Si os paráis un momento a hacer memoria, seguro que muchos de vosotros podéis recordar algunas de las frases que vuestros padres, profes o amigos pronunciaron en algún momento para referirse a vosotros. Puede que entonces no le dierais mucha importancia, o puede que, en cambio, esas palabras se quedaran rebotando en vuestra cabeza hasta el día de hoy. Lo que está claro es que, aunque a veces no nos demos cuenta, las palabras crean realidades. Y nuestros hijos no están exentos de ello.

Puede que fuerais la niña tímida de clase, o el niño malo de la familia. Puede que asimilarais que no erais buenos para estudiar, o que era mejor esconder vuestro cuerpo para evitar las críticas y las burlas de otros niños. Sea como fuera, algunos de esos mensajes se quedaron grabados en vuestra mente, e incluso siguen teniendo un poder muy grande a día de hoy.

Si os sentís reflejados en estos párrafos, seguro sabréis la importancia que tiene escoger cuidadosamente las palabras y frases que utilizamos para dirigirnos a nuestros hijos, porque sabéis la repercusión que pueden llegar a tener. Por eso, vamos a repasar algunas frases que muchas veces, bien por inercia o bien por desconocimiento, utilizamos en la educación de nuestros hijos e hijas y que deberíamos evitar en la medida de lo posible.

 

1. “Deja, que ya lo hago yo”

¿Cuántas veces habremos tomado el control de algo porque considerábamos que nuestros hijos no sabían hacerlo? De primeras, esta frase puede sonar completamente inofensiva. Sin embargo, el mensaje implícito que acompaña a estas palabras es: “No eres capaz, no confío en que lo vayas a hacer bien”.

Si no dejamos a nuestros hijos e hijas intentarlo, equivocarse, aprender e incluso lograr las cosas por sí mismos, no les estaremos ayudando a ganar confianza, a responsabilizarse, a tomar decisiones, a caerse y levantarse… En definitiva, como nos explicaba Eva Millet en esta ponencia, si no fomentamos la autonomía de nuestros hijos e hijas, les estamos diciendo “tú no puedes”, “no confío en ti”, lo que va a repercutir de forma muy negativa en su autoestima.

 

2. “Hemos aprobado matemáticas”

Muchas veces los padres y las madres nos consideramos protagonistas de la vida de nuestros hijos. Es lógico que nos importe mucho que nuestros hijos estén bien, que nos preocupen sus problemas y que les acompañemos y guiemos en su vida, pero de ahí a hablar en primera persona del plural de sus vivencias hay un paso muy grande que no parece muy recomendable dar. A través de este tipo de mensajes, que pueden parecer solidarios o de entrega a los hijos e hijas, estamos negando a nuestros hijos e hijas y a nosotros mismos el derecho a tener, por separado, nuestra propia historia. Dejemos que nuestros hijos vivan su vida y compartan sus noticias con quien les apetezca, sin invadir su espacio.

 

3. “¡Qué desastre eres!”

En esta frase, podemos sustituir “desastre” por cualquier adjetivo que se os venga a la mente: nerviosa, malo, vergonzosa, rebelde… ¡Qué peligrosas son las etiquetas! Cuidado con estas frases en las que usamos el verbo “ser” para definir a nuestros hijos (o incluso a nosotros mismos), porque podemos caer en el error de colgarles una etiqueta y, como apunta el psicólogo Alberto Soler, “las etiquetas son muy fáciles de poner, pero muy difíciles de quitar”. No podemos perder de vista que las etiquetas minan la autoestima y, lo peor, les estamos ‘obligando’ a que se comporten de la manera en que les etiquetamos para darnos la razón”, como nos explicaba Beatriz Ayala en esta entrevista.

Por lo tanto, si les repetimos a nuestros hijos e hijas que son esto o aquello, ellos acabarán asimilando que esas etiquetas forman parte de su personalidad, que es bastante difícil de cambiar o corregir, y no de su conducta, sobre la que sí tienen un control. En este sentido, ¿y si intentamos apuntar al “hacer” y no tanto al “ser”? Por ejemplo, en lugar de decir “qué desastre eres”, podemos señalar que “la habitación está desastre”. ¿Notáis la diferencia? Con la primera opción, cargamos la culpa sobre la personalidad, mientras que con la segunda apuntamos a la solución: arreglar la habitación.

 

4. “¡Qué guapa estás! ¡Cómo has adelgazado!”

Este tipo de frases pueden ir dirigidas a nuestros hijos e hijas, a nosotras mismas o puede que se refieran a otra persona, la cuestión es que la idea que subyace en ellas es muy peligrosa: belleza = delgadez, incluso a costa de la salud.

Si queremos fomentar que nuestras hijas e hijos tengan una relación sana con sus cuerpos, con la comida e incluso con los demás, es muy importante que les ayudemos a construir su autoestima desde el amor, y no desde el odio. Que les demos ejemplo de amor propio y de respeto hacia nosotros mismos y nuestros cuerpos, así como a los de los demás.

 

5. “Cuando seas mayor irás a la universidad”

Puede que esta frase no la pronunciemos tal cual está escrita, pero lo cierto es que esta idea está presente en la cabeza de muchísimos padres: la única opción posible tras acabar el instituto es la universidad. ¿Y si nuestro hijo no quiere ir a la universidad? ¿Y si prefiere otro tipo de estudios? ¿O si no quiere estudiar la carrera que habíamos pensado para él o ella?

El problema que existe detrás de este tipo de frases, u otras del mismo estilo, es que reflejan expectativas que tenemos nosotros sobre nuestros hijos e hijas. Y esto es muy peligroso, porque como nos contaba Francisco Castaño en esta entrevista, “si te generas expectativas, estás perdido. Porque como tu hijo no las cumpla, tú te frustras y a tu hijo le bajas la autoestima. Y la ilusión sí es importante, hay que tener ilusión por acompañar a tu hijo en la búsqueda de su mejor versión”.

En definitiva, tenemos que educar al hijo que tenemos, no al que nos gustaría tener. Por eso es importante que no les traslademos estas expectativas basadas en lo que a nosotros nos hubiera gustado estudiar, o nos hubiera gustado conseguir, porque nuestros hijos no son nosotros y no tienen la obligación de cumplir nuestros sueños frustrados. No lo olvidemos.