fuera por estudios (Medicina, jugando en el Badajoz por razones obvias), el vínculo no se cortó. Incluso en el año del MIR seguía yendo a entrenar: no estaba siempre «en el equipo como tal», pero no dejó de ser del club.

Pertenencia

Por eso, cuando volvió, lo hizo con una frase que lo resume todo: «Era mi club de toda la vida». En el currículum hay un dato que la singulariza: es la única jugadora formada en el Licen que ha jugado en Superliga 1, con el histórico Arroyo, y aun así eligió regresar a un escalón más modesto por pertenencia.

La peculiaridad se vuelve todavía más evidente cuando el vestuario se lee como un árbol genealógico y afectivo. Juan Pedro y Rosa son pareja sentimental, y a esa conexión se suma Elena, hermana de Rosa, también jugadora. Pero la red es más amplia y atraviesa el organigrama: el padre de Rosa y Elena, Pipe Sarró, está implicado en la estructura del club en su condición de delegado, aunque la orgullosa madre, Rosa, también está ahí para cualquier cosa; la colocadora Cristina Barrigón tiene a su padre, Antonio, como coordinador y miembro de directiva, y a su madre como tesorera; el padre de la líbero Miriam también está en la junta; la madre de Lucía Leal, Rocío, igualmente; el presidente y director del colegio, Paco Álvarez, trabaja codo con codo con su hijo Fran, segundo entrenador; y la capitana Laura Gómez suma otra familia volcada, con su padre dentro de la directiva. El club se explica solo: la directiva son los padres.

Esa mezcla se ve en la escena que mejor retrata al Licen: los viajes. Van en autobús, viajan juntas incluso las lesionadas porque —dicen— «somos piñas», y detrás aparecen las familias, que acompañan, comparten prepartidos y postpartidos y hacen grupo. Juan Pedro lo mira con una emoción particular: recuerda a su padre, ya fallecido, que lo acompañaba a competir «sin tener ni idea» del voleibol, solo por estar; por eso entiende que, con el tiempo, lo que más quedará no será un marcador, sino las horas compartidas. Rosa lo completa con otra estampa de vida: su hermana, con «tres meses», ya estaba en un pabellón porque sus padres la llevaban a verla.

Juan Pedro Martín da instrucciones a sus jugadoras.

Juan Pedro Martín da instrucciones a sus jugadoras. / Cedida

Recursos limitados

También es ahí donde se entiende la humildad del Licen. No se trata solo de dinero -que también-, sino de cómo se administra lo poco. Juan Pedro lo dice sin adornos: las jugadoras no cobran, y este es el primer año en que no pagan por jugar. El club asume viajes, organiza noches fuera cuando hace falta, exprime recursos. Y, sobre todo, se sostiene sobre un principio que aquí suena casi moral: la mayoría son de cantera. El Licen presume de un grupo construido con niñas que han pasado por categorías inferiores, con refuerzos puntuales, pero sin romper el hilo de pertenencia. En la cantera hay 200 chicas. Y subiendo.

Ese hilo, de hecho, funciona como antídoto contra una amenaza habitual: el abandono en Bachillerato. Juan Pedro describe cómo antes muchas chicas buscaban irse fuera «por la experiencia universitaria» y se descolgaban del deporte. Ahora el club les ofrece un motivo para quedarse: competir en Nacional con su gente, con su escudo, con su rutina. De hecho, pone un ejemplo concreto: Mercedes y Leal decidieron quedarse a estudiar en Cáceres por la ilusión de vivir esa experiencia con su club.

El Licenciados no promete la élite como obsesión. Promete algo más raro en el deporte modesto: un lugar al que volver. Un club que asciende sin perder a los suyos; que convierte los vínculos en método; y que, por eso, tiene una ventaja que no aparece en ninguna clasificación: cuando el equipo es casa, nadie juega sola.

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