Análisis
El lobo, entre la protección y la caza: un debate a abrir en España
El lobo ibérico, fascinante y temido a partes iguales, ha acompañado al ser humano desde los albores de la historia

Juan Miguel Cremades González, ingeniero agrónomo. / EL PERIÓDICO
Juan Miguel Cremades González*
Desde el Neolítico, los cazadores ibéricos lo han visto como competidor en la caza, como amenaza para sus familias y su ganado, como animal domesticable —origen de nuestros perros— y, sobre todo, como un trofeo ancestral cargado de simbolismo.
Su papel en la naturaleza es incuestionable: es una especie clave en los ecosistemas de la península y parte esencial de la España agreste.
Sin embargo, su presencia ha generado a lo largo de los siglos, pero sobre todo en los últimos tiempos, sentimientos encontrados. Para el mundo rural y muchos ganaderos sigue siendo un enemigo peligroso que ataca sus rebaños; para los ecologistas y movimientos políticos, un emblema de la biodiversidad que merece protección absoluta.
En los últimos años, la balanza política se ha inclinado hacia esta segunda visión. Las campañas mediáticas han conseguido que en gran parte del país la caza del lobo esté prohibida, una decisión celebrada por los defensores del medio ambiente, pero cuestionada y no respetada, por el mundo rural. Ganaderos y propietarios de montes denuncian sentirse desprotegidos, sin medios legales suficientes para afrontar el impacto de los ataques. En muchas ocasiones,cuando aparece un lobo llaman a los cazadores a que les protejan, cosa que estos hacen muy satisfechos, sobre todo ante la posibilidad de obtener un trofeo de carácter ancestral.
Los profesionales del campo, al margen de cualquier ideología sostienen que, si el lobo fuese considerado legalmente una pieza cinegética y su caza se gestionara de forma ordenada, la especie estaría mejor protegida. Argumentan que el valor económico de un ejemplar cazado supera con creces las pérdidas que ocasiona en el campo.
Esa rentabilidad incentivaría a los propios cazadores a velar por su conservación y, al mismo tiempo, a proteger a los ganaderos.
La discusión, en definitiva, va más allá de la biología y se adentra en la política, la economía y la cultura. ¿Debe el lobo ser preservado como especie intocable, o gestionado como recurso cinegético?
La respuesta, probablemente, no sea sencilla. Lo que sí parece claro es que el futuro de este animal icónico dependerá de encontrar un equilibrio entre la protección ecológica, los intereses del mundo rural y la tradición cinegética que, desde tiempos remotos, lo ha tenido siempre como un codiciado trofeo.
*Juan Miguel Gremades González es Ingeniero de Montes
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