Ena, la revolucionaria reina de España
Las infidelidades, la hemofilia y el exilio marcaron la vida de la esposa de Alfonso XIII

Victoria Eugenia en 1910 con 22 años retratada por Antonio Canovas del Castillo Vallejo. / Efe
María José Iglesias
Fumaba cigarrillos para escándalo de su suegra, la Reina María Cristina de Habsburgo-Lorena; jugaba al golf y al tenis (deporte que popularizó en España); apenas hablaba castellano cuando se casó con Alfonso XIII en 1906 (se comunicaban en francés); era anglicana, conversa al catolicismo para desposarse, y vivió una boda trágica con 23 muertos y 100 heridos en un atentando anarquista perpetrado al paso de su carruaje por la calle Mayor. Victoria Eugenia Julia Ena de Battenberg y Windsor (Castillo de Balmoral, 1887-Lausana, 1969), entró en Palacio con el vestido nupcial teñido de sangre. Aquel mal presagio se cumplió con creces.
Con los años, la vida de aquella joven princesa inglesa, destinada a habitar en una nube de felicidad, se empaparía de tristeza por las infidelidades del Rey; la hemofilia que transmitió a dos de sus hijos varones (Alfonso y Gonzalo), y el exilio que la llevó a su país y de ahí a Italia y Suiza, donde por fin encontró algo de paz en sus últimos años, con frecuentes visitas de hijos y nietos en Vieille Fontaine, su casa de Lausanne.
La princesa Leonor de Borbón tiene cierto aire a su tatarabuela británica, nieta pequeña de la Reina Victoria por línea materna, la mujer que eclipsó al Rey Alfonso en Londres, con una mirada azul profundo heredada en línea por su hijo Juan de Borbón, su nieto Juan Carlos I, su biznieto, Felipe VI y la primogénita de éste. En familia la llamaban Ena, nombre escocés, (que no apodo ni diminutivo), que lleva la serie televisiva que se estrena mañana, dedicada a su figura.
En realidad, Victoria (por su abuela materna) Eugenia (como su madrina, Eugenia de Montijo); Julia (por su abuela paterna) y también Ena, por decisión de sus padres, fue una «outsider» en el Palacio de Oriente desde el primer día. Tuvo seis hijos vivos, dos chicas y cuatro varones. Dos de ellos, Alfonso, Príncipe de Asturias, y el Infante Jaime, renunciaron a sus derechos sucesorios. Juan pasó a ser designado heredero pero nunca ciñó la corona, que fue a parar a su hijo Juan Carlos por designio de Franco. Ni en eso Ena cumplió con el destino de una reina. Hubo un séptimo hijo, el infante Fernando, alumbrado muerto en 1910. La «english rose» (en muchas facetas precursora de Lady Diana Spencer), que prefería Santander, San Sebastián y Biarritz al frío Madrid, quiso acercarse al pueblo con obras sociales como la creación de la Liga Contra el Cáncer y un definitivo impulso a la Cruz Roja en España. En 1931, con la proclamación de la II República, la Familia Real partió al destierro. El matrimonio ya estaba roto, y aún así, la reina, que no fue a las bodas de sus hijos, acompañó a Alfonso en el lecho de muerte en Roma.
A diferencia de su esposo, ella regresó a España una última vez. El 8 de febrero de 1968 amadrinó a su biznieto, Felipe VI. La reina viajó en coche desde Montecarlo, donde pasaba los inviernos, hasta Niza para tomar un vuelo de Air France. Cuando la nave tomó tierra Victoria Eugenia no esperaba semejante recibimiento. A pie de pista aguardaban el conde de Barcelona, otros miembros de la familia, ministros, consejeros privados y espontáneos con banderas de España. En el cóctel posterior a la ceremonia, la reina habló con Franco, al que amadrinó en su boda con Carmen Polo en 1923. Cayetana Alba siempre sostuvo que el dictador le reveló ese día a la anciana que su nieto Juan Carlos sería nombrado su sucesor a título de rey, hecho que llegó el 22 de julio de 1969. Ena no llegó a verlo, ya había fallecido para entonces.

La tiara de flores de Lis / La Provincia
La tiara de flores de Lis
La Galería de las Colecciones Reales acogerá del 2 de diciembre al 5 de abril de 2026 una exposición sobre la reina Victoria Eugenia. Podrá verse la tiara de las flores de Lis, regalo de Alfonso XIII a su prometida, que la lució en su boda. Victoria Eugenia adoraba las alhajas. Llegó a Madrid con un joyero valorado en más de un millón de pesetas de la época. En su testamento dispuso que las piezas recibidas en usufructo pasarían a su hijo Juan, de quien fueron a Juan Carlos I y ahora a Felipe VI. Además de la diadema con la flor símbolo de los Borbones, entre las «·joyas de pasar» destaca la tiara de las perlas, la diadema Melleiro (de la Chata), los pendientes de diamantes gruesos, el collar de chatones y el de perlas, comprado por Alfonso XII en Rusia en 1878 y las dos pulseras con gemas de una coronita de Cartier.
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