Fútbol. Primera Federación
Una histórica celebración para un Coria en éxtasis
En cuanto terminó el partido en el Tartiere, la alegría se abrió paso primero en la grada, enseguida en el césped y para terminar en La Isla, ya de vuelta

@farolillorojo
«Vaya locura que hemos hecho. Espectacular». Juanjo Chavalés, una de las referencias del Coria, resumía así, al día siguiente, la magnitud de un ascenso que desató la euforia celeste. El pitido final liberó todo lo que el equipo llevaba dentro. En cuanto terminó el partido en el Tartiere, la alegría se abrió paso primero en la grada y enseguida en el césped.
Los jugadores corrieron a celebrar con una afición que, aunque situada en la parte más alta del estadio, se hizo sentir como si estuviera a pie de campo. La distancia física no impidió la comunión. Era el ascenso a Primera Federación. Historia.
Los futbolistas se abrazaron entre ellos, miraron hacia arriba, hacia esa marea celeste desplazada hasta Oviedo, y devolvieron cada cántico con saltos, gestos y lágrimas de felicidad. A la fiesta se sumó también la directiva que encabeza Aurelio Gutiérrez, ‘Lely’, que bajó al terreno de juego para vivir el momento junto al cuerpo técnico y la plantilla. Entre todos, uno de los más desatados fue el entrenador Raimundo Rosa, ‘Rai’, fuera de sí, casi como Luis Enrique horas antes tras lograr la Champions con el PSG. El técnico cacereño estaba entregado a una celebración que resumía la tensión, el sufrimiento y la felicidad acumulada durante toda la temporada.
El césped del Tartiere, territorio celeste
Durante diez minutos, el césped del Tartiere fue territorio celeste. Pero la seguridad del estadio empezó a desalojar la zona y a pedir al grupo que abandonara el campo. Entonces alguien, entre el equipo y la directiva, propuso trasladar la fiesta al exterior del estadio, junto a los aficionados. Y eso hizo el Coria: salir por la rampa que conecta con la zona de aparcamiento de directivos, futbolistas y autocares para reencontrarse con los suyos.
Allí volvió a estallar la locura.
La afición esperaba al equipo y los jugadores respondieron con una celebración aún más cercana. Se descorcharon botellas de champán y de sidra, se brindó, se saltó y se cantó. Nadie quería que aquel momento terminara. Dawda y Jacobo fueron dos de los grandes animadores de esa segunda celebración, protagonistas de una escena de euforia desbordada en la que todo acabó empapado de champán, sidra y felicidad.
El exterior del Carlos Tartiere fue una prolongación del vestuario y de la grada. Después, tocaba poner rumbo a casa. Jugadores y aficionados regresaban a Coria con el ascenso bajo el brazo y muchas horas de carretera por delante.
Una fiesta sobre ruedas por la A-66
El viaje por la A-66 fue otra celebración sobre ruedas. Coches con banderas, bufandas ondeando y una caravana emocional que acompañó al equipo durante buena parte del trayecto. En los bares se repetía la escena: aficionados parando a comer, familias enteras con camisetas conmemorativas del ascenso y conversaciones que solo giraban en torno a una palabra-celebración: Primera Federación.
En uno de esos restaurantes, la llegada de tantos seguidores desbordó todas las previsiones. Era domingo y el local, acostumbrado al paso de camiones y viajeros, no esperaba una expedición tan numerosa. Se quedó sin pan y tuvo que atender, de golpe, a decenas de aficionados celestes. Cada parada, una pequeña fiesta.
Apoteosis en Coria
La apoteosis llegó ya en Coria. Sobre las 21.15 horas, el autocar de los jugadores apareció ante una Isla repleta de gente. Rai fue de los primeros en encabezar la salida del equipo y, después, los jugadores fueron bajando uno a uno entre vítores y cánticos.
Los futbolistas se fundieron con la afición. Repitieron los cánticos que habían sonado en la grada del Tartiere y agradecieron a los seguidores el esfuerzo del desplazamiento. Algunos, emocionados, apenas podían hablar. Otros respondían a cada felicitación con un mensaje que se repitió varias veces: gracias a vosotros. Gracias por estar. Gracias por tantos kilómetros. Gracias por empujar.
Jacobo, maestro de ceremonias, cogió el micrófono y empezó a dirigir los cánticos. Primero para Rai, con el grito de ‘Rai, quédate’. Después para una plantilla histórica. La cerveza, las copas, los abrazos y las canciones acompañaron una celebración eterna.
El Coria había ascendido. Lo había celebrado en el césped del Carlos Tartiere, en la rampa del estadio, en la carretera y en una Isla abarrotada. Lo había hecho con los suyos, como se celebran las grandes gestas: sin medir la euforia.
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