EXPERIENCIAS

El Cerro Masatrigo, la ‘megarotonda’

Cerro Masatrigo.

Cerro Masatrigo. / M.A.LÓPEZ NIETO

María Antonia López Nieto*

Como si de una pirámide milenaria se tratara, levantada en unas coordenadas mágicas que conecta su cima con el cielo, El Cerro Masatrigo es el monumento natural modelado a capricho de la erosión del tiempo que mejor representa a la comarca de La Siberia Extremeña, una atalaya con vistas al ahora mermado pantano de La Serena que serpentea entre suaves lomas pintadas de verde y cenefas amarillas en primavera y deja ver antiguos puentes otrora cubiertos por las aguas. Para llegar a su cima hay dos rutas a pie: una circular que va bordeando la montaña y otra casi en una línea recta empinada, marcadas con hitos y flechas indicativas. 

Cerro Masatrigo.

Cerro Masatrigo. / M.A.LÓPEZ NIETO

Un grupo de amigas con inquietudes senderistas, pero poco entrenadas últimamente, tomamos el atajo a la tremenda, tras dar por error una primera vuelta infructuosa, y nos tocó afrontar doble esfuerzo, pero finalmente alcanzamos las cumbres tras sortear piedras, vegetación espesa y terreno escarpado. 

El corazón nos latió a 140 pulsaciones por minuto a algunas, a otras nos faltó el aliento y nos tomamos pequeños descansos a modo de estación de penitencia, aunque al final el desgaste físico mereció la pena porque desde arriba una parece tocar las nubes y abrazar la inmensidad del paisaje. El aire allí huele y sabe más puro; el sol brilla más intenso y la brisa acaricia la piel. 

Durante el ascenso, por un sendero estrecho, caminamos entre mantos frondosos de florecillas silvestres y amapolas, orquídeas escondidas en recovecos a la sombra y flores de jara que ya empiezan a impregnar con su característico aroma los campos extremeños; acompañadas por el silencioso vuelo de mariposas, zumbidos de abejorros, silbidos de pájaros escondidos en copas de chaparros y matorrales y vigiladas por un águila lagunera que nos rondó todo el rato desde las alturas en un vuelo majestuoso e hipnótico.

El Cerro Masatrigo se encuentra en la carretera EX-322, que une Puebla de Alcocer con Cabeza del Buey. Se llama así porque parece un montón de trigo, el mismo que los labriegos de la comarca amontonaban en los erales tras las duras jornadas de trilla de sol a sol. Se encuentra en el embalse de La Serena, mide 400 metros de altitud y pertenece al municipio de Esparragosa de Lares.

Después de comer a la sombra de un eucalipto al ras del pantano, cuyas aguas parecían un mar de plata con la reverberación solar, completamos nuestra excursión con una ruta más cómoda de apenas 2,5 kilómetros por un sendero en línea recta que parte desde el cementerio de Galizuela, una pedanía perteneciente a Esparragosa de Lares, al otro lado del embalse, denominada de aguas y estrellas, ya que es una zona que discurre por las laderas del antiguo castillo de Lares, cuyas ruinas se vislumbran, siguiendo el trazado del embalse hasta un pequeño montículo donde se ha instalado un observatorio astronómico que permite contemplar los cielos despejados de La Siberia y han colocado un banco estratégicamente situado que invita a pasarse horas mirando al infinito y a la que es, sin duda, la rotonda más singular de España y más grande de Europa, según dicen los expertos.

*María Antonia López Nieto es periodista