Voleibol
El histórico Arroyo, adelante pese a un descenso que "duele"
Adolfo Gómez, el presidente, asume decir adiós a la Superliga 2 con la serenidad de quien lo ha peleado todo: la falta de recursos, los cambios de patrocinio y la fragilidad de lo rural
El dirigente reclama relevo y se aferra a la cantera de cara al futuro de la entidad

Adolfo Gómez, 'Tate', este martes en la redacción de El Periódico Extremadura. / José María Ortiz

A Adolfo Gómez Díaz, ‘Tate’ (Cáceres, 2 de noviembre de 1959), se le nota en la voz lo que intenta disimular con oficio: que el descenso de su histórico club desde la Superliga 2, una dura realidad desde el pasado fin de semana, escuece, aunque lo envuelva en palabras serenas. No se esconde. Nunca se ha escondido. Dice que lo digiere “de forma natural”, como quien ha aprendido a aceptar que los proyectos --por muy queridos que sean-- también tienen fecha de caducidad. Pero en cuanto lo pronuncia, llega la otra frase, la verdadera: “eso no quiere decir que no duela”.
El alma máter, extécnico y actual presidente del Extremadura Arroyo habla desde la memoria de un club que se hizo grande en el contexto nacional a fuerza de humildad y trabajo. Repasa los años sin alardes, pero la estadística pesa: 12 temporadas en Superliga 2, cuatro en Superliga y dos anteriormente en la antigua Liga FEV. Más de una década compitiendo arriba desde un pueblo de 5.500 habitantes. No lo llama épica; lo llama esfuerzo. “Enorme, grandísimo”, recalca, y pide que se reconozca el trabajo de las directivas y el sacrificio de aquella generación de jugadoras que convirtió lo improbable en rutina: Yohana, Gala, Bea, Loly… y tantas otras que enarbolaron una bandera interminable de orgullo.
Desgaste
En su relato, el descenso no llega de golpe: llega por desgaste. “Todo cambia”, insiste. Cambian los patrocinios, cambian las instituciones y hasta cambia la atención que recibe el club cada vez que hay un giro político, obligándoles a presentarse una y otra vez ante mandatarios que, sorprendentemente, ni siquiera lo conocían. En esa incertidumbre crónica, sostener un equipo “casi en lo más alto” se convierte en una carrera de fondo… con un final. Lo dice alguien que puede alardear (pero no lo hace, desde luego) de haber subido a la máxima categoría de voleibol con tres clubs diferentes: los masculinos del Licenciados (1985) y AD Cáceres (1992) y su club actual (2013).
Esta temporada, admite sin tapujos, “ha salido muy mal”. No lo maquilla, en absoluto: había un lastre económico antiguo, un déficit que venía de lejos, y que se fue tapando con apoyos mínimos y patrocinios puntuales. Pero en el deporte, cuando se compite al límite del presupuesto, acaba pasando factura en la competitividad. El club tuvo que tomar decisiones que le rompieron por dentro: la marcha de Judith Pérez, coordinadora de cantera “tremendamente importantísima”, fue una herida; no poder retener a jugadoras clave, otra. La plantilla se rehízo con jóvenes de la casa que conocían la dinámica, sí, pero aún no estaban preparadas para cargar con el peso del juego. Lógico. Nada que reprochar.
Complejidad lógica
A esa mezcla se le añadieron piezas que llegaron tarde: un entrenador nuevo, Pablo Alonso, que todavía no respiraba el pulso del pueblo por razones obvias; extranjeras ajustadas al precio posible; problemas de visados para llegar tarde al club; y, como golpe final, la obligación de salir de su destartalado pabellón y jugar fuera en la segunda vuelta. “Hay que adaptar muchísimas cosas”, resume. Y al final, no resultó.
Si hubiera que señalar un pecado, Tate lo asume: quizá la directiva debió vender la plaza cuando se lo ofrecieron el pasado año. Pero eligieron otra idea, más emocional que contable: si lo ganado fue en la pista, la pérdida también debía ser en la pista. “Hicimos el equipo, jugamos a ganar, hemos perdido… y ya está”. Lo dice sin dramatizar.
Ahora, el futuro se escribe en condiciones más duras. Bajar supone perder el paraguas institucional que sostiene la Superliga 2, porque ya no se considera categoría “de élite”. Tate lo dice “en plata”: sin esos apoyos, con el punto de partida de Arroyo de la Luz, competir será muy difícil. La única brújula fiable, repite, es la casa: la cantera, las jugadoras propias. Pero ni eso es sencillo. Los estudios y los trabajos mandan. Cuenta el caso de la capitana que encontró empleo en Navidad y ya no pudo seguir la rutina de entrenamientos y partidos. Esa es la realidad del deporte semiprofesional en los pueblos: el talento se cruza con la vida.
Continuidad
Pese a todo, Gómez no habla de final. Habla de continuidad. Asegura que el club “va para adelante”, aunque cambien los equipos y el escalón competitivo. Habrá que atender cantera, sostener estructuras, acompañar a entrenadoras noveles que necesitan experiencia y apoyo. Y, sobre todo, buscar relevo en la gestión: ahí se le quiebra el discurso. Dice que está triste por el descenso, pero aún más por no haber logrado que alguien tome el testigo que él recogió de aquel profesor con el que empezó todo: José Fragoso. “No descanso”, confiesa Tate. Y no descansa porque no sabe hacerlo: esto le gusta, le encanta, y seguirá donde toque, en la categoría que sea.
Pero también marca un límite humano. Ya no entrenará. Ni siquiera a la cantera. Una enfermedad renal se lo impide, explica, y hay una parte de la vida que durante años quedó siempre detrás: la familia. Hay un cansancio que no es derrota, sino conciencia. Tate seguirá --porque el voleibol en Arroyo es su forma de estar--, pero con la mirada puesta en cuidar lo que queda, reconstruir lo que se pueda y sembrar para el futuro.
Y al final, entre esa mezcla de pena y terquedad, se permite un deseo que suena a esperanza: ojalá haya derbi el año que viene ante el emergente Licenciados Reunidos de Cáceres. Sería “buena señal”, dice. La señal de que, aunque unos bajen y otros suban, el voleibol femenino extremeño sigue vivo. Y de que, incluso después del golpe, todavía se puede volver a empezar.
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